Del 'viejo verde' al depredador social: el acoso sexual normalizado en Colombia
Del 'viejo verde' al depredador social: acoso normalizado

Del 'viejo verde' al depredador social: la evolución del acoso sexual en Colombia

El término 'viejo verde' ha dejado de ser simplemente la categorización de aquel hombre que contaba un chiste de pasillo o un piropo pasado de tono para convertirse en un ejercicio cotidiano de poder, cuidadosamente disfrazado de galantería y cortesía. Ya no se trata únicamente de un comentario molesto al pasar: detrás de esas miradas insinuantes, roces calculados, piropos invasivos y comentarios inapropiados se esconde un patrón sistemático de acoso sexual que se repite en todos los espacios de la vida colombiana.

La normalización del acoso en el paisaje urbano

Lo más grave de esta situación es que, como sociedad, habíamos normalizado completamente este comportamiento como parte del paisaje urbano, como si el cuerpo de una mujer fuera un territorio público donde cualquier persona puede opinar, puntualizar o incluso tocar sin consecuencias. Esta normalización se extiende a diversas esferas, incluyendo aquellos reinados de belleza que pronto desaparecerán, competiciones que fomentan la crítica y los comentarios alrededor del cuerpo femenino como si fuera un objeto desechable.

El 'viejo verde' contemporáneo ya no es ese personaje cómico de antaño, sino un depredador social que se alimenta de la impunidad y la complicidad colectiva. Su modus operandi comienza frecuentemente con una mirada insinuante o una palabra que parece inofensiva pero que, en realidad, se siente como una invasión profunda a la privacidad y dignidad personal.

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Las múltiples caras del acoso cotidiano

Existen numerosas tipologías de acoso que se manifiestan en la vida diaria:

  • Un roce deliberado al pasar en espacios públicos
  • Comentarios sobre la ropa o apariencia física
  • Preguntas indiscretas sobre la vida íntima
  • Miradas prolongadas y objetivizantes
  • Sugerencias veladas con doble sentido

Muchas mujeres reaccionan con vergüenza o silencio ante estas situaciones, y el acosador frecuentemente interpreta esta respuesta como una invitación a continuar o intensificar su comportamiento. Lo que caracteriza fundamentalmente este tipo de acoso es la repetición constante y la desigualdad de poder inherente a cada interacción.

Microviolencias que se acumulan

El acoso sexual de este tipo no siempre se expresa en golpes o violencia física abierta, sino en microviolencias que se acumulan día tras día, erosionando la seguridad y autoestima de las víctimas. Estas microviolencias incluyen miradas prolongadas en partes específicas del cuerpo, comentarios recurrentes sobre la figura física, y aproximaciones físicas que violan el espacio personal.

Lo más peligroso de este fenómeno es que el 'viejo verde' suele creerse víctima de una sociedad que ha cambiado demasiado rápido. En muchos casos, se trata simplemente de individuos que esconden sus propias inseguridades y debilidades acosando a otros, sintiéndose más seguros o poderosos cuando comprueban que pueden hacerlo sin que nadie los detenga.

Un cambio cultural necesario

El cambio fundamental comienza por reconocer que el acoso sexual no es solo 'cosa de hombres' o 'cultura machista', sino una forma de violencia sistémica que se sostiene precisamente por la normalización social y el silencio cómplice. Cada vez que alguien se ríe de un comentario sexual no deseado, cada vez que se minimiza un roce inapropiado, cada vez que se culpa a la víctima por su ropa o actitud, se alimenta el ecosistema que permite que el acosador siga creyéndose con derecho a opinar sobre cuerpos ajenos.

Con los recientes episodios de colegas que han salido de canales de televisión por denuncias de acoso, y las palabras contundentes de la bancada feminista en el Congreso esta semana, Colombia busca frenar definitivamente este patrón de comentarios, miradas, toques y presión emocional. Lo crucial ahora es que la sociedad comience a endurecer la sanción social contra los victimarios, estableciendo límites claros e innegociables.

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En este camino de transformación cultural van a caer varios acosadores, no solo de los medios de comunicación sino de todas las industrias y sectores sociales. No se trata de volverse hipersensibles ante cada interacción humana, sino de volverse genuinamente respetuosos. El cuerpo de una persona no es un parque público disponible para el escrutinio y comentarios ajenos, y menos cuando ese 'paseo visual' es una forma encubierta de acoso sexual que deja cicatrices invisibles pero profundas en quienes lo sufren.