La credibilidad es posible si hay una apuesta. Esta es la conclusión más reciente a la que he llegado en los últimos días después de ver la serie Como agua para chocolate, cubrir un festival de cine e ir al concierto de Muerdo, uno de mis cantantes tutelares. La credibilidad en uno mismo es posible si uno escoge las peleas.
La lección de Tita
En una de las escenas finales de Como agua para chocolate, la serie de Netflix inspirada en el libro homónimo de Laura Esquivel, se ve a Tita, la protagonista, guiando una carreta llena de maletas arrastrada por dos caballos en medio de un paisaje desértico. Ella, que durante toda la historia sacrificó su felicidad por las órdenes de su madre, la religión y el deber ser, se monta en ese carruaje destartalado, lleno de polvo, y agarra las riendas con sus brazos delgados acostumbrados a cocinar. Se va cargando su vida, pero dejando las culpas por el rechazo de su madre y la envidia de su hermana. Aparentemente, en esa carreta no hay más que maletas llenas de polvo, pero no es así: Tita lleva ahí la ropa, las recetas y su libertad, que ya entendió que nadie puede pagarle, y que llegará a sus manos cuando rompa todo lo que construyó con base en lo que los demás le dijeron. Así es como se cree en uno mismo: peleando lo propio, y dejando que los demás peleen lo que tengan que pelear.
La credibilidad de la audiencia
La credibilidad de la audiencia es posible si percibe un enfoque. En pleno Festival de Cine de Cartagena, donde había muchísimos eventos sucediendo al tiempo, tantas películas, charlas y posibilidades, y una genuina preocupación por querer difundirlo todo, me senté en la cama del hotel y entendí algo obvio, pero fácil de olvidar ante la presión por resultados rápidos y livianos: nadie creerá en lo que escriba, diga o dirija si no elijo. Mi elección implica una renuncia. Para decir algo, tengo que sumergirme en ello, hacerme preguntas honestas y plantear conversaciones serias. No podré hacerlo con todo ni con todos.
La credibilidad en el amor
La credibilidad en el amor es posible si renunciamos a la vida y asumimos la inminente caída. Antes de cantar una nueva canción, Muerdo, que se presentó en el Teatro Colsubsidio el pasado 20 de abril, contó que le había hecho ghosting (su amor del momento se le perdió, no volvió a contestar, se convirtió en un fantasma). Dijo que le había dolido tanto que le “quemó” el teléfono para buscar respuestas, lloró y escribió una canción. Y siguió. Ahora está enamorado y recuerda el episodio con incomodidad: ¿quién dijo que a pesar de superar algunas etapas ese dolor ya no incomodaba? El dolor duele, es normal. Pero no mata. Confiar en el amor puede doler mucho, doler físicamente. Por eso emprendemos la huida, aunque sea inútil: de la vida solo se huye con la muerte, y yo prefiero exponerme al dolor a morirme de miedo.



