Jairo Ojeda, nacido en Mercaderes, Cauca, y residente en Cali, es reconocido como el 'Padre de la Canción Infantil Colombiana'. Sus canciones han formado a generaciones durante más de cinco décadas. La Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filbo) le rinde homenaje por su invaluable legado.
Un viaje en busca de princesas
A los 9 años, Jairo Ojeda pasó tres días sentado en un andén del mercado Cisneros, en Medellín, esperando encontrar a las princesas que los ogros y dragones tenían secuestradas, según los cuentos de su hermano Eudoro. Allí lo dejó un camión cargado de maíz que llegó de Mercaderes, Cauca, en el que viajó escondido durante dos días. Su objetivo era liberar a las princesas y regresar a su pueblo con 100 burros cargados de oro para sacar de la pobreza a su madre, Diomisiana, y a sus hermanos.
De la pobreza a la música
Hoy, a sus 78 años, Ojeda es uno de los protagonistas de la Filbo, donde lanzará su quinto libro: El elefante del circo prefiere soñar, una colección de 11 poemas que incluye códigos QR con las partituras para musicalizarlos. Temas como Chontaduro maduro, Gotica de lluvia, La cocodrílica, Juguemos a la sombra y El granito de maíz forman parte de sus álbumes, entre los que destacan los dos volúmenes de Todos podemos cantar.
La fabularia mayor
Jairo creció en una casa de techo de paja y piso de tierra, frente al caserón de su abuelo materno, Evaristo, quien desheredó a Diomisiana por casarse a los 13 años. Su madre, a quien él llama la 'fabularia mayor', usaba la fantasía para crearle universos donde mezclaba la imaginería campesina con relatos religiosos y cuentos tradicionales. Así aprendió a leer y a escribir, y también matemáticas, gracias a su tío Gerardo, el profesor del pueblo.
La gran decepción
En el mercado de Cisneros, un vendedor de frutas lo ayudó y Jairo se volvió indispensable para los comerciantes. Meses después, viajó a Pereira para trabajar en fincas cafeteras, pero sus manos pequeñas apenas lograban medio bulto de café al día. El dueño de la finca, al saber que sabía leer y escribir, lo convirtió en maestro de sus hijos. Tres años después, su madre lo encontró y lo llevó de regreso a casa. Fue el día más feliz, pero también el de su mayor fracaso: no había logrado los 100 burros cargados de oro.
El camino hacia la música
En un internado en Tunía, un compañero tenía una guitarra que nunca le prestó, pero Jairo aprendió a tocar a escondidas en el patio del colegio. Allí nacieron sus primeros versos. Más tarde, una beca del Gobernador del Cauca le permitió estudiar antropología en la Universidad Nacional de Bogotá, mientras trabajaba como profesor de primaria. Allí comenzó a crear canciones para enriquecer el lenguaje de sus alumnos.
El primer álbum
El actor Jaime Barbini, padre de uno de sus alumnos, lo animó a grabar sus canciones. Como nadie quiso prestar su voz, su hija Hitayosara cantó el primer álbum Todos podemos cantar en 1976. El éxito fue inmediato, y el segundo volumen llegó poco después. El tercer disco fue financiado por Unicef.
Legado y reconocimiento
Actualmente, Ojeda vive en el sur de Cali, tiene cinco hijos, tres nietos y una compañera. En Santander de Quilichao, Cauca, tiene una imprenta manual donde imprime textos basados en las vivencias de niños de primera infancia. Ha recibido homenajes en Brasil, Uruguay y otros países latinoamericanos. Reflexiona: “El país que queremos se construye en la primera infancia”.
Entrevista con Jairo Ojeda
¿Qué piensa de la tendencia de dejar a los niños con Internet?
Eso demuestra que no se acepta al niño como es. Esa negación hace mucho daño. En la infancia se forma el yo para tener una visión crítica de la vida.
¿Cómo acercarse a los niños sin tratarlos como personas con deficiencias?
Depende de la concepción del niño. Cada etapa es fundamental y debe ser bien tratada. Hay que escuchar.
¿Para qué sirve una canción?
Una canción es estructura rítmica, melódica, con contenido intencional. Para un niño pequeño, es la palabra encantada envuelta en papel de regalo. Hay que aprovecharla porque sus mensajes motivan.



