La transformación silenciosa de los clubes: teléfonos reemplazan el baile colectivo
Clubes: teléfonos reemplazan el baile, transformación cultural

La metamorfosis silenciosa de la cultura club

La escena de la música electrónica atraviesa una transformación profunda que está redefiniendo la esencia misma de la vida nocturna. Donde antes reinaban los cuerpos en movimiento y la conexión colectiva, ahora proliferan las pantallas de teléfonos y la mirada estática hacia el escenario. Esta evolución representa un cambio fundamental en cómo las generaciones actuales experimentan el entretenimiento nocturno.

Del éxtasis colectivo al espectador digital

En 2021, durante el confinamiento pandémico, el productor inglés Fred Again expresó con crudeza lo que muchos sentían: "Hemos perdido el baile". Su himno musical se convirtió en un grito de esperanza por recuperar la convivencia física y la comunidad. Cinco años después, la realidad muestra un panorama diferente. La vida nocturna ha regresado, pero transformada.

Los clubes se asemejan cada vez más a conciertos tradicionales, con el público convertido en espectadores que documentan cada momento con sus dispositivos móviles. Esta generación, criada en plataformas como TikTok, prioriza la creación de contenido sobre la experiencia inmersiva. Un ejemplo emblemático ocurrió en Ibiza en 2024, cuando el grupo Keinemusik tocó ante una multitud que apenas se movía, concentrada en grabar el momento.

La economía del espectáculo

Esta transformación se alimenta de la comercialización y las redes sociales. Los asistentes se comportan como videógrafos antes que como participantes, lo que ha llevado a los establecimientos a invertir en producciones cada vez más elaboradas:

  • Escenarios más grandes y complejos
  • Mayor valor de producción visual
  • Carteles centrados en artistas reconocidos
  • Aumento significativo en precios de entradas

Según datos de la Cumbre Internacional de Música, aunque el volumen de entradas para eventos electrónicos disminuyó en 2024, el aumento en las tarifas impulsó los ingresos generales de la industria, que alcanzó los 12.900 millones de dólares ese mismo año.

Raíces versus comercialización

La música electrónica enfrenta una paradoja única. Surgida de comunidades marginadas en ciudades como Chicago y Detroit durante los años 80, históricamente dependió de espacios íntimos y la retroalimentación directa con el público. "Eso es lo que hizo de la música dance lo que es", afirma Gavin Stephenson, promotor con experiencia desde los años 90.

Sin embargo, la industria ha evolucionado hacia formatos más comerciales. La abreviatura "EDM" se usa ahora como término despectivo para describir sonidos excesivamente comercializados. Una encuesta reciente reveló que el 61% de los DJs considera que tener seguidores en redes sociales importa más que la habilidad musical.

El caso de Nueva York: altura y estática

Un ejemplo paradigmático ocurrió el verano pasado en Manhattan, donde el operador Tao Group Hospitality transformó la plataforma de observación Edge en un club a 335 metros de altura. Con entradas que superaban los 200 dólares y artistas como Benny Benassi y Diplo, los asistentes llegaban más para capturar el espectáculo visual que para bailar. Los cuerpos, en el mejor de los casos, se limitaban a modestos balanceos mientras los teléfonos permanecían en alto.

La resistencia: políticas sin teléfonos

Frente a esta tendencia, emerge un movimiento de resistencia. Establecimientos como Signal en Brooklyn y Refuge implementan políticas de "no teléfonos", cubriendo las cámaras con pegatinas para recuperar la energía social de la pista de baile. Josh Buhler, copropietario de Signal, reconoce el sacrificio en marketing gratuito, pero defiende el valor de espacios donde prima la conexión humana directa.

"Las pistas de baile son uno de los últimos espacios públicos donde se permite a desconocidos abrirse emocional y físicamente", afirma Mary Wolff de NYC Rave Girls. "Sin baile, no es una rave. Es más bien una pantalla muy ruidosa".

El futuro incierto de los clubes

Mientras superclubs como Unvrs en Ibiza (capacidad para 10.000 personas) y experiencias inmersivas como la Sphere de Las Vegas elevan los estándares de producción, los establecimientos tradicionales enfrentan dificultades. Berlín, capital europea de la vida nocturna, ha visto cerrar numerosos locales debido al aumento del costo de vida.

La pandemia eliminó muchos clubes pequeños y medianos, y los sobrevivientes luchan por adaptarse. La compra reciente de Avant Gardner por parte de Five Holdings, propietaria del icónico Pacha de Ibiza, sugiere una consolidación hacia modelos más comerciales.

Cada generación redefine la cultura que hereda, y la música electrónica no es excepción. El desafío actual reside en equilibrar la evolución comercial con la preservación de la esencia comunitaria que dio origen al género. Como concluye Stephenson: "La gente puede acceder a algo como Avant Gardner, pero también descubrir cosas nuevas". La pista de baile, ese espacio sagrado de conexión humana, busca su lugar en esta nueva era digital.