La industria vitivinícola chilena enfrenta uno de sus mayores desafíos en décadas. Con el consumo mundial de vino en su nivel más bajo en casi 70 años, las bodegas del país sudamericano están implementando estrategias innovadoras que incluyen vinos sin alcohol, experiencias de enoturismo de lujo y una oferta creciente de etiquetas premium para sostener el negocio.
Caída histórica del consumo global de vino
Según la Organización Internacional de la Viña y el Vino (OIV), el consumo global de vino alcanzó en 2025 los 208 millones de hectolitros, la cifra más baja desde 1957. Este dato representa una caída acumulada del 14% desde 2018 y confirma una transformación profunda en los hábitos de consumo que afecta a productores de todo el mundo. Chile no ha sido ajeno a esta tendencia.
La producción de vino en Chile cayó un 10% en 2025, mientras que la superficie cultivada con viñedos se redujo un 27% desde 2019, de acuerdo con cifras del Servicio Agrícola y Ganadero (SAG). A esto se suma un inicio de 2026 complejo para las exportaciones, que registraron una disminución del 9,4% en volumen.
Cambio en las preferencias de los consumidores
El cambio en las preferencias de los consumidores, especialmente entre los jóvenes, aparece como uno de los principales factores detrás de esta transformación. En mercados estratégicos como Estados Unidos, el consumo de vino ha retrocedido significativamente debido a una mayor preocupación por la salud y a la búsqueda de alternativas con menor contenido alcohólico.
Ante este escenario, las principales viñas chilenas han comenzado a diversificar su portafolio. Empresas como Concha y Toro y Santa Rita están impulsando el desarrollo de vinos desalcoholizados o de baja graduación, una categoría que gana espacio en supermercados y canales especializados. Aunque todavía representa una porción reducida del mercado, la demanda de estos productos muestra un crecimiento constante.
En el caso de Concha y Toro, las líneas sin alcohol ya representan más del 10% de sus ventas, triplicando la participación que tenían apenas unos años atrás. Los mercados nórdicos, Canadá e Irlanda se han convertido en algunos de los principales destinos para este tipo de productos.
Auge del enoturismo como estrategia de diversificación
Otra de las apuestas de la industria es el enoturismo. Aprovechando el crecimiento del turismo internacional en Chile, las viñas han transformado sus instalaciones en centros de experiencias que combinan gastronomía, cultura, tecnología y hospitalidad de alto nivel.
El número de viñas abiertas al público pasó de 94 a 219 en la última década, impulsando una actividad que atrae cada vez más visitantes de Brasil, Argentina, Europa y Estados Unidos. Centros especializados como los desarrollados por Concha y Toro y Santa Rita han incrementado sus visitas y se han consolidado como destinos turísticos de referencia en la región.
Premiumización: vinos de alta gama como motor de ingresos
Paralelamente, la industria está apostando por la denominada "premiumización". En lugar de competir por volumen, las compañías buscan aumentar el valor de sus productos mediante vinos de alta gama dirigidos a consumidores dispuestos a pagar más por experiencias exclusivas y etiquetas de prestigio.
En Concha y Toro, por ejemplo, los vinos premium ya representan el 57% de los ingresos por ventas. Algunas etiquetas exclusivas alcanzan precios cercanos a los 200 dólares por botella y forman parte de una estrategia orientada a consumidores de alto poder adquisitivo.
Un futuro con menos volumen y más valor agregado
Con un mercado global cada vez más desafiante, la industria chilena del vino busca reinventarse. Menos dependiente del consumo masivo y más enfocada en experiencias, innovación y productos de valor agregado, el sector intenta preservar su posición como uno de los principales exportadores de vino del mundo en medio de una transformación histórica del mercado.



