Cuidar el corazón y dormir bien protegen el cerebro desde la infancia
Cuidar el corazón y dormir bien protegen el cerebro

La salud cerebral no comienza cuando aparecen los primeros olvidos ni depende únicamente de lo que ocurre dentro del cráneo. Según Javier Mauricio Medina Salcedo, neurólogo cognitivo de la Fundación Santa Fe de Bogotá (FSFB), “la salud cerebral importa desde siempre, no solamente en la vejez”. En realidad, empieza incluso antes del nacimiento, se fortalece durante la infancia con la nutrición, el sueño, el juego y el aprendizaje, y continúa moldeándose durante la adolescencia y la adultez con los hábitos cotidianos.

El cerebro comienza mucho antes del nacimiento

“La protección cerebral inicia desde la etapa preconcepcional”, explica Martha Cecilia Piñeros, neuropediatra de LaCardio. El estado de salud de la futura madre, su alimentación, el control de enfermedades preexistentes y la adopción de hábitos saludables forman parte del punto de partida del desarrollo cerebral del futuro bebé. Durante los primeros meses del embarazo comienzan a formarse las estructuras básicas del sistema nervioso central, uno de los órganos con el proceso de desarrollo más largo del organismo. A diferencia de otros sistemas, cuya formación concluye antes del nacimiento, el cerebro mantiene un intenso proceso de crecimiento y maduración que se prolonga durante la infancia, la adolescencia e incluso hasta la tercera década de la vida.

Durante el embarazo se forman decenas de millones de neuronas y, después del nacimiento, continúa un proceso que los médicos conocen como mielinización, que consiste en la formación de la capa que permite que los impulsos nerviosos viajen con mayor rapidez, así como en la creación de miles de conexiones entre las neuronas, conocidas como sinapsis. “Inicialmente, se da lugar a una gran cantidad de sinapsis. Después, el cerebro elimina aquellas que no son necesarias y mantiene activas las que más utiliza el ser humano durante sus primeros años de vida”, explica Piñeros. Ese fenómeno, conocido como “poda sináptica”, ayuda a explicar por qué las experiencias tempranas tienen un impacto tan profundo sobre el desarrollo cerebral y constituye una de las bases de la llamada plasticidad cerebral.

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¿Cómo cuidar el cerebro de un niño?

El cerebro infantil consume cerca del 25 % de toda la energía del organismo. Necesita, por tanto, una nutrición adecuada para sostener ese intenso trabajo metabólico y completar sus procesos de maduración. El sueño también desempeña un papel fundamental. “Hay procesos que solamente ocurren durante las horas de sueño”, explica la neuropediatra. Mientras el niño duerme, se consolidan los aprendizajes, madura el sistema nervioso y se fortalecen las conexiones neuronales que serán la base del desarrollo cognitivo y emocional. A esos dos pilares se suma un tercero: la estimulación. Hablarles a los niños desde los primeros meses de vida, leer con ellos todos los días, hacer preguntas sobre las historias, invitarlos a recordar lo que ocurrió el día anterior, jugar con rompecabezas o permitirles resolver pequeños desafíos cotidianos son actividades que fortalecen la memoria, el lenguaje, la atención y la capacidad para resolver problemas.

Según la especialista, incluso tareas aparentemente sencillas, como intentar encajar una pieza o recordar dónde estaba ubicada dentro de un rompecabezas, representan un entrenamiento para el cerebro porque obligan al niño a utilizar la memoria, planificar acciones y desarrollar nuevas conexiones neuronales. Pero el desarrollo cerebral no depende únicamente de lo que se hace, sino también de aquello que se evita. Durante la infancia, una parte importante de la prevención consiste en reducir el riesgo de lesiones. Los traumatismos craneoencefálicos son una de las principales preocupaciones. Los niños pequeños presentan una mayor vulnerabilidad porque su cabeza representa una proporción mucho mayor del cuerpo que en un adulto y los huesos del cráneo aún son más flexibles. Por eso, utilizar correctamente las sillas de seguridad en los vehículos, emplear cascos homologados durante las actividades deportivas y evitar el uso de caminadores son medidas que pueden marcar la diferencia.

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El juego y las pantallas

La adolescencia es una etapa especialmente sensible del desarrollo cerebral, porque regiones como la corteza prefrontal, encargada de funciones como la planificación, el control de los impulsos, la toma de decisiones y la regulación emocional, continúan su proceso de maduración. Por eso, los expertos insisten en que la exposición temprana a las drogas o al alcohol puede alterar ese desarrollo, afectar la memoria, disminuir la capacidad organizativa y dejar consecuencias duraderas para el resto de la vida adulta. En los últimos años, además, ha surgido un nuevo desafío para el desarrollo cerebral: la exposición cada vez más temprana y prolongada a las pantallas de celulares y computadores.

Para Piñeros, la recomendación durante los primeros años de vida es clara: antes de los dos años, la exposición debería ser nula, salvo videollamadas breves con familiares, cuando sea necesario según el contexto. “La pantalla no debe convertirse en una especie de chupete digital”, advierte. Es decir, no debería utilizarse como una herramienta para calmar una pataleta, entretener al niño o lograr que coma. Fabio Suárez, neurólogo de LaCardio, explica que también importa la forma en que el cerebro interactúa con esos dispositivos. Según Piñeros, las pantallas activan con rapidez los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa inmediata, mediados por la dopamina. Cada vez que un niño toca una pantalla y obtiene una respuesta inmediata, como una imagen, un video, un nuevo nivel en un videojuego o la última notificación, su cerebro activa los circuitos relacionados con la recompensa. Esa gratificación instantánea, explica Suárez, no representa un problema por sí sola; el riesgo aparece cuando se convierte en la forma predominante de interacción con el entorno.

“Esa exposición continua afecta las vías relacionadas con la autorregulación, la atención y la capacidad para mantenerse concentrado en una misma tarea”, señala Piñeros. Además, suele desplazar experiencias fundamentales para el desarrollo cerebral, como el juego libre, la lectura, la actividad física, el descanso y la interacción cara a cara con otras personas. Precisamente esa interacción presencial cumple un papel que ninguna aplicación puede reemplazar. Durante el juego compartido, los niños aprenden a esperar turnos, respetar reglas, tolerar la frustración, resolver conflictos y controlar sus impulsos. Son, según Suárez, experiencias que fortalecen las funciones ejecutivas del cerebro y contribuyen al desarrollo de la regulación emocional y las habilidades sociales.

La salud mental también protege el cerebro

El estrés crónico, la ansiedad y la depresión, condiciones que hoy padecen cada vez más personas en Colombia, no solo afectan el estado de ánimo: también producen cambios medibles en el funcionamiento cerebral. “Estas condiciones comparten mecanismos importantes, como un estado de inflamación crónica y una activación persistente de la respuesta al estrés”, explica Sergio Ardila, psiquiatra de la Fundación Santa Fe de Bogotá. Cuando esa respuesta al estrés permanece activa durante meses o años, el cerebro comienza a funcionar con menor eficiencia. Las áreas encargadas de la memoria, la atención, la concentración, la toma de decisiones y la regulación de las emociones pueden verse afectadas. Como consecuencia, dice Ardila, las personas pueden experimentar olvidos frecuentes, dificultad para concentrarse, sensación de agotamiento mental, desmotivación y una disminución del rendimiento laboral, académico o de sus relaciones.

Estos síntomas pueden confundirse con el cansancio cotidiano, pero cuando son persistentes o interfieren con la vida diaria requieren atención. “La buena noticia es que el cerebro conserva una importante capacidad de recuperación”, señala Ardila. Esa capacidad puede potenciarse con hábitos saludables de vida. Además, prácticas como la meditación o el mindfulness han demostrado ayudar a reducir el impacto del estrés y favorecer la plasticidad cerebral. Los especialistas coinciden en que la salud mental y la salud cerebral son inseparables. Así como controlar la hipertensión, la diabetes o el colesterol ayuda a prevenir un accidente cerebrovascular y algunos tipos de demencia, tratar oportunamente la ansiedad y la depresión también protege el funcionamiento del cerebro a largo plazo.

Corazón y cerebro

“Lo que es bueno para el corazón, es bueno para el cerebro”. Con esa frase, Medina, de la Fundación Santa Fe de Bogotá, resume una de las ideas que más fuerza ha ganado en los últimos años: la salud cerebral no puede entenderse sin la salud cardiovascular. El cerebro representa apenas cerca del 2 % del peso corporal de un adulto, pero consume aproximadamente el 20 % del oxígeno y de la energía que utiliza el organismo. Para mantener ese nivel de actividad necesita un flujo constante de sangre que le aporte oxígeno y nutrientes. Cualquier alteración en ese sistema de irrigación que coordina el corazón termina afectando su funcionamiento. Por eso, los principales enemigos del corazón también son los principales enemigos del cerebro. “La enfermedad cerebrovascular comparte exactamente los mismos factores de riesgo que la enfermedad cardiovascular”, explica Carlos Ortiz, cardiólogo de LaCardio.

Hipertensión arterial, diabetes, colesterol elevado, obesidad, tabaquismo, sedentarismo e incluso los trastornos del sueño deterioran progresivamente los vasos sanguíneos que irrigan ambos órganos. Las consecuencias ya se reflejan en las estadísticas. La enfermedad cerebrovascular, que incluye los accidentes cerebrovasculares o trombosis, es hoy la segunda causa de muerte en Colombia y la primera causa de discapacidad adquirida en la adultez. Según el especialista, cerca del 80 % de estos eventos podrían prevenirse controlando esos factores de riesgo. La relación, sin embargo, va mucho más allá de un accidente cerebrovascular. Una de las evidencias más recientes proviene de la Comisión Lancet sobre prevención, intervención y atención de la demencia. El informe concluye que cerca del 45 % de los casos de demencia podrían prevenirse o retrasarse actuando sobre factores modificables presentes a lo largo de la vida. Entre ellos aparecen, nuevamente, la hipertensión arterial, la diabetes, la obesidad, el tabaquismo, la inactividad física, el colesterol elevado y los trastornos del sueño. “Si una persona controla esos factores, no solo disminuye el riesgo de sufrir un infarto o una trombosis cerebral, sino que también reduce la probabilidad de desarrollar deterioro cognitivo y demencia en el futuro”, señala Ortiz.

Esa relación también funciona en sentido contrario. En algunos pacientes jóvenes que sufren un accidente cerebrovascular sin una causa aparente, el origen termina estando en el corazón. Alteraciones como la fibrilación auricular (un trastorno del ritmo cardíaco que favorece la formación de coágulos) o algunos defectos congénitos como el foramen oval permeable pueden facilitar que un trombo viaje hasta el cerebro y produzca un accidente cerebrovascular. Por eso, insiste el cardiólogo, proteger el cerebro no consiste únicamente en entrenar la memoria o mantener la mente activa. También implica controlar periódicamente la presión arterial, la glucosa, el colesterol y los triglicéridos, mantener un peso saludable, hacer ejercicio, dormir bien y evitar el consumo de tabaco.