Caso Kira en Bucaramanga: debate sobre violencia y maltrato animal
Caso Kira: violencia y maltrato animal en debate

El reciente caso de maltrato animal que terminó con la muerte de la perra Kira, de tres años, en Bucaramanga, ha abierto un debate sobre los crecientes episodios de violencia contra animales y, más allá, sobre la intolerancia ciudadana y la normalización de conductas violentas en la vida cotidiana.

El caso de Kira

Kira fue brutalmente golpeada por un sujeto conocido en el barrio Betania. Vecinos del sector señalaron que el hombre ya tenía antecedentes de denuncias por maltrato animal. En este lamentable suceso, el agresor aceptó los cargos y enfrenta una condena judicial.

Sin embargo, no se trata de un caso aislado. En la misma semana en que se denunció el caso de Kira, otro hecho similar salió a la luz: una persona arrolló y abandonó a una perrita en La Concordia. La Unidad de Bienestar Animal (UBA) ha advertido que las denuncias por maltrato y abandono de animales aumentan cada día en Bucaramanga.

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Violencia hacia los más vulnerables

Más allá de los hechos individuales, surge una pregunta de fondo: ¿qué explica la violencia y por qué se dirige con frecuencia hacia los más vulnerables? Vanguardia conversó con Richard Larrota, doctor en psicología y experto en comportamientos criminales, quien explicó las causas de la violencia, por qué se ataca a los animales y cómo actuar ante un comportamiento violento.

En todos los casos de violencia, el agresor ataca a un ser que considera más débil. “Casi que por biología, el agresor va a atacar a quien considere que no puede generar oposición o defenderse”, explica Larrota. Este principio se aplica tanto al maltrato animal como a la violencia por intolerancia o la violencia intrafamiliar.

Existen factores que incrementan la ocurrencia de estos hechos, como la falta de vigilancia o control. Pero una de las causas principales es la falta de regulación emocional, es decir, la incapacidad de controlarse o asumir responsabilidad frente a las emociones.

“Viene de la frustración. No es porque el cerebro no lo permita regular, sino que es una falta de responsabilidad consigo mismo cuando se ejerce violencia, porque podrían existir muchas otras alternativas sobre cómo reaccionar”, advierte el experto. Además, esta violencia surge con un fin: regularse emocionalmente ante la frustración y el malestar. Otras circunstancias, como el consumo de drogas o alcohol, facilitan o agravan los hechos violentos.

Del maltrato animal a la violencia hacia otros

Si bien este fue un caso de crueldad animal, pone en evidencia la crueldad humana en general. “Cualquier persona que sea violenta, independientemente de a quién se dirija la conducta, es una persona con más probabilidades de repetir su conducta”, expresa Larrota. Esto significa que quien es violento contra un objeto o un animal puede serlo igualmente contra otra persona.

“En muchos casos, son personas que, a lo largo de su vida, han aprendido que, a través de la violencia, pueden controlar el ambiente y están acostumbradas a responder de esta manera”, precisa.

No todo es una patología

El experto insiste en que no se debe atribuir una patología a los agresores. “Las personas que ejercen la violencia solo en muy pocos casos se explican a partir de enfermedades mentales. En el grueso de los casos, son personas que no tienen ninguna patología mental, sino que no se han hecho responsables de su regulación emocional”, sostiene.

Las causas de los hechos violentos se encaminan más hacia la falta de regulación emocional, el manejo inadecuado de la frustración, lo aprendido a través de la violencia y los factores sociales y culturales. “Si bien la responsabilidad está en el ser humano, también debemos preocuparnos por aquello que la sociedad promueve, donde la violencia se valida como mecanismo para solucionar conflictos”, señala.

La intolerancia como trasfondo

Para Larrota, el problema no es solo individual, sino estructural. La violencia se normaliza en ciertos entornos como mecanismo válido de resolución de conflictos. “Es una situación de intolerancia que probablemente ocurre con mayor frecuencia de la que conocemos”, advierte.

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Además de los crecientes casos de maltrato animal, el departamento tiene altos índices de violencia intrafamiliar y casos de violencia por intolerancia. Aunque la sanción social y penal es el primer paso para visibilizar las violencias, se necesitan comunidades más empáticas. El experto señala la necesidad de trabajar en campañas y estrategias que promuevan la empatía desde la niñez y la adolescencia, fomentando adultos que no vean la violencia como el camino para resolver diferencias.

“Necesitamos que los padres enseñen a sus hijos cómo desarrollar habilidades para ser más tolerantes, que desde las instituciones educativas se enseñe, que sea casi un mandato social para transformar el panorama. Este solo fue el caso que conocimos; no sabemos cuántos más han sucedido y no conocemos”, asevera Larrota.

¿Qué hacer ante un comportamiento violento?

En escenarios de confrontación, el experto recomienda evitar el enfrentamiento directo. “Una persona en estado de violencia no razona. Lo más prudente es no confrontar, evadir y retirarse”, explica. Las autoridades reiteran la importancia de denunciar los hechos de violencia, pero también de fortalecer la convivencia desde la tolerancia y la empatía, tanto hacia los animales como hacia las personas.