Carme Riera: "Hoy el mayor lujo es que no te conozcan y no sepan dónde estás"
Carme Riera: el mayor lujo es no ser conocido

En 1975, Carme Riera, actual vicedirectora de la Real Academia Española (RAE), desafió doblemente a la censura de la dictadura franquista. Debutó en las letras españolas con una historia de amor lésbico… ¡escrita en catalán! El libro, "Te dejo, amor, en prenda el mar", fue tan exitoso como polémico y se convirtió en un clásico de culto. Para festejar el medio siglo, Alfaguara lanzó una reedición de aquel volumen de relatos corregida y traducida al español por la propia autora junto con Gracias (2025), un libro íntimo sobre el arte de escribir.

Riera (Palma de Mallorca, 1948), filóloga, narradora, ensayista y catedrática especializada en las letras del Siglo de Oro, pensó que ese texto pasaría años en el cajón de espera. Pero sus cuentos gustaron mucho en la editorial Laia, de Barcelona, sortearon la censura y fueron un éxito en ventas. La editorial debió reimprimirlo cuarenta veces.

La escritora, quien cree que hoy la literatura agoniza, fue de algún modo una pionera. Cuando se le comenta que hay que tener coraje para debutar con una historia de amor lésbico en época de Franco, responde: “Bueno, la censura en ese último año de la dictadura se había flexibilizado un poco, pero sí, creo que fue un acto de valor. Ahora no lo sería, gracias a Dios. Lo escribí dos años antes de que se publicara, es decir, en 1973. De un tirón y embarazada de mi hijo Ferrán”.

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¿Por qué eligió un amor lésbico para su debut literario?

No lo sé. Quizá por esa sensación de que había algo prohibido allí y quería rebelarme contra la opresión de la época. Hoy pienso que también quería decir que el amor es algo maravilloso, sea homosexual, heterosexual, bisexual o lo que fuera. Con picardía me permití jugar con algo que la cuestión idiomática me permitía. Gracias al catalán, mi primera lengua, pude mantener la ambigüedad con respecto al género.

¿Cómo así? En castellano, cuando decimos: ‘Tú y yo vamos al cine hoy’ y somos mujeres, decimos: ‘Nosotras vamos al cine’. Si es un hombre y una mujer, decimos ‘nosotros’. En catalán se dice de una sola forma, sean hombres o mujeres: ‘nosaltres’. Y eso era maravilloso para mantener la duda.

¿Sintió miedo o amenazas alguna vez?

Ni miedo ni amenazas. Sí críticas de algunos compañeros del instituto y de la universidad. Uno al que le pedí que me corrigiera el texto, cuando lo terminó de leer, dio un golpe sobre la mesa y repitió dos veces: ‘Esto no nos lo hagas’. Quedó muy enfadado. Porque le parecía que no, que eso era muy censurable. Otros dejaron de llamarme. Yo estaba casada y mi marido me dijo: ‘¿No lo vas a publicar, no?’. Le parecía que todo el mundo diría que yo era lesbiana.

Contó en Gracias que una vez se le acercó una joven para decirle que su libro la ayudó a aceptar su identidad sexual… Jóvenes y no tan jóvenes, hombres y mujeres. Me encanta pensar que en estos cincuenta años todo se ha normalizado tanto que no hay problemas en ese sentido, que la gente puede elegir libremente a quien querer. Me gusta mucho pensar que ese cuento ya no tiene interés. Yo a veces por tonta meto la pata. No hace mucho un muchacho me dijo: ‘Dedícaselo’, y entonces yo le dije: ‘¿Cómo se llama ella?’, y me dijo: ‘No, él’. Él, claro, estúpida yo.

En aquel primer libro y otros que le siguieron incluye personajes que pertenecen a minorías marginadas, algo reivindicado con vehemencia hoy por el wokismo y la cultura de la cancelación. Algunos opinan que se pasan un poco de la raya. Sin duda. Creo que habría que mirar las cosas con una mirada menos partidista. Estoy en contra de la cancelación como rutina. Me parece terrible que los estereotipos se impongan y que con eso se pueda condenar a personas, cuando a veces no sabemos exactamente qué ocurrió. Esa conducta es parte de un estilo monoteísta, digamos, o esquemático a la hora de juzgar: fanatismo. Soy una mujer feminista y las mujeres merecen respeto absoluto, faltaría más. Pero no tener en cuenta el contexto, y que los usos y costumbres eran otros en el pasado, no es justo.

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En el título de uno de los capítulos de Gracias, usted pregunta por qué escribir, cuando lo normal es leer. Me apasiona el tema y lo he investigado mucho. Un gran poeta, Joan Vinyoli, definía la literatura con un verso estupendo: Jocs per ajornar la mort (juegos para aplazar la muerte). De eso se trata. La pregunta del capítulo se la hacía siempre el poeta Jaime Gil de Biedma, aunque de un tiempo para acá leer no parece tan normal. Hoy lo normal es ver series, estar pendientes de los mensajes del celular y mirar qué hay en las redes.

A las que usted se sigue resistiendo. Las redes equivalen a una tertulia de bar donde se dicen tonterías y me sigue costando entender cómo la gente pierde tiempo en eso. Bueno, pues a mí ya me queda poco tiempo y espero poder seguir sin ellas y sin influencers que me marquen la pauta.

Pero no se puede negar que forman parte del entramado cultural de este tiempo. Pienso que la cultura está sufriendo por ello. Estamos en un momento de una transición brutal hacia otro paradigma. Quiero decir que la cultura occidental está a punto de cambiar absolutamente hacia otras cosas.

Los escritores no somos capaces de dejar de escribir. Necesitamos imaginar, fabular, recrear el mundo con nuestras palabras.

¿Se le ocurre un ejemplo? Estaba escribiendo mi próximo artículo para La Vanguardia, y quise contar precisamente el cambio que se advierte entre los viajeros que llegaban a esta isla hasta los años 60 y poco más, digamos, y los que llegan ahora. Aquellos tenían en el imaginario los aspectos positivos de lo que suponían las islas. La tranquilidad, la paz, la maravilla, la belleza, la no contaminación. Los que llegan ahora lo único que buscan es sol, bebida y sexo. Solo eso. Es decir, todos esos elementos que estaban en el imaginario, desde el Jardín de las Hespérides hasta Robert Graves, han desaparecido. Eso me dice que estamos en otra cultura. Todo eso ya se ha muerto. La cultura occidental se basaba en primer lugar en los clásicos, desde Platón. La filosofía griega no había perecido, por mucho que aparecieran después Nietzsche o Schopenhauer. Estaban ahí y coexistían como fuentes donde abrevar. Siento que todo eso ahora desaparece desde el momento en que está la inteligencia artificial. Lo siento por mis nietas, porque ellas vivirán este mundo que viene. A mí me queda poco. En el fondo, mejor, porque lo que viene no me gusta nada.

¿Usa IA, ChatGPT o alguna otra por ejemplo? No, por Dios, de ninguna manera. Yo no la uso, pero no tengo más remedio que tenerla incorporada en muchos aparatos que uso. El carro usa IA, el celular usa IA. Hay mucha gente que sí la usa a mi alrededor, pero yo no, solo llego hasta Google. Sin embargo, en la organización Cedro (Centro Español de Derechos Reprográficos) —ONG presidida por Riera— nos ocupamos del tema, velando por los derechos de los autores. Lo que estamos haciendo es pedir que quienes han usado los textos de los autores sin autorización, paguen el derecho al uso.

¿Sigue pensando que la literatura agoniza? Creo que la batalla está perdida. No sé si está lejos el día que la IA pueda hacer una página de Borges y que no distingamos si es la IA o el verdadero. Y podrá hacerlo a medida que los borgeanos vayan corrigiendo la información que se carga. Mi propia biografía dice que no tengo hijos y que el señor que es mi marido es uno que está en una foto horrible y que, por supuesto, no es mi marido. La literatura muere, ya está. Creo que nosotros somos los últimos. Con todo saliendo de la IA, las cosas van a cambiar; además no pensemos que hoy se lee tanto, la literatura durante el siglo XIX fue importantísima. A partir del XX lo ha sido menos y ahora, evidentemente, es una cosa menor. La gente lee libros de autoayuda, no lee literatura, no le interesa. Antes la literatura era placer y entretenimiento. Ahora las series cumplen ese papel. Me duele pensar así. Habrá una élite que se interesará y quizá sus hijos, y no mucho más. Será una cosa minoritaria, como los periódicos. La mayoría de la gente se informa por las redes y con lo que le cuentan los amigos.

¿Llegan esos temas a la Real Academia? Ahí hablamos de palabras, de su uso, aunque habría que debatir aspectos como estos, que son bastante centrales. Y no voy a decir que las palabras no lo sean, pero admito que el debate sobre las palabras muchas veces cae en tecnicismos. Pero, en síntesis, la RAE recoge el uso que se le da a la palabra en todos los países de habla hispana.

Las redes sociales equivalen a una tertulia de bar donde se dicen tonterías y me sigue costando entender cómo la gente pierde tiempo en eso.

Usted fue muy homenajeada el verano pasado en su ciudad natal, ¿cómo lo vivió? Lo agradezco muchísimo, pero me agobia. No he tenido más remedio que vencer la timidez, pero la exposición me cuesta. Hoy el mayor lujo es que no te conozcan y que no sepan dónde estás, ni qué haces ni a dónde vas.

Usted decía que la literatura se quedó sin futuro, pero sigue escribiendo: ¿tiene libros nuevos entre manos? Escribir para mí es una manera de clarificar, de explicarme el mundo, lo que me rodea. Y también una forma de exorcizar los demonios, de expulsar los fantasmas. Los escritores no somos capaces de dejar de escribir. Necesitamos imaginar, fabular, recrear el mundo con nuestras palabras. Esther Tusquets decía: ‘Escribo para escapar de tanta miseria’. Y especificaba que se refería a la miseria física y metafísica. No hace falta que explique la primera. El drama de las víctimas de la guerra, las amenazas permanentes, las barbaries terroristas, las calamidades que nos devuelve la pantalla del televisor. Y la otra, la metafísica, nos recuerda que somos mortales, con fecha de vencimiento. Pero la creación literaria es uno de los recursos más efectivos que conozco para transgredir la ley que nos condena a la caducidad, porque convierte en perdurables las palabras.