Tras 10 días fuera de la Tierra, los tripulantes de Artemis II lograron un amerizaje exitoso. La NASA ya tiene los ojos en las próximas misiones para permanecer en la Luna.
El regreso de los astronautas a la Tierra marcó uno de los momentos más críticos: la reentrada atmosférica. A velocidades cercanas a los 40.000 kilómetros por hora y con temperaturas que superan los 2.500 °C, la cápsula Orion enfrentó condiciones extremas que solo pueden ser soportadas gracias al escudo térmico.
Este sistema funciona bajo un principio denominado ablación. A diferencia de materiales que resisten el calor sin alterarse, el escudo está diseñado para degradarse de manera controlada. Su superficie, compuesta por un material especial llamado Avcoat, se quema y desprende capas progresivamente, absorbiendo y disipando el calor generado por la fricción con la atmósfera.
La estructura del escudo combina una base resistente, generalmente de titanio, con bloques de material ablativo distribuidos en su superficie. En el caso de Orion, se emplean cerca de 180 segmentos que actúan como barrera térmica. Mientras el exterior se carboniza, el interior de la nave se mantiene a temperaturas estables, permitiendo condiciones seguras para la tripulación.
Durante la reentrada, además del calor, se genera un plasma alrededor de la cápsula que incluso interrumpe las comunicaciones por algunos minutos. En ese lapso, el escudo térmico es la única defensa frente a un entorno que podría destruir la nave en segundos. Su desempeño es determinante para garantizar que la desaceleración y el descenso ocurran dentro de parámetros seguros.
Sin embargo, este sistema no está exento de desafíos. Tras la misión Artemis I, la NASA detectó una erosión irregular del material causada por gases atrapados en el escudo, lo que obligó a ajustes en el diseño y en la trayectoria de reentrada. Para Artemis II, se optó por un descenso más directo que reduce la exposición térmica prolongada y mejora la seguridad general. De cara a las próximas misiones del programa Artemis, este componente seguirá siendo esencial para garantizar la viabilidad de una presencia humana sostenida más allá de la órbita terrestre.



