La conexión musical entre Joe Arroyo y Haití que revela una memoria auditiva
En mi memoria auditiva, persistía la voz de un hombre esclavizado que se rebelaba contra su verdugo, gritando con desesperación que no le pegaran a su negra. Tras ver a Jhon Narváez personificando a Joe Arroyo en la película Rebelión, me sumergí en su discografía, y por algún motivo, empecé a intuir que existía una cierta familiaridad entre algunas canciones de Joe Arroyo y la música de Haití que había escuchado durante mi niñez. Una música que, a pesar de mi rechazo inicial, se había instalado de manera permanente en mi mente, resistiendo el paso del tiempo y los cambios personales.
El kompa haitiano y su influencia en la música latinoamericana
Durante un encuentro casual con un músico itinerante, recibí una lección reveladora sobre cómo el kompa haitiano y el zuck –uno de sus descendientes nacido en las islas de Martinica y Guadalupe– tienen una amplia presencia en piezas populares de la música latinoamericana. Esto me llevó a preguntarme: ¿acaso esto explica que “Tal para cual”, de Joe Arroyo, suene de manera similar a “Première fois”, de Mario Chicot? En el gran Caribe, un hermoso animal que en los versos de Nicolás Guillén tiene cresta de cristal, lomo azul y cola verde, todo puede pasar, fusionando ritmos y culturas de maneras inesperadas y fascinantes.
Los prejuicios y la vergüenza cultural
Le pregunté a mi padre cómo había comenzado su colección de música haitiana. Dimos infinitas vueltas alrededor de las posibilidades, sin llegar a ninguna conclusión clara. Recuerdo una de esas tardes de sábado en las que se sentaba en su sillón a escuchar música, justo cuando estaba previsto que mis amigas vinieran a casa. Conforme se acercaba la hora, me envolví en la madeja de mi propia ansiedad, anticipando la vergüenza que sentiría al exponer mis raíces musicales.
Antes de exiliarnos en la terraza, lo más alejadas posible de los oídos indiscretos, mis amigas entraban a la sala para saludar a mis padres. La música haitiana se escuchaba desde la puerta, y podía imaginar la hecatombe que provocaría no saltarnos ese paso protocolar. “¿Y esa música? ¿Eso es patuá? ¿A tu papá le gusta eso?”. No había manera de ocultarlo: sí, era patuá, créole, la lengua haitiana que mezcla francés y otras lenguas africanas. La música no estaba a salvo de los prejuicios, y los adoptamos muy pronto, de manera inconsciente, basándonos en un patrón de estupidez aprobado por el consenso popular.
Medidas desesperadas y la superación de reservas
La anticipación de mi vergüenza me llevó a tomar medidas desesperadas. Mi padre solía escuchar la música a todo volumen, así que le dije a mi madre que las piezas de cerámica en las estanterías de la sala iban a caer al suelo debido a la vibración del sonido. Corrí el riesgo de acercar algunas figuras al precipicio de las baldas, con la intención de que convenciera a mi padre para bajar el volumen, pero mi estrategia no resultó, dejándome enfrentar mis propios miedos culturales.
Fueron las voces de Pierre Blain y Martha Jean-Claude las que llegaron un buen día para vencer mis reservas. No entendía las letras de sus canciones, ni un solo verso, pero quizá por eso puedo escuchar “Nou Ce Chelbe” una docena de veces sin cansarme. Tal vez por eso puedo reconocer la presencia de aquellas melodías haitianas en otras músicas. Entender era lo de menos; ¡cómo iba a privarme de semejantes sonidos! En una entrevista que le hice a Ida Vitale para este diario, encontré pistas sobre las ventajas de no entender, destacando cómo la falta de comprensión puede permitir que la belleza trabaje en la mente de manera más profunda y persistente.



