Profesora bumanguesa transforma vidas con fundación Colores del Manantial
Profesora bumanguesa transforma vidas con fundación educativa

Una profesora bumanguesa fundó Colores del Manantial para educar y cambiar las vidas de niños en una zona vulnerable. En su rol de madre y profesora, Katherine Arévalo vio la realidad de su barrio y creó una fundación que ya cambió cientos de vidas.

El origen de una misión

Una joven mujer encontró en los ojos de su hijo de tres años la razón para transformar realidades, en un sector donde la pobreza, la violencia y la falta de oportunidades marcan la cotidianidad de muchas familias de Bucaramanga. Katherine Arévalo Flórez, licenciada en Pedagogía Infantil de la Universidad Autónoma de Bucaramanga, nunca imaginó que su proyecto de vida nacería no en las aulas universitarias, sino en las calles polvorientas de su propio barrio, el 12 de Octubre, ubicado en la escarpa occidental de la ciudad.

Katherine Arévalo convirtió una taberna de su barrio en un aula de clase. Con su labor ha ayudado a escolarizar a más de 200 menores vulnerables.

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“Quien me inspiró sin dudarlo fue mi hijo”, cuenta con la voz aún emocionada. La profesora relata que para ese entonces su pequeño entraba en la etapa del juego asociativo, por lo que lo acompañaba a jugar afuera de la casa, a espera de la interacción con otros niños.

Una realidad oculta

Allí, mientras esto ocurría, Katherine empezó a ver una realidad que había tenido “por tantos años en sus narices” y que no había podido ver: niños de 9 y 10 años que no sabían leer ni escribir, que desconocían el sabor de la carne, que jugaban a ser ladrones, consumidores de marihuana o prostitutas, y que ni siquiera conocían su propio nombre completo.

“Fue tan cruel ver que la mayoría no conocía su propio nombre y se identificaban con un alias”, recuerda. Ese primer día de clases, en una sencilla actividad de presentación, la mayoría de los niños no sabía decir su nombre real. Katherine creó un juego de piratas para la búsqueda del tesoro más grande: que los menores descubrieran su propia identidad. Poco a poco, esos mismos niños empezaron a soñar con ser médicos, abogados, profesores o futbolistas, dejando atrás los roles que la calle les había impuesto. Así nació, hace aproximadamente tres años, la Fundación Colores del Manantial.

Una taberna convertida en escuela de sueños

Todo empezó de manera humilde y sin recursos. Katherine quiso usar el salón comunal del barrio, pero nunca se lo prestaron. Sin espacio, el proyecto parecía estancarse. Hasta que visitó a su tío, dueño de una pequeña taberna construida con tablas y láminas de zinc.

Tras la autorización del hombre, el proyecto encontró un lugar, que aunque no es el más óptimo, permite desarrollar las clases. El rancho, por las noches es un punto de encuentro para adultos que buscan distraerse entre trago y baile, pero en las mañanas se transforma en un aula llena de risas, colores y aprendizaje.

Allí, Katherine imparte clases de lectura, escritura, matemática básica, pero también fortalecen valores, descubren talentos, trabajan la espiritualidad y acompañan procesos emocionales. “Entre más pasaban los días, de más historias uno se enteraba. Ya no podía soltar esto”, dice Katherine.

La acogida de la comunidad fue abrumadora. Comenzaron con 50 niños, de los cuales solo 7 estudiaban formalmente. A los dos meses ya eran 100. Hoy, en menos de tres años, la fundación ha acompañado a más de 250 niños, logrando la escolarización y permanencia de más de 200 de ellos.

Actualmente, la fundación avanza en la construcción de su propio espacio dentro de la casa de Katherine. “Llevamos tres años en esta lucha y anhelamos estrenarlo este año”, comparte con ilusión.

Educación como motor de transformación

Katherine descubrió su verdadero propósito en medio de esta labor. Ella soñaba con ser comunicadora social, pero las limitaciones económicas truncaron este anhelo. Sin embargo, su deseo por ser la primera profesional de su familia la llevó a seguir buscando opciones hasta obtener la beca que le permitió formarse como maestra. Durante sus estudios, la crianza de sus dos hijos y su labor en los Colores del Manantial, entendió que su camino era otro: “La educación es la salvación de una sociedad”.

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Cada logro la confirma. Por ejemplo, describe con orgullo que uno de los niños que participaba en las clases y en el proyecto deportivo de la fundación debutó este año en el equipo Real Santander y ya ha jugado en torneos nacionales. Historias como esta llenan de sentido el esfuerzo diario.

Y es que además del componente pedagógico, la fundación trabaja en formación integral: deporte, descubrimiento de talentos, proyectos de vida, y un fuerte componente espiritual. “Les enseñamos que Dios es quien permite cumplir los anhelos más profundos del corazón. Colores del Manantial es una muestra viva de ello”, explica Katherine.

La vocación que la mantiene firme

A pesar de las dificultades como la falta de un espacio propio, los recursos limitados y los desafíos propios de un barrio vulnerable, Katherine sigue adelante impulsada por cuatro pilares claros: la fe en Dios, que siente como su principal respaldo; la valentía propia de las mujeres santandereanas que la impulsa a actuar aunque existan miedos; la pasión y la convicción de que la educación es parte de la solución a tantos problemas sociales; y su compromiso con el trabajo diario y constante, sin descanso. Así, la vocación de la profesora Katherine ha liderado un proyecto con el objetivo de generar oportunidades de desarrollo para decenas de familias. Ya no solo acompaña el desarrollo de su hijo; ahora acompaña el de toda una generación que, gracias a ella, empieza a creer que otro futuro es posible.

En un barrio donde muchos niños solo veían la calle como destino, Colores del Manantial les está pintando nuevos colores: los colores del conocimiento, de los sueños y de la esperanza.

El proyecto Colores del Manantial nació sin recursos y hoy impacta a más de 250 niños en Bucaramanga. La labor de Katherine Arévalo fue exaltada en la ceremonia Mujer Cajasan el año pasado.