Los caminos de Lengerke: la herencia olvidada del alemán que transformó Santander
En los senderos empedrados de Santander aún late el eco de una historia que moldeó la identidad de esta región colombiana. Entre piedras y silencios, se resiste a desaparecer el legado de Geo von Lengerke, el explorador alemán que llegó a Colombia huyendo de un duelo mortal y terminó transformando el comercio y la infraestructura del oriente del país.
El alemán santandereano
Geo von Lengerke llegó a Santander en 1852, protegido por una ley que declaraba: "El que pisa tierra santandereana es santandereano". Este hombre alto, pelirrojo y de ojos azules, con manos de pianista y modales refinados, pronto se convirtió en una figura controvertida y fascinante. Mujeriego empedernido, se le atribuyen cientos de hijos en la región, aunque solo reconoció oficialmente a dos.
Pero su verdadero impacto fue económico y social. Lengerke convenció a otros inmigrantes europeos para que llegaran a Bucaramanga, iniciando lo que algunos llaman el "Sueño Santanderano". Juntos trajeron los primeros bancos al nororiente colombiano, instalaron la electricidad en Bucaramanga (convirtiéndola junto con Bogotá en las únicas ciudades con este servicio), introdujeron el teléfono y abrieron el camino al cine comercial.
La red comercial que cambió Santander
La visión empresarial de Lengerke fue extraordinaria. A través de su Sociedad Lengerke y Compañía, recibió en 1864 las licencias para reconstruir y abrir caminos de utilidad pública en el Estado Soberano de Santander. Estableció un circuito que abarcó gran parte de las tierras entre las cuencas de los ríos Sogamoso y Lebrija.
Sus logros fueron múltiples:
- Introdujo el primer peaje en Latinoamérica entre Los Santos y Jordán
- Construyó el puente colgante de Lengerke sobre el río Suárez
- Desarrolló rutas comerciales que conectaban el Magdalena Medio con el centro del país
- Fundó tabacaleras y llegó a acuñar su propia moneda
- Controló hasta 12.000 hectáreas, tres veces más que Pablo Escobar en la Hacienda Nápoles
Sus fiestas en la Hacienda Montebello eran legendarias, mezclando lujo europeo con negocios y política local. Allí, entre música alemana y ron colombiano, se forjaban alianzas y se cerraban tratos que moldearon el desarrollo regional.
Un recorrido por el abandono
230 años después, recorrer estos caminos es una prueba de resistencia. La ruta de más de 25 kilómetros entre Guane y Zapatoca, con temperaturas que superan los 30 grados y un desnivel negativo de 1.467 metros, pone a prueba incluso a los más preparados.
El terreno pedregoso y resbaladizo, la vegetación espinosa y la ausencia de agua convierten el recorrido en una experiencia extrema. Las bases del puente de Lengerke sobre el río Suárez son lo único que queda de una estructura que alguna vez unió dos mundos: la ingeniería europea y las rutas ancestrales colombianas.
El abandono es evidente: sin mantenimiento, las piedras se cubren de maleza, no hay señalización adecuada y las iniciativas de conservación dependen casi exclusivamente de ciudadanos y organizaciones locales. Solo el tramo entre Barichara y Guane, declarado monumento nacional, se mantiene en buen estado.
Un patrimonio en peligro
Elizabeth Prada, directora de la asociación de turismo de Zapatoca, lo explica claramente: "Realmente los únicos preocupados por la conservación de nuestra historia somos los ciudadanos. El gobierno, de vez en cuando, poda las plantas del camino, pero nada más".
Gilberto Camargo, fundador de la Corporación Rastros de Santander, lleva más de 30 años luchando por la conservación de estos caminos ancestrales. Aunque logró que la Asamblea de Santander emitiera una ordenanza para su protección en 2006, asegura que se necesita más acción y compromiso político para preservar los más de 90.000 kilómetros de caminos ancestrales que tiene Colombia.
El potencial turístico es inmenso. Cientos de turistas extranjeros llegan cada año específicamente para recorrer estas rutas, disfrutar de la naturaleza y conectarse con la historia. Sin embargo, la falta de inversión y planificación mantiene este patrimonio en el olvido.
El ocaso del pionero
La fortuna de Lengerke encontró su fin con la disminución de la demanda de quina, su principal producto de exportación. Aunque no cayó en la miseria absoluta como algunos afirman, sus últimos años los pasó en soledad, acompañado solo por libros desgastados y alcohol.
Murió el 4 de julio de 1882, dejando un legado complejo. En Zapatoca, donde está enterrado en un lugar apartado del cementerio por no ser católico, su nombre sigue evocando tanto admiración como controversia.
Los caminos de Lengerke son más que simples senderos empedrados. Son testigos silenciosos de una época de transformación, de ambición desmedida y de conexiones culturales que moldearon Santander. Hoy, mientras la maleza los reclama y el olvido institucional los condena, su historia sigue esperando a que alguien vuelva a caminarlos con los ojos abiertos al pasado y al futuro.



