Samanta Schweblin gana Premio Aena y reflexiona sobre la literatura y la normalidad
Schweblin gana Premio Aena y habla de literatura

Samanta Schweblin: La escritora que desafía la normalidad desde Berlín

La rutina matinal de Samanta Schweblin comienza en un estado de duermevela. Levantarse de la cama, caminar a la sala, evitar noticias y redes sociales, encender el computador y escribir. Así, casi desconectada de la realidad, la escritora argentina despliega cada día en Berlín el proceso creativo que la ha convertido en una de las voces más originales de la literatura contemporánea.

Esta semana, Schweblin recibió el primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana por su libro de cuentos El buen mal, publicado en 2025. Nacida en Hurlingham, Argentina, en 1978, estudió Diseño de Imagen y Sonido en la Universidad de Buenos Aires y comenzó a escribir en sus ratos libres.

Una carrera literaria marcada por premios y reconocimientos

Su primer libro de cuentos, El núcleo del disturbio, irrumpió en el ambiente literario cuando Schweblin apenas superaba los 20 años. La singularidad de su pluma, que mezcla el ambiente siniestro de David Lynch con el desparpajo de Boris Vian, la llevó a ser comparada con Kafka en la contratapa de su obra.

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En 2008 ganó el premio Casa de las Américas por Pájaros en la boca y poco después recibió la beca del Servicio Alemán de Intercambio Académico (Daad), que le ofreció casa, seguro médico y un sueldo en Berlín. Aunque su año inicial en la capital alemana se postergó, finalmente se estableció allí, donde vive desde hace casi trece años.

Con la publicación de El buen mal, su nombre resonó entre los posibles candidatos al Nobel de Literatura 2025, junto a autores como César Aira, Haruki Murakami, Margaret Atwood y Enrique Vila-Matas. Finalmente, el galardón fue para el húngaro László Krasznahorkai.

El proceso creativo: entre el "estado zombi" y la disciplina

La disciplina de Schweblin consiste en cumplir tres o cuatro horas diarias de escritura en lo que ella llama "estado zombi". "Y si no escribo, es porque estoy en otra etapa del proceso o estoy pensando", explica. "Cuando yo digo que trabajo en la mañana, tal vez me pasé toda la mañana leyendo o trabajando, pero alejada de la computadora: tomando notas, circulando; por ahí hice una caminata de dos horas con la libreta en la mano. Se trata de estar una cantidad de horas en estado mental de trabajo".

Sobre los premios literarios, la escritora reflexiona: "Son importantes, por supuesto, pero tampoco son el único camino posible. Con los premios, los libros llegan a más lectores y, quizá, te llega algo de dinero con el que se puede comprar algo de tiempo libre –que es algo carísimo en este mundo–, y con ese tiempo se puede seguir escribiendo".

Recuerda una frase de Chinua Achebe: "Un premio era una cosa maravillosa, algo así como una palmada en la espalda capaz de romperte varias costillas". Schweblin admite que siempre hay algo de miedo, quizá por el síndrome del impostor o porque los premios pueden generar presión al escribir.

La ambigüedad como eje narrativo

El buen mal trabaja especialmente la ambigüedad, una característica que Schweblin busca conscientemente. "Toda la literatura y el arte en general que me interesa está cargado de ambigüedad", afirma. "Los grises, la inquietante posibilidad de que las 'verdades' que me creo no sean las únicas verdades que existen, son algo que me inquieta y a la vez me interesa".

Para la escritora, el horror en esencia es porosidad: "Lo que nos asusta puede manifestarse de muchas formas, pero para mí el horror más existencial es el que nos muestra en sus formas más prácticas la aterradora permeabilidad de nuestros límites".

Aunque algunos perciben un tono más sombrío en este libro, Schweblin lo considera su obra menos fatalista: "Exceptuando el primer cuento –que es verdad que puede tener una lectura sombría–, creo que es mi libro menos fatalista. Cada historia es un ejercicio práctico sobre cómo volver a ponerse de pie".

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La normalidad como concepto a quebrar

En la narrativa de Schweblin, los personajes suelen estar alucinados, siempre al borde de la realidad. La escritora cuestiona el concepto de normalidad: "¿Qué vendría a ser 'lo normal'? ¿Lo acordado? ¿Lo estandarizado? ¿Lo socialmente aceptado? Ninguno de los grandes libros, películas ni obras de teatro que me han fascinado en mi vida trata sobre esto".

Prefiere la definición de la española Belén Gopegui: "La normalidad es un concepto impuesto por quienes definen qué es normal y qué no lo es, y por tanto no es un concepto democrático ni matemático, sino un concepto de poder".

Schweblin concluye: "Creo que en las mejores ficciones, cualquier normalidad está ahí para ser quebrada, lo que nos interesa es la fisura, porque ahí es donde encontramos lo que sentimos más verdadero, y encontrarlo al fin nos alivia muchísimo. Silvina Ocampo ya lo decía: lo raro siempre es más cierto".

La maternidad como tema universal

La maternidad es un tema recurrente en la obra de Schweblin, desde Distancia de rescate hasta El buen mal, donde el peligro y la muerte acechan a niños pequeños. "Todos somos hijos de alguien; no hay un solo ser humano, ni de los que nos caen bien ni de los que nos caen mal, que no haya pasado por la fatalidad o la bendición de ser ese otro sujeto sobre el que se ejerce la maternidad", reflexiona.

"¿Cargamos cada uno de nosotros con un tema más universal que este? Lo que a mí me extraña es por qué no se escribe más sobre esta locura", se pregunta. "Incluso cuando escribo sobre otras cosas, para mí esa relación madres-hijos, padres-hijos, cuidadores-cuidados, siempre está latiendo de fondo".

Entre Argentina y Berlín: la identidad en la escritura

Aunque vive en Alemania desde hace años y viaja con frecuencia, los cuentos de Schweblin mantienen una matriz argentina muy marcada en lenguaje, referencias y geografías. "Cada año paso por Buenos Aires una o dos veces, y paso también un par de meses en Lago Puelo, Chubut, donde vive mi familia", explica.

"Escucho las noticias argentinas cada día, mi comunidad en redes es mayoritariamente argentina y muchos de mis amigos en Berlín son también argentinos", añade. Esta dualidad genera una sensación constante de extrañamiento: "Es inquietante esta sensación de que nunca se llega a casa por completo, porque cuando estoy en Lago Puelo me falta Berlín, y cuando estoy en Berlín me falta Argentina".

Sin embargo, esta condición también la estimula: "Por ahora también es un estado interesante, desafiante, que me obliga a prestar atención de una manera que me doy cuenta que se está siempre un poquito corrida de lugar. Y no importa en qué ciudad esté, en cuanto pongo mis manos sobre el teclado y empiezo a escribir, ya estoy otra vez en la Argentina".

Reflexiones sobre el mercado literario internacional

Schweblin aborda con lucidez las dinámicas del mercado literario internacional: "Hay un imperialismo brutal del inglés sobre el resto de las lenguas. En el siglo diecinueve y parte del siglo pasado, las literaturas nacionales todavía pensaban –o incluso creaban– identidades y espíritus nacionales que discutían con otras literaturas del mundo mediante la traducción. Hoy, la relación es casi piramidal".

Como ejemplo, menciona la novela La vegetariana de Han Kang: "No la leemos de su traducción del coreano. La leemos en un español que fue traducido desde una traducción anterior al inglés".

La escritora reconoce que la inmensa mayoría de la literatura internacional que llega a los lectores pasa por el "colador anglosajón", que si bien no es malo de por sí, tiene el problema de su "absoluto monopolio".

El realismo mágico y la literatura femenina

Sobre el resurgir del realismo mágico en escritores latinoamericanos, Schweblin prefiere el término "lo real maravilloso" que acuñó Carpenter: "Subrayaba la idea de que en América Latina lo maravilloso forma parte de la realidad cotidiana, no necesita ser inventado".

Cita a Salman Rushdie: "Cuando uno dice realismo mágico, la gente escucha 'mágico', nadie escucha la primera palabra, que es sobre la que ocurre todo lo demás". Para Schweblin, lo mágico y lo fantástico en su obra funcionan más como una amenaza, una posibilidad que crece en la mente del lector.

Respecto a la categorización de "literatura femenina", responde con ironía: "Me gustaría encontrar entrevistas donde le pregunten a los hombres qué piensan de la literatura masculina". Considera que seguir hablando de literatura femenina implica dar por sentado que "la literatura masculina es la literatura universal", lo que aísla a las escritoras.

La sinceridad en El buen mal

Una particularidad de El buen mal es que hacia el final, Schweblin detalla en qué se inspiró para cada cuento. "Aunque las historias son pura ficción, en este libro hay detalles personales por todas partes", explica. "Cuando lo terminé, sentí que era un libro más sincero que los anteriores, y quizá por eso también necesité decirlo".

La escritora observa un cambio en los lectores: "Quizá más que nunca queremos saber quién es ese otro, por qué y desde dónde escribe. Como lectora, siento este cambio en la última década".

Schweblin concluye: "Podría ser peligroso si esto fuera solo medir moral o ideológicamente a ese otro que escribe. Pero quizá es que estamos todos perdidos entre tanto exceso de información y desinformación, y nos urge entender si hay humanidad del otro lado, si del otro lado del libro hay alguien con quien podríamos también conectar".