Fanuel Hanán Díaz deslumbra con su surrealista libro infantil
Fanuel Hanán Díaz: surrealismo y metáfora en su nuevo libro

Fanuel Hanán Díaz deslumbra a sus lectores con la diáfana y palpitante belleza de sus ficciones. Escritor, autor de libros para niños y jóvenes, así como de obras de ficción y no ficción, es también ensayista y editor. Licenciado en Letras, con especialización en Comunicación Social por la Universidad Católica Andrés Bello, ha desarrollado una destacada trayectoria en el ámbito literario y editorial. Dirigió el Departamento de Selección de Libros para Niños del Banco del Libro de Venezuela y ha sido jurado de importantes reconocimientos internacionales como el Premio Hans Christian Andersen, el Bologna Ragazzi y la Bienal de Ilustración de Bratislava.

Premios y reconocimientos

Su obra ha sido distinguida con el Premio Nacional de Literatura Infantil, el Premio Tatoulou en Francia y el Premio de la Fundación Cuatrogatos. Además, varios de sus libros han sido incluidos en la Lista de Honor IBBY, la lista White Ravens y el Programa SEP. Ha consolidado una amplia experiencia como editor y profesor universitario. También dirigió la revista Barataria, especializada en literatura infantil latinoamericana, y desarrolla proyectos de investigación como independent scholar.

Presentación en la FILBo 2026

En la Feria del Libro de Bogotá (FILBo 2026), presenta su más reciente libro infantil, El hombre que perdió la cabeza, una obra de atmósfera surrealista que invita a reflexionar sobre la rutina, el sentido y la experiencia humana.

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Entrevista con el autor

Cuéntanos cómo surgió la idea que dio origen a tu libro “El hombre que perdió la cabeza”.

El hombre que perdió la cabeza es la historia de un señor, el señor F., que un día se levanta y, al mirarse en el espejo, se da cuenta de que no tiene cabeza. La historia surgió en un contexto muy particular. Hace varios años, estuve invitado a dar unas conferencias en Polonia, y en Cracovia me alojaron en un edificio viejo, de esos que uno podría llamar kafkianos: pasillos angostos, escaleras empinadas de madera que rechinaban, muy poca iluminación. Era un ambiente un poco deprimente, agobiante, y para mí esa sensación era nueva. Durante los tres o cuatro días que estuve allí, preparándome para las charlas, en algún momento me puse a escribir junto a una ventana que daba hacia un patio interior. Entonces imaginé por un momento que yo tenía dificultades para escribir y que mi cabeza se había desprendido del cuerpo para salir a pasear. Cuando regresaba, me traía la inspiración. Esa fue como la historia germinal que escribí. Con el tiempo, esa idea fue cambiando. Ya no se trataba solamente de un hombre que perdía la cabeza porque le faltara inspiración, sino de algo más profundo: un hombre que pierde la cabeza en un contexto de presión, de angustia social, de despersonalización. La pérdida de la cabeza empieza a funcionar como una metáfora de la pérdida de identidad.

En el libro, este hombre intenta seguir su rutina: se va a trabajar, pero no logra compenetrarse con ese día mecánico de oficina, se desubica, se va, deambula, vive un pequeño periplo perdido por la ciudad y termina regresando a su casa. Todo ello ocurre bajo las coordenadas del absurdo. Por eso creo que esta historia tiene mucho que ver con aquella experiencia casi kafkiana en Cracovia. Ese ambiente asfixiante quedó sedimentado en mí durante años, hasta que mucho después retomé esa primera chispa y la convertí en este libro.

A lo largo de tu vida has leído incontables libros. ¿Qué historias te seducen más?

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—Es difícil llevar la cuenta de las lecturas que he hecho a lo largo de mi vida. He pasado por distintos apetitos lectores, y creo que eso les ocurre a muchos lectores: el camino se va definiendo por momentos de la vida, por etapas que conectan con ciertos géneros o sensibilidades, quizás porque están más cerca de tu desarrollo emocional. Después de aquella primera etapa de aventuras, pasé un largo tiempo inmerso en los clásicos. Fue allí donde me adentré en libros como El extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde y comencé a acercarme a lo gótico con Drácula, de Bram Stoker, y Frankenstein, de Mary Shelley. Son obras que, de alguna manera, conforman un núcleo fundador de esa sensibilidad gótica. En algún momento también llegué a la fantasía épica y fui un lector fervoroso de Tolkien. El Señor de los Anillos fue una lectura que viví con pasión, con fiebre, con verdadera devoción, mucho antes de que existiera toda esta explosión contemporánea de la fantasía épica.

También fui un gran lector de Agatha Christie. Me encantaba el misterio. Recuerdo especialmente Diez negritos y El asesinato de Roger Ackroyd, novelas que desmontaban las formas convencionales del género y quebraban el pacto tradicional del detective como figura externa. Mi relación con la literatura infantil y juvenil, me sumergí en un universo que al principio me era desconocido. Poco a poco, cuando fui entrando en la producción editorial de libros para niños, especialmente a partir de los años noventa, comenzaron a llegar muchas novelas traducidas, sobre todo de autores suecos y alemanes. Pienso en Gudrun Pausewang, Mirjam Pressler, María Gripe, Peter Härtling. Todos ellos me maravillaron por su manera de narrar desde un gran realismo. El realismo, para mí, tiene un poder especial: el de retratar la realidad con profundidad, pero también con una intensidad literaria muy alta.

En ese sentido, hay autores y obras espléndidas. Pienso, por ejemplo, en Katherine Paterson, o incluso en una novela como Matar un ruiseñor, de Harper Lee, que dentro de su condición ya clásica sigue mostrando algo muy particular: la capacidad de contar procesos devastadores con enorme poesía, de usar recursos literarios para acercarse a la realidad y reflejar, con gran poder simbólico, los laberintos del pensamiento y de la emoción humana.

Hoy diría que me sigue seduciendo especialmente la literatura latinoamericana, y sobre todo el cuento. Creo que uno llega a un momento como lector en el que quiere descubrir cómo funciona ese artefacto que es la escritura. Y en el cuento, por su brevedad, es más fácil ver cómo se precipitan los acontecimientos hacia un final que resulte estéticamente satisfactorio.