Adiós a cuanto amamos: una reflexión sobre la vejez y los tesoros de la vida
Adiós a cuanto amamos: reflexión sobre la vejez y los tesoros

Ante la evidencia de que para mí “el día del adiós a todo cuanto amamos” está cerca, creo que debería comenzar a desprenderme de todo lo que amo. A lo largo de la vida he ido acumulando cosas y afectos humanos. Llegado al final y hecho un inventario de mi patrimonio, me doy cuenta de que entre lo que he amasado hay algunos tesoros valiosos. Sí, conservo viejos amigos y un número creciente de caros afectos –mis familiares más cercanos–, que constituyen un capital del cual no puedo prescindir, y a quienes no quisiera decir adiós jamás. A ellos corresponde ir acostumbrándose a vivir sin mí.

Entre los bienes materiales, escasos, adquieren la condición de tesoros. Los muchos libros y las exiguas obras de arte que poseo los considero el más valioso caudal a mi haber. Comencé a amasarlo desde mi edad temprana. No tuve la costumbre de hacerme con cosas ostentosas, que además de costosas no suelen ser indispensables.

A estas alturas de mi vida no poseo novedosos aparatos, es decir, no estoy al día. Por ejemplo, mi teléfono celular es de museo, pues es un Nokia clásico. Solo sirve para recibir y enviar llamadas. Me da pena usarlo en público. Mis familiares dicen que lo que yo uso es un “petrófono”, que no tiene nada que ver con el presidente Petro, sino con Pedro Picapiedra.

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Deliberadamente me he privado de cargar uno de alta gama, no obstante guardar un par de ellos que me han obsequiado. Así evito contagiarme de la fotomanía (adicción a retratarlo todo, incluyéndose uno mismo, es decir, la selfimanía), o de estar pendiente de cuanto chisme circula.

Platón decía que la felicidad es la posesión de las cosas buenas. Siendo así, el señor Jaramillo me hizo feliz.

Desde niño fui ‘libroadicto’, y lo sigo siendo. Llegué a acumular buena cantidad de volúmenes que, ya de salida, he comenzado a donar. He abierto mi biblioteca para que familiares y amigos pasen a ser propietarios de la que he considerado mi verdadera fortuna, física y espiritual. Sus orígenes me conmueven: como no disponía de dinero para saciar mi sed de lectura, cuando salía del colegio rumbo a casa solía entrar a una librería de viejo, grande, situada a la diagonal del Palacio Presidencial, cuyo propietario era un señor Jaramillo, paisa y fumador empedernido, quien me permitía traspasar el mostrador y revisar cualquier libro de la inmensa cantidad que reposaba en los anaqueles.

Por supuesto que para mí era un goce y un sufrimiento a la vez sostener entre mis manos joyas literarias que apenas podía hojear sin poderlas adquirir, pues mi pobreza era cuasifranciscana. Me hechizaba ver alineadas colecciones enteras, impecablemente empastadas en cuero natural, de lomos con tejuelos rojos o verdes y con títulos y viñetas dorados.

De pronto, un día el señor Jaramillo se apartó de la tertulia que, rociada con aguardiente, acostumbraba a convocar y presidir tras el mostrador, y se acercó para preguntarme cuál libro me interesaba. Yo le respondí que todos, pero que no podía adquirir ninguno por no tener dinero. “Escoge uno –me dijo– y me lo pagás después. Te doy un precio especial”. Al lunes siguiente le llevé los centavos que mi padre solía darme los domingos para los gastos de la semana.

Comprobada la calidad de cliente cumplidor, el generoso librero me facilitó adquirir al fiado obras famosas –de segunda mano, claro está– que para mí son reliquias que acostumbro a releer. Particularmente aprecio unas bellas ediciones de la Divina Comedia, de La Ilíada y La Odisea, las Memorias de Benvenuto Cellini, publicadas por Garnier Hermanos, en París, y la Guía de pecadores, de Fray Luis de Granada, de la misma editorial. Platón decía que la felicidad es la posesión de las cosas buenas. Siendo así, el señor Jaramillo me hizo feliz.

Cuando uno se hace viejo, gusta más releer que leer. Con frecuencia me parece que algunas obras las estoy leyendo por primera vez. Entonces viene a mi memoria la reflexión de Schopenhauer: “Exigir que se acuerde uno de todo lo que ha leído es como exigir que se lleve consigo todo lo que se ha comido”.

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