El salón donde los expresidentes colombianos aprendieron los pasos del poder
Un antiguo concejal de Cartagena rememora una anécdota reveladora: durante una condecoración al expresidente Julio César Turbay Ayala, la curiosidad lo llevó a descubrir un secreto bien guardado de la élite política nacional. La pregunta era simple pero intrigante: ¿cómo un político formado en el frío altiplano cundiboyacense, de complexión robusta, dominaba con tanta soltura los ritmos bailables más exigentes?
La pista literaria y el descubrimiento de Carlota Soto
La respuesta la encontró en los libros de J.J. García, que documentaban la historia de "El Rosedal", una casa con salón de baile propiedad de Carlota Soto, ubicada en Cartagena y frecuentada asiduamente por las figuras más prominentes del poder colombiano. Este lugar no era simplemente un centro de diversión; se erigía como un punto de encuentro social donde la política y el esparcimiento se entrelazaban de manera única.
Carlota Soto dirigía el establecimiento con mano firme y un agudo sentido comercial. Contaba con un grupo de damas que atendían a los clientes, ganando una comisión por el consumo en las mesas. Pero su verdadero valor residía en otra habilidad: eran expertas bailarinas, transformándose en las mejores instructoras de una generación de líderes políticos.
La "universidad de la vida" para la élite gobernante
Entre sus alumnos más distinguidos se encontraban los expresidentes Carlos Lleras Restrepo y Alberto Lleras Camargo, además del propio Julio César Turbay Ayala. También dirigentes de la talla de Germán Zea y Abelardo Forero acudían a perfeccionar sus pasos. El autor de la crónica intuye que El Rosedal funcionó como una auténtica "universidad de la vida", congregando a lo más granado del poder político de la época.
La influencia de Carlota trascendía la pista de baile. Según los relatos, se enteraba de nombramientos y decisiones de gobierno con notable antelación. El salón contaba incluso con una sala restringida, a la que solo se accedía cumpliendo un protocolo especial, reservada para las conversaciones más delicadas y confidenciales.
Asiduos visitantes y estilos sobre la pista
Intelectuales y personalidades como Raimundo Emiliani, Eduardo Lemaitre y Alfredo Araújo eran visitantes habituales y muy apreciados por doña Carlota. En las veladas, los cartageneros demostraban su dominio de la cumbia y el porro con natural elegancia.
Los estilos de baile de los expresidentes variaban notablemente:
- Alberto Lleras Camargo era un entusiasta del tango, el ritmo que mejor ejecutaba y repetía con devoción.
- Carlos Lleras Restrepo, debido a su baja estatura, enfrentaba dificultades para encontrar pareja y coger el paso, una situación que Raimundo Emiliani, con su soltura cartagenera, solía dejar en evidencia.
- Julio César Turbay Ayala presentaba un caso aparte. Su experiencia previa en el negocio de distribución de la cerveza Andina, junto a Abelardo Forero y J.J. García, lo había acercado más al pueblo y a sus ritmos. Cuando llegó a El Rosedal, ya venía con un entrenamiento base.
Turbay Ayala: el rumbero presidencial
Turbay demostraba sus dotes bailando al compás de la Sonora Matancera, cantando temas de Nelson Pinedo. Su destreza era tal que, ya siendo presidente, manifestó la intención de condecorar a sus sabias profesoras, algunas ya avanzadas en años. Sin embargo, allegados como Marún Gossaín, José Francisco Jattin y Juancho Slevi se lo impidieron, considerando quizás el gesto inapropiado para la solemnidad del cargo.
En las noches más alegres, celebrando éxitos políticos, a Turbay le hacían rueda. Él, feliz, sentía la necesidad de conservar su prestigio de excelente rumbero, un título que debía en gran medida a la dirección de instructoras legendarias como la Negra Eufemia, Blanca Barón y la propia Carlota Soto.
Un establecimiento con reglas estrictas
La disciplina en El Rosedal era inquebrantable. Las damas que trabajaban allí eran recogidas al amanecer por sus esposos o compañeros. Las reglas impuestas por doña Carlota se cumplían a rajatabla, al menos dentro de los confines del salón, manteniendo un delicado equilibrio entre la frivolidad de la fiesta y las apariencias de la vida pública.
Esta crónica no solo revela una faceta lúdica y humana de figuras históricas, sino que ilumina un espacio social único donde se tejían alianzas, se compartían confidencias y, sobre todo, se aprendía que en la política, como en el baile, el ritmo y el paso correcto son esenciales.



