Un terremoto que cambió la arquitectura japonesa
El 28 de octubre de 1891, un terremoto de magnitud 8,0 sacudió la llanura de Nobi, al norte de Nagoya, y se sintió desde Tokio hasta Osaka. Conocido como el terremoto de Nobi, dejó aproximadamente 7.300 muertos y destruyó decenas de miles de edificios. Pero lo más impactante fue el patrón de daños: los modernos edificios de ladrillo y mortero construidos por ingenieros europeos se derrumbaron, mientras que los templos y casas tradicionales de madera permanecieron en pie, meciéndose con las sacudidas.
Contexto de la Era Meiji
Japón vivía la Era Meiji, un período de apertura a Occidente tras más de dos siglos de aislamiento. El país adoptó ciencias, ideas y cultura europeas. En arquitectura, la madera noble, las uniones sin clavos y las estructuras flexibles fueron reemplazadas por mampostería, ladrillo, piedra y mortero, imitando catedrales medievales y residencias victorianas. Ministerios, bancos y estaciones de tren dieron un aire londinense o parisino a Tokio y Yokohama.
La lección del terremoto
El terremoto de Nobi demostró que la rigidez de la construcción europea era inadecuada para el suelo japonés, propenso a movimientos horizontales. Los defensores de la construcción tradicional japonesa lo vieron como una victoria: su tradición milenaria resultó técnicamente más adecuada para un país con cerca de dos mil terremotos al año, la mayoría imperceptibles. Sin embargo, no fue una victoria absoluta.
La convivencia de métodos
Ambos métodos constructivos convivieron. El mejor ejemplo es la estación central de Tokio, inaugurada en 1914. Este edificio neobarroco se construyó en ladrillo y acero importado de Inglaterra, pero estaba sostenido por más de diez mil pilones de pino hincados en el suelo para distribuir el peso y absorber vibraciones sísmicas. Occidente en la superficie, Japón en las raíces. La lección perdura: no son los terremotos los que matan, sino los edificios.



