En Santander, la danza va más allá del escenario: vive en los cuerpos, en los oficios, en las fiestas, en las memorias campesinas, indígenas y urbanas. Esta manifestación artística se convierte en un lenguaje que trasciende el movimiento, enraizándose en la identidad de las comunidades.
La danza como expresión de vida y memoria
Desde que nacemos, el movimiento es parte inseparable de nuestra cotidianidad. Se configura en gesto y en lenguaje, y nos recuerda que moverse es estar vivos: el movimiento es vida, es también muerte, y en esa tensión reside su profundo sentido. La danza, como expresión viva de ese movimiento, es identidad: da cuenta de las corporalidades, los gestos y las relaciones que tejen distintas comunidades en sus territorios.
La danza es trabajo, pues permite que profesionales y sabedores, desde múltiples lugares, visibilicen su importancia dentro de las culturas y los procesos comunitarios. La danza es memoria, es tejido social y, como todas las artes, es una potencia para la vida. Una potencia que se reconoce, precisamente, desde lo frágil y vulnerable que es la humanidad.
El cuerpo es el primer lugar que habitamos. Antes de nombrar el mundo con palabras, lo sentimos, lo tocamos, lo recorremos. En el cuerpo quedan inscritas las huellas de lo vivido: las alegrías, las pérdidas, los aprendizajes, las heridas, las formas de amar, de resistir y de pertenecer. Por eso, cuando un cuerpo danza, no solo ejecuta movimientos: también cuenta una historia. Una historia personal, familiar, colectiva y territorial.
Más allá del espectáculo: la danza como comunicación profunda
Desde esa mirada, la danza no puede entenderse únicamente como espectáculo o como destreza técnica. La danza es una forma de comunicación profunda, una práctica que nace del encuentro entre los cuerpos, la memoria y el territorio. Cada comunidad baila desde lo que ha vivido, desde sus celebraciones y duelos, desde sus formas de trabajar la tierra, de relacionarse con el agua, de despedir a sus muertos, de celebrar la vida y de transmitir sus saberes.
En la actualidad, la danza también se mueve en otros escenarios. Habita los espacios digitales, circula en pantallas, se convierte en archivo, en imagen, en registro y en memoria compartida. Lo coreográfico ya no ocurre solamente en el escenario, en la plaza o en el salón de ensayo; también aparece en redes, videos, plataformas y comunidades virtuales. Allí, lo físico y lo digital se cruzan, ampliando las maneras de crear, transmitir y conservar los saberes del movimiento.
La permanencia de la danza en la memoria y el archivo
Durante mucho tiempo, la danza fue pensada como un arte efímero, destinado a desaparecer en el instante mismo en que ocurría. Sin embargo, esa idea resulta insuficiente. La danza permanece en los cuerpos que la aprenden, en las comunidades que la practican, en los gestos que se heredan y en los relatos que se transmiten de generación en generación. También permanece en la documentación, en la investigación, en la escritura, en la memoria audiovisual y en los procesos pedagógicos que permiten reconocer su valor histórico, social, estético y político.
Documentar la danza no es simplemente guardar un registro. Es reconocer que detrás de cada proceso hay vidas, trayectorias, esfuerzos, preguntas, tensiones y búsquedas. Es entender que la memoria cultural no es un archivo muerto, sino una forma de justicia: una manera de decir que lo que han hecho los artistas, maestros, sabedores, gestores y comunidades merece ser nombrado, cuidado y transmitido.
Los desafíos de la danza en Colombia
En Colombia, esta necesidad de memoria atraviesa no solo el campo de la danza, sino el conjunto de las artes. Cada territorio ha construido sus propios ecosistemas culturales: redes de personas, prácticas, oficios, manifestaciones artísticas y saberes que sostienen la vida comunitaria. Pero esos ecosistemas también han enfrentado fragilidades históricas: falta de recursos, discontinuidad institucional, poca valoración del trabajo artístico, ausencia de políticas sostenidas y dificultades para construir procesos colectivos duraderos.
Desde una mirada territorial, es necesario reconocer que muchos procesos culturales han debido crecer en medio de condiciones adversas. La consolidación de redes asociativas ha sido lenta; en algunos casos, las prácticas individualistas, la desconfianza y la fragmentación han debilitado la posibilidad de construir proyectos comunes. A esto se suma el poco tiempo que suelen tener los procesos culturales para generar impactos reales y sostenibles en las comunidades. Sin embargo, estas dificultades no niegan la fuerza del sector. Al contrario, muestran la urgencia de fortalecerlo.
Políticas culturales y el Plan Nacional de Danza
La historia de la política cultural en Colombia también ha sido una construcción progresiva. Desde la Ley General de Cultura de 1997, el país comenzó a darle un lugar más claro a la gestión cultural, a la descentralización y a la participación de las comunidades en la definición de sus propias expresiones artísticas y patrimoniales. Luego, el Plan Nacional de Danza 2010–2020 marcó un momento importante al proponer líneas de trabajo en formación, creación, investigación, circulación y gestión.
Más recientemente, el Plan Nacional de Danza 2025–2035 plantea una visión en la que la vida ocupa el centro de la política pública. Allí, la danza se reconoce como un derecho cultural y como una herramienta para cuidar la diversidad, el territorio y la cohesión social. Sin embargo, aún persisten preguntas necesarias: ¿qué tanto están representadas las voces de los territorios?, ¿cómo se escucha a quienes sostienen la danza desde las provincias, los barrios, las veredas, los municipios y los espacios independientes?, ¿cómo lograr que la política pública no sea solo un documento, sino una realidad viva para las comunidades?
La danza desde los territorios bioculturales
Pensar la danza desde los territorios bioculturales implica comprender que ninguna práctica cultural nace en el vacío. La danza se transforma según la relación que cada comunidad establece con su geografía, su historia, sus oficios, sus conflictos y sus formas de habitar el mundo. No se baila igual en una montaña que junto a un río; no se mueve igual un cuerpo atravesado por la fiesta que un cuerpo atravesado por la violencia; no se expresa igual una comunidad campesina, urbana, ancestral, migrante o popular. Cada una construye sus propios gestos, ritmos y sentidos.
Por eso, hablar de danza también es hablar de identidad. Las identidades comunitarias no se construyen de manera abstracta: nacen del vínculo entre los cuerpos, los espacios y las memorias. En ese encuentro surgen formas particulares de sentir, pensar y nombrar la vida. Allí aparece también el sentipensar: esa manera de conocer que no separa la razón de la emoción, ni el pensamiento de la experiencia corporal. La danza, en ese sentido, permite trazar cartografías sensibles de los territorios.
Sentidanzar: una invitación a reconocer la danza como práctica vital
Sentidanzar nace desde ese horizonte. Es una invitación a reconocer la danza como una práctica vital, como un oficio y como un campo profesional profundamente ligado a la vida cotidiana. Es también un llamado a dignificar los procesos dancísticos, a reconocer sus trayectorias y a fortalecer políticas públicas locales que entiendan la particularidad de quienes hacen posible la danza en cada territorio.
Participación ciudadana y financiación cultural
La construcción de políticas públicas culturales no puede quedar únicamente en manos de las instituciones. La cultura necesita ciudadanía activa, comunidades informadas y sectores organizados que participen, pregunten, propongan y hagan seguimiento a las decisiones que afectan sus procesos. Los consejos de cultura territoriales, municipales, distritales y departamentales son espacios fundamentales para que las comunidades puedan incidir en la planeación, ejecución y evaluación de los recursos destinados al sector. Participar en ellos, acompañar a los consejeros y consejeras, asistir a las sesiones y ejercer veeduría sobre las instituciones culturales es también una forma de soberanía cultural. Es una manera de recordar que la cultura no se administra desde arriba, sino que se construye con quienes la viven todos los días.
En los territorios colombianos, una de las principales fuentes de financiación del sector cultural es la estampilla procultura, un tributo destinado a fortalecer el ejercicio de los derechos culturales. Por eso, su uso debe ser transparente, participativo y coherente con las necesidades reales de las comunidades. La rendición de cuentas, la vigilancia ciudadana y la participación informada son condiciones indispensables para que la cultura deje de ser vista como un privilegio y se consolide como un derecho efectivo.
La danza es trabajo: una exigencia de justicia social
A pesar de las deudas históricas con el sector, los agentes culturales han seguido creando, formando, investigando y gestionando. Han sostenido procesos en condiciones muchas veces difíciles, con recursos limitados, con poca estabilidad y con un reconocimiento insuficiente. Aun así, han mantenido vivas prácticas que fortalecen el tejido social y abren caminos de encuentro en los territorios.
Por eso es necesario decirlo con claridad: la danza es trabajo. El arte es trabajo. No se trata de una frase simbólica ni de una consigna vacía. Es una exigencia de justicia social. Los artistas, sabedores y portadores de tradiciones culturales dedican años a formarse, crear, enseñar, investigar y sostener procesos comunitarios. Su labor exige tiempo, conocimiento, disciplina, sensibilidad y compromiso.
Reconocer la danza como trabajo implica garantizar condiciones dignas: contratos justos, acceso a seguridad social, protección en salud, estabilidad para los procesos y derecho a una jubilación digna. También implica valorar la formación artística desde las miradas propias de cada territorio, sin imponer modelos únicos ni desconocer los saberes locales. Dialogar con otros contextos es necesario, pero ese diálogo no debe borrar las raíces, las memorias ni las formas propias de creación.
Santander: un territorio de identidades en movimiento
Santander es un territorio atravesado por múltiples historias. Sus identidades culturales no han surgido de manera lineal ni tranquila, sino en medio de transformaciones profundas: las guerras de independencia, los conflictos del siglo XIX, el conflicto armado colombiano, el estallido social de 2021 y los constantes flujos migratorios que han marcado la región. Todo ello ha dejado huellas en las formas de habitar, celebrar, trabajar, recordar y crear.
El Cañón del Chicamocha, con sus valles, montañas y páramos, así como el río Magdalena y sus dinámicas anfibias, han influido de manera decisiva en las expresiones culturales del territorio. La geografía no es solo paisaje: también moldea los cuerpos, los ritmos, los oficios y las formas de relación comunitaria.
En Santander conviven prácticas como los bailes canta’os, las guabinas, los torbellinos, los merengues campesinos, los bambucos, los pasillos y los matachines, junto con carnavales y festividades tradicionales que han sido transmitidas, transformadas y resignificadas a lo largo del tiempo. Cada una de estas expresiones guarda una memoria del territorio y de las comunidades que la han sostenido.
También hacen parte de este entramado los oficios y saberes que han dado forma a la vida regional: tejedores, tabaqueros, cafeteros, mineros, pescadores, trabajadores de trapiches y comunidades campesinas que han construido identidad desde sus prácticas cotidianas. A ello se suma la presencia de comunidades indígenas como los Embera, Yanacona, Witoto y Sinú, así como la memoria de pueblos como los Guane, Lache, Yariguí, Chitarero y Muisca, cuyos legados siguen presentes en los procesos de hibridación cultural de la región.
Santander es, entonces, un territorio agrícola, cultural, campesino, ancestral y urbano. Un lugar donde distintas memorias conviven, chocan, se mezclan y se transforman. Sus identidades no están quietas: se mueven, como la danza. Se expresan en los cuerpos, en los oficios, en las fiestas, en los duelos, en las plazas, en los escenarios y también en los ecosistemas digitales contemporáneos.
Desde allí, Sentidanzar propone mirar la danza no como un hecho aislado, sino como parte de un tejido biocultural vivo. Un tejido que une memoria, territorio, cuerpo, trabajo y comunidad. Un tejido que recuerda que bailar también es permanecer, resistir, cuidar y volver a imaginar la vida desde el movimiento.



