Desde que tengo memoria, mi padre, José Luis, es fotógrafo. Siempre tiene una cámara en mano, es carismático y disfruta organizar los eventos a los que lo llaman. Sin embargo, no siempre se dedicó a la fotografía. Antes de casarse con mi madre, trabajó en restaurantes y, cuando eran recién casados, se entusiasmó con la fotografía. Realizó un curso por correspondencia y le gustó. Mi madre lo animó a mudarse a Los Ángeles, donde podría seguir estudiando y tener más oportunidades de práctica asistiendo a otros fotógrafos. Allí vivieron unos años, mientras nacían los primeros hijos.
Regresamos siendo una familia de seis y pusieron su primer estudio de fotos. Mientras nosotros crecíamos entre nanas, ellos fotografiaban todo tipo de eventos: bodas, quince años, retratos familiares, retratos de colegios y un largo etcétera. Los días pasaban demasiado ocupados para preocuparse de cómo pasaríamos las tardes, y así nos mantenían entretenidos con clases después del colegio. Ballet clásico y cocina para nosotras; karate para mi hermano; los sábados dibujo, pintura y, por un tiempo, clases de costura. Lo importante era que no estuviéramos en casa viendo la televisión.
El encuentro con la maestra Margarita
Un día, una maestra de piano llamó a mis padres para que fotografiaran el recital de sus alumnos. Aunque solían turnarse para cubrir más eventos, esa noche fueron los dos y quedaron fascinados tanto por el evento como por la maestra, a quien describieron como una «finísima persona». Estaban tan entusiasmados que querían que todos los hijos estudiáramos con ella, y así llegamos a la maestra Margarita.
Mis padres hicieron un intercambio con un hombre que tenía una tienda de pianos usados —parte compra y parte fotos— y un día llegaron a casa con un piano grande, de color crema con dorado. Era vertical y de los antiguos: alto, mucho más alto que yo, que en ese momento tenía ocho años. Las teclas eran de marfil, de colores disparejos, cada una con su propia personalidad, algo que le quitarían muy pronto cuando les aconsejaron que el piano se vería más elegante en negro. Lo mandaron pintar y cambiaron las teclas por unas blancas impecables, de plástico, que seguramente durarán hasta la eternidad. Aun así, lo recuerdo como cuando llegó a casa, con ese color antiguo que me parecía perfecto.
Comenzamos a estudiar piano los cuatro hijos. Mi hermano mayor duró solo una clase. En casa comentábamos que llegó a la primera sesión con una pieza que conocía y, como la maestra le dijo que allí no se tocaría de oído, sino que aprenderíamos a leer, él se ofendió porque intentaba mostrarle lo que sabía. Nunca supe si esa discusión ocurrió realmente, pero él jamás volvió. Seguimos las tres hermanas. Desfilábamos una vez a la semana por la casa de la maestra Margarita: dos esperaban, una tocaba. Así durante un par de años, mientras dos de las tres perdían el interés. Una se dormía en las clases y la otra no estudiaba.
Una maestra que creyó en mí
La maestra nos recibía con agua de melón y una sonrisa, paradita a un lado del piano, una imagen que aún recuerdo con cariño. Era morena, de estatura baja, con un pelo negro azabache que llevaba siempre impecablemente peinado. También vestía de forma elegante. Recuerdo la suavidad de sus manos, la artritis que había cambiado sus dedos, pero que no impedía que se movieran por las teclas cuando me mostraba las piezas. Era paciente y amorosa. Durante el tiempo que fui su alumna, siempre me tomó en serio y me enseñó con cariño y firmeza. Margarita fue la primera persona que vio algo en mí. Yo llegaba con la lección estudiada solo a medias, pero tenía facilidad y buen oído. Fui aprendiendo de esa forma: veía sus manos cuando tocaban y aprendía a leer las notas, como acercándome a otra lengua. Ella fue la mejor maestra que pude tener, una mujer generosa que me dio el primer empujón en la dirección que tomaría mi vida.
Un día, la maestra llamó a mi padre. Le dijo que a mis hermanas no les interesaban las clases y no tenía caso hacerlas seguir a la fuerza. «Pero a Julieta sí le gustan», agregó. Esto mi padre me lo contó cuando volvió a casa, y enseguida me preguntó:
—¿Quieres seguir estudiando?
—Claro que sí —le respondí sin dudarlo.
—Entonces el piano es tuyo —dijo.
El piano crema y dorado me esperaba. Me tomé muy en serio esas palabras: desde ese día en adelante, el piano sería solo mío y podría tocar cuando quisiera, mientras mis hermanas y hermano cumplían labores en casa. En esa época, nunca faltaba una lista de pendientes pegada en la puerta del refrigerador.
Si me sentaba a tocar, entraba en territorio neutral. Nadie me molestaba y podía estar el tiempo que quisiera. Me metía en una partitura, hacía escalas, y ese sonido me envolvía por completo, como una cueva cálida, como un lugar familiar. Era mi propio espacio rodeado de un sonido lleno de cuerpo. Mientras mis hermanas levantaban camas o lavaban los platos, yo pensaba en lo percusivo, la sonoridad, los armónicos; todo esto empezó a ser mi compañía y refugio. Y algo que no era menor para mi timidez y mis formas ariscas: no tenía que hablar con la gente que venía a casa. Podía encerrarme en ese mundo de sonido y ver desfilar a las amigas de mis hermanas, mientras sentía que lo mío estaba en esas notas, en otro lado.
La pérdida y el renacer musical
Cuando mi madre me llevó a la siguiente clase, ya sin la presencia de mis hermanas, Margarita solo me sonrió con su mirada amorosa: entendimos todo y nos pusimos a trabajar como siempre. No me había preguntado si yo quería seguir, pero lo había intuido, y en esa conversación con mi padre hizo que él también lo entendiera. Fue un gesto por el que siempre le estaré agradecida. Me mostró algo de lo que yo no me había dado cuenta: que mi relación con la música era especial, y se notaba. Fue mi testigo cuando yo aún no sabía cómo lo que me pasaba me cambiaría la vida, pues apenas estaba conociendo lo que sería mi vocación.
Hubo un libro que me regaló a mis diez años, un libro de piezas populares clásicas, simplificadas para alumnos más pequeños. Su dedicatoria dice: «Para mi distinguida discipulita Julieta Venegas, deseando que llegue a ser pronto una linda pianista». Lo tengo todavía conmigo. Está forrado con el plástico que usaba mi madre para cuidar nuestros libros. En la portada tiene un dibujo de un piano de cola al que le salen varios instrumentos con colores brillantes, flores y máscaras. De ese libro pusimos muchas piezas de Chopin, Khachaturian, Rachmaninoff, Brahms, entre otros, distintos estilos que me marcaba con paciencia. Algunas las preparamos para participar en sus recitales. Ella daba mucha importancia a esos conciertos. Nos acompañaba durante todo el proceso, ensayando intensamente durante meses. Llegábamos tan ajustados que no sentíamos nervios, éramos una sola cosa con la pieza. Nos poníamos vestidos largos y trajes, sabiendo que eran noches importantes. Ella también se vestía de gala, con su peinado, tacones, sonriente y orgullosa de todos, segura de que haríamos un concierto hermoso.
Cuando murió Margarita, yo tenía trece años. Nunca había muerto alguien tan cercano a mí. Mi madre fue quien me dio la noticia y lloramos juntas por haberla perdido. No entendía el dolor que sentía. Recuerdo haber ido a su velorio, donde mucha gente la despedía. Al acercarme y verla, perdí el control, lloré sin poder respirar porque ella ya no estaba allí. Me quedé sin palabras y no pude tocar el piano durante meses.
Después, no volví a encontrar en las clases de piano la misma complicidad, el mismo cariño. Pasé por varios maestros, pero, por más que lo intenté, no pude sentir el mismo entusiasmo que sentía cuando estuve con Margarita. Hay una pieza hermosa de Rachmaninoff, el «Preludio en do# menor». Alguna vez la practicamos con ella en su forma simplificada: había que tocarla muy lenta y matizar sus acordes hermosos y dramáticos. Cuando llega a la segunda parte, cambia a corcheas dobles y se mueve rápido, como si volara. La volví a estudiar más adelante, ya a los dieciséis, con la última maestra con la que estuve, una mujer rusa que me recibía en su casa.
Asistí a uno de los recitales de sus alumnos, y me sentí muy triste cuando una chica se equivocó, atorada en una parte como si fuese un disco rayado. Me dio pena por ella y por saber que ya no sería lo mismo ir a uno de esos conciertos. Con esa maestra trabajamos el «Preludio» en su forma original, le daba vueltas sin parar, me identificaba con su dramatismo. Yo ya estaba en la adolescencia y me atraían piezas más modernas y percusivas. Una tarde estaba estudiando el Rachmaninoff y comencé a seguir la partitura cambiando los tiempos, usando las notas para moverme hacia otros lugares, improvisando algo que ya no era el «Preludio», sino lo que me disparaba. Lo hacía con muchas de las partituras que estudiaba y descubrí que la improvisación me abría otras posibilidades. Ya había escrito algunas piezas sencillas y las tomaba como punto de partida. De pronto, se abrieron nuevas puertas.
El ritual de la creación
Me sigo sentando derecha en el piano, como aprendí cuando era niña, aunque hace muchísimo tiempo dejé de estudiar clásico. De todas maneras, hay algo respetuoso cuando me siento, acomodo el banco, me acerco mucho. Lo tengo sin la tapa, veo los tambores, las cuerdas, me gusta sentir su sonido rodeándome. De repente, tengo una melodía dando vueltas: empiezo a tararearla caminando por la calle y me gustaría buscarle una armonía.
Mi ritual es siempre el mismo: hago algunas escalas, ejercicios para calentar las manos, un poco de improvisación. Y empiezo. Acomodo el cuaderno. Canto esa melodía y le busco unos acordes. Eso me lleva a otros que se suman. A veces me quedo tocando un rato solo con esa idea.
Grabo el fragmento en mi teléfono para que no se me vaya esa primera frase. Busco el tempo. Lo pongo en un metrónomo antiguo, como los que usaba cuando estudiaba. Hay algo que me obsesiona del tempo de las canciones. A veces, cuando escucho alguna que me gusta, me fijo primero en qué tiempo está y, muchas veces, empiezo por poner ese tempo en el metrónomo y ver a dónde me lleva. Es como hacer un tejido. Dos hilos que se juntan: letra y melodía, una lana peluda que se va apretando; que va tomando la forma para hacer algo pequeño que empezará a crecer lentamente. Es porosa pero firme. La masa que se mueve y, poco a poco, va creciendo. Sale el verso, sale el coro; después, si tengo suerte, sale el puente y la termino en un par de sentadas. Cuando llego al centro, algo resuena, porque esto que quiero contar va formándose en las palabras y tomando sentido. No la puedo apresurar, a veces es fácil, otras toma varios días. Probar y soltar: una melodía me persigue y, tal vez, intento resolverla en mi cabeza. Un punto que voy moviendo de un lugar a otro hasta que llego al final. A veces tengo que levantarme del piano, ir a caminar, cocinar un rato, lo que sea. Y entonces, cuando vuelvo, sale más fácil. El nudo se deshace.
Las canciones son de piel, necesito sentirlas.
Empiezo con un tarareo simple, improvisando una melodía que me viene a la cabeza, y la voy repitiendo, agregando una parte nueva cada vez. Cuando escribo una canción, lo hago con mi voz. No se me ocurre escribirla solo desde el papel. Empieza a existir con el sonido cuando la canto. Me he hecho cantante de esa manera. Desde mis limitaciones y virtudes, he ido desarrollando mi manera de escribir. Cada canción me va enseñando algo nuevo. Y está el piano, por supuesto, mi lugar seguro. Ese primer instrumento que un día, ante una mirada amorosa, empecé a conocer guiándome por sus notas mientras mis manos también cambiaban, lo mismo que mi mente y mi manera de ver el mundo. Toda mi historia está contada allí frente a sus teclas, en su sonido fuerte y suave, mi refugio.



