Entre cantos de aves, bosques de roble negro y guardianes de la montaña, una travesía en la Reserva Natural Cuchilla del Rayo, en Virolín (Charalá), revela la riqueza natural de Santander. El Global Big Day fue la puerta de entrada a este territorio donde se entrelazan la biodiversidad, la conservación y las historias humanas.
El inicio de la aventura
El 9 de mayo, las aves nos abrieron las puertas del ‘pedacito’ de cielo de Santander. Salimos de Bucaramanga a las 10 a. m. del viernes 8 de mayo rumbo a Charalá, a unas tres horas de camino, para luego llegar a Virolín, lo que sumaría unos 40 minutos más, con el propósito de sumarnos al Global Big Day. El objetivo era seguir sus cantos, intentar identificarlas con la guía ilustrada de avifauna colombiana de Fernando Ayerbe en mano, los binoculares calibrados, la aplicación Merlin lista en el celular y los oídos atentos para recorrer los caminos. Pero las aves se convirtieron en el pretexto para entrar a uno de los lugares más biodiversos de Santander.
Ante la promesa de identificar aves, durante un fin de semana en el ‘pedacito’ de cielo de Santander, no hay quien pueda resistirse. El objetivo era llegar a la Reserva Natural Cuchilla del Rayo, que ya suma 10 años de trabajos de restauración, contemplar desde el filo de la montaña el Santuario de Fauna y Flora Guanentá Alto Río Fonce (SFF GARF), una de las dos áreas protegidas que cobijan territorio santandereano y de las ocho que hacen parte de Andes Nororientales. Pero superó todas las expectativas: aves, oso andino, rana roja de Virolín, aguas rojizas y guardianes de la montaña hicieron posible este viaje al cielo que intentaré narrar para que usted, que lee esta nota, se haga una idea de la riqueza natural de este territorio.
Llegada a Charalá y encuentro con los guardianes
Llegamos a Charalá sobre las 2:45 p. m. y nos encontramos con Elkin Briceño, un especialista en conservación que nos abrió las puertas de su reserva natural para vivir esta experiencia. Junto a él se encontraban su hijo Julián Briceño y el fotógrafo Germán Vásquez, ambos pajareros por elección. De allí partimos en camioneta a Virolín, porque es la forma de atravesar los caminos en estas imponentes tierras. A decir verdad, ya se están volviendo realidad de tanto repetirlo. Las carreteras parecen competir con la geografía y, en algunos municipios, se hacen cada vez más difíciles de transitar. De esa deuda histórica del departamento hablaremos en otro momento, aunque resulta muy difícil de esquivar.
Dos horas tuvimos que esperar en la vía que nos llevaría a la reserva. Esto por cuenta de un accidente que había ocurrido días atrás. Pudimos confirmar que el conductor salió ileso, pero aún debían remover los restos de una retroexcavadora que cayó desde una altura de 47 metros mientras se adelantaban las obras de este corredor Charalá-Duitama, que tiene contrato vigente, otorgado por Invías, hasta 2030.
Para armonizar la espera y hacer de este un recorrido a paso de pajarero, Germán y Elkin alistaron cámara y binoculares. En esta zona, a donde sea que apunten los ojos, hay algo por disfrutar. Eso sí, con la afinidad y disposición necesarias para que no se escape ni una orquídea Lepanthes, un género de orquídeas en miniatura nativas de los bosques nublados de América tropical.
Allí nos dio tiempo de que se uniera a la pajareada Andrés Pinto, operario de Investigación y Monitoreo de SFF GARF. Su presencia trajo consigo pruebas del lugar en el que estábamos. Y la llegada al Rayo, como nos acostumbramos a decirle durante la estadía, lo confirmó.
El atardecer y el concierto de las aves
El atardecer pintó todo el paisaje a su paso y nos regaló, con temor a desafiar las creencias, la sensación de estar en el cielo. Por fortuna, el “silencio absoluto” no cabe en esta escena que le estoy describiendo. Para no mentir, mis oídos solo lograban identificar un búho, una chicharra y una rana, pero esto se debe a que soy de profesión periodista; a oídos de los expertos, eran varias las especies de fauna que nos acompañaban en la cena.
A las 5:00 a.m. lo pudimos confirmar. El concierto de las aves fue magistral. Seguramente porque sabían que eran las protagonistas de aquel 9 de mayo, día del Global Big Day, el evento de observación de aves más importante del mundo, liderado por el Laboratorio de Ornitología de la Universidad de Cornell (Estados Unidos). Bien dicen que la naturaleza es sabia.
A las 6:00 a. m. ya estábamos listos para salir a la pajareada: Marlodis Esguerra, profesional SFF GARF; Sebastián Angarita, técnico de educación ambiental SFF GARF; Adriana Muñoz, operaria de restauración SFF GARF; Daramzaky Rojas Medina y Yadir Barrera Bravo, quienes viven en Virolín y trabajan por la conservación.
“Cada ave cuenta” es el lema del Global Big Day. “Lo que buscamos es registrar la mayor cantidad de especies posibles, ya sea viéndolas, escuchándolas o registrándolas con fotografía o audio. Todo eso se sube a plataformas que permiten consolidar información a nivel mundial, pero también sirve para entender qué está pasando en territorios como este”, explicó Elkin Briceño para dar inicio oficial a la jornada.
Subimos a la montaña que sirve de hogar para 203 aves, incluidas las migratorias, y una de especial importancia: la perdiz santandereana, endémica y en peligro de extinción por pérdida de hábitat. Yadir Barrera Bravo, quien estudia ingeniería agroforestal, se ha convertido en un respetuoso y fanático de ellas. Lleva casi dos años monitoreando su comportamiento. Esa mañana, muy temprano, pudo avistarlas y formó parte del listado que terminaría sumando 49 especies.
La mañana transcurrió entre registros y ganas de aprender. “El hormiguero de Parker, una especie endémica. Disfrutamos mucho del colibrí de frente azul y de la guacharaca colombiana, que es otra especie endémica de la región”, detalla Elkin.
Al mediodía regresamos para almorzar con la sazón de Lina Bravo, también guardiana de las montañas, y tomar un respiro antes de continuar. Las aguas rojas del río Virolín, a dos minutos de la entrada de la reserva, sirvieron para bajar la temperatura de un sol poco condescendiente.
Entre aves y rastros del oso andino
Salimos hacia la vereda La Playa, en Gámbita. El recorrido tomó cerca de una hora, porque una cocha de montaña nos distrajo. Un ave negra con una elegante mancha de color castaño debajo de las alas, de especial importancia para mantener en equilibrio los ecosistemas de alta montaña, dado que evita la proliferación de posibles plagas.
“Bienvenidos a este lugar maravilloso, Ángel Entre Montañas, para que disfruten la vista y el oído, captando los sonidos y mirando las aves que llegan aquí al jardín. Hoy ha sido un día muy bonito y productivo. Cada vez uno va sintiendo más satisfacción y más alegría porque se va nutriendo el grupo de personas que están enamoradas de esto tan bonito que es salir a pajarear, una forma de sanar”. Las aves nos llevaron hasta donde don Ángel Yesid González, quien llegó a ellas por el oso andino.
“Yo no empecé con las aves. Mi trabajo comenzó con el oso de anteojos. Uno se engancha con este tema y ya no lo suelta. Ha sido un proceso muy bonito porque ha llevado al tema de concientizar a los vecinos, a trabajar con ellos por la conservación de los recursos naturales”, contó.
Pan, café, risas de emoción, cantos, el frío que empezaba a descender de la montaña y unas incansables tertulias pajareras acompañaron el cierre de la jornada. Además, un tucán esmeralda dio un espectáculo. Don Ángel le ayudó con su nido en un árbol, en donde vive con sus dos polluelos. Salió a curiosear a quienes estábamos allí de visita. Todo un encanto. Se robó el show.
Estuvimos esperando al inca negro, otra estrella de la zona, pero sobre las 5:30 p. m., don Ángel decidió “pasarle un memorando”, pues no llegó. Aunque está seguro de que se excusará por las altas temperaturas. Contó don Ángel que la lluvia es el mejor indicador de una llegada a tiempo.
Nos despedimos de un apuesto y colorido colibrí mediano, amazilia colirrufa. Maravillados con sus colores, emprendimos el camino al Rayo. Los pajareros de tiempo completo cenaron y salieron en busca de búhos; lograron reportar el curucucú pálido y el común.
Entre robles negros y ranas rojas
“Los bosques de robles son formaciones muy antiguas, tienen un origen europeo. Cuando se separan los continentes, partes de estos robles que quedan en Norteamérica, por las condiciones, fueron bajando hacia Sudamérica. En Colombia se encuentran los bosques de robles en mejor estado de conservación y, como ustedes pueden ver, son bosques homogéneos: dominan las especies de robles y comparten con muy pocas especies de otras plantas”, detalla Elkin Briceño.
La hojarasca de los robles cubre por completo el suelo, por lo que no es tan fácil reconocer otras especies. Mis ojos inexpertos reconocieron las bromelias, una de las favoritas del oso andino, que también ha sido captado en ese bosque gracias a las cámaras trampa. Este es el único oso de Sudamérica y una especie clave para la conservación en los Andes tropicales. Se encuentra en categoría de amenaza vulnerable por la pérdida y fragmentación de su hábitat y por la cacería.
“Aquí estamos buscando a un duende mágico de estos bosques: la rana roja de Virolín, una diminuta rana roja que pertenece a la familia conocida como las ranas venenosas. Esta tiene bajos niveles de toxicidad y es una especie endémica descubierta aquí en la zona. También se encuentra en peligro de extinción”, agregó Briceño, el especialista en conservación.
Me concentré en las cuevas que se crean en las raíces de los robles, uno de los lugares favoritos de la rana roja de Virolín. Estuvimos buscando, sin éxito, pero sabemos que allí vive esta rana que es del tamaño de una uña, por los esfuerzos de monitoreo que se adelantan en la zona.
“Tenemos que primero escucharla. Ella tiene un canto que es bien particular de su especie, es como un zumbido. Por lo general, se mete en esas cuevas y entre las piedritas para cantar, y eso hace que su canto se amplifique”.
Con la mente especulando sobre cuántas aves habría sumado Colombia el día anterior, salimos del bosque, sin saber que luego confirmaríamos que Colombia se volvió a coronar como el país de las aves: se registraron 1.568 especies.
Joyas miniatura y guardianes gigantes
Antes de regresar a Bucaramanga, el domingo a las 2:00 p. m., hicimos una parada en la fábrica de quesos para traernos un pedacito de Virolín en el paladar. Alcanzamos a ver la entrada del orquidiario Ensueño de Viro, dirigido por Bertha María Roldán Parra. No lo alcanzamos a visitar, pero yo no me quedé con las ganas y la llamé. Muy contenta me confesó que tiene 200 especies de orquídeas y que hace 16 años se enamoró de ellas.
“Este proyecto tiene como finalidad recolectarlas, conservarlas y darlas a conocer. Aquí, de las 200, tenemos cinco endémicas. Yo tengo abierto todos los días para todo tipo de público, para que vengan y las conozcan”, me dijo, y agregó que este es uno de los tres que hay en Virolín. Y aunque uno de esos está en el Colegio El Santuario, los estudiantes la visitan a menudo para intercambiar conocimientos. Entre todos han construido una red para sostener este proceso.
“Aquí la gente ha entendido que lo que hay vale. Eso no siempre fue así. Antes era más fácil que alguien viniera y se llevara plantas o especies sin medir las consecuencias. Hoy hay más conciencia, más cuidado. Y eso también se ha logrado porque hay varias personas trabajando en lo mismo”, explicó.
De hecho, una de las cosas que más les enorgullece es el trabajo conjunto con Lina y Yadir Barrera Bravo, quienes contribuyeron a que el mundo conociera a la Lepanthes chalalensis, hace ya casi tres años. Se ha convertido en un símbolo de Virolín.
Bertha me confirmó que supieron que estuvimos allá. Que ellos están muy pendientes, porque a veces no es tan fácil leer las intenciones de quienes llegan a su pedacito de cielo, paraíso o remanso de paz, como ella lo llama.
Hace unos siete años, si su memoria no falla, vivieron un episodio que encendió sus alarmas. Una persona llegó a “sacar matas” de la montaña. Cuando lo increparon, descubrieron que había cargado en costales nada más y nada menos que 2.000 plántulas de orquídeas.
Desde allí no sale una roca de Virolín sin que ellos, el grupo de seguridad que conformaron desde entonces, lo sepan. Han construido una sólida red, respaldada por conservacionistas y Parques Nacionales Naturales, para proteger las joyas que viven allí.
Son muchas las asignaturas pendientes del departamento con la riqueza natural. Sí, se ha avanzado, pero es clave restaurar los corredores biológicos. El compromiso debe estar a la altura del regalo de la naturaleza: tener el cielo en la tierra.



