Al noreste de Beirut, unas personas trabajan en una bandera libanesa de 70 metros cuadrados, elaborada con 10.452 tapones de botella. Foto: EFE - WAEL HAMZEH
Líbano consolidó su importancia en el siglo XIX, cuando el comercio convirtió a Beirut en la puerta del Mediterráneo oriental. La prosperidad favoreció el movimiento de personas y floreció una cultura diversa, cosmopolita y moderna, centro del renacimiento de las letras árabes. Su destino cambió tras la Primera Guerra Mundial. Líbano quedó bajo el mandato francés de la Sociedad de Naciones, y se estableció el sistema que hoy define el poder en términos sectarios, destinado a lidiar con la pluralidad: el presidente debe ser cristiano maronita; el primer ministro, musulmán suní, y el presidente del Parlamento, musulmán chií.
Independencia y divisiones institucionalizadas
Con la independencia (1943), las divisiones se institucionalizaron y se conformó una sociedad en disputa por definir lo nacional. Para algunos, Líbano había de ser un Estado árabe multicultural; para otros, un Estado europeo oriental o una nación de minorías. A ello se añadió una profunda vulnerabilidad frente a los cambios geopolíticos, que no tardaron en llegar: la creación de Israel, junto a las guerras de 1967 y 1973, provocaron la llegada de 100.000 refugiados de la Nakba e iniciaron la cadena de shocks demográficos que marcarían la historia libanesa, a menudo interpretados como un juego de suma cero por el control de la demografía nacional.
Esta complejidad explotó a finales de los años 60, cuando la crisis económica puso fin a la estabilidad. Mientras la violencia crecía, un esclerótico sistema controlado durante décadas por las mismas élites aumentaba la polarización. En 1975, la masacre de treinta palestinos en Ain el-Rummaneh dio lugar a una guerra civil de quince años que dejaría 120.000 muertos y cerca de un millón de desplazados.
Guerra civil y actores múltiples
Las facciones enfrentadas fueron múltiples y complejas. El Frente Libanés defendía la supremacía maronita y contó con el apoyo israelí; el Movimiento Nacional Libanés se alió con la OLP y las milicias drusas, y el bloque chií, integrado por Amal y Hezbolá, que contó con el respaldo sirio e iraní. Paralelamente, Siria e Israel ocuparon distintas zonas del país.
La guerra civil terminó en 1990. Los acuerdos posteriores consolidaron una nueva realidad que redujo el dominio maronita y reforzó el poder musulmán. El tutelaje sirio establecido hasta 2005, junto a la ocupación israelí del sur, formalizó un hecho: Líbano perdió su independencia de facto durante quince años.
Hezbolá y el Estado paralelo
Hezbolá nació en 1982 con el objetivo de expulsar a Israel de Líbano y combatir la influencia estadounidense. La presencia de Arafat había impulsado un problema hoy vigente: la existencia de un subestado en el sur paralelo al gobierno central. Israel respondió invadiendo la región y expulsó a la OLP, dejando a sus espaldas el vacío de poder que ocuparía Hezbolá. Y, aunque los acuerdos de posguerra contemplaban su desarme, conservó sus armas bajo el argumento de enfrentar a Israel. Cuando este abandonó Líbano en el 2000, Hassan Nasrallah se consolidaba como el líder de la comunidad chií, actuando en el sur como un auténtico Estado paralelo, proveedor de servicios sociales.
Pese al tutelaje sirio, Líbano consiguió la reconstrucción: Rafik Hariri impulsó una prosperidad que convirtió a Beirut en un hub regional. Su asesinato en 2005 desencadenó la revolución que puso fin a la ocupación siria, pero abrió una nueva etapa de inestabilidad. Un año después, los ataques de Hezbolá desencadenaron una guerra con Israel; una presión que habría de añadirse en 2011 a la provocada por la llegada de un millón de refugiados de la guerra civil siria.
Colapso económico y explosión de Beirut
Líbano alcanzó un punto crítico con el colapso financiero de 2019. La moneda perdió su valor, el sistema bancario se hundió y el país sufrió una de las peores depresiones económicas registradas desde mediados del siglo XIX, según el Banco Mundial. En agosto de 2020, la explosión del puerto de Beirut, causada por años de negligencia institucional, simbolizó el derrumbe del Estado libanés.
La fragmentación absoluta amenazaba ya al país cuando la guerra de Gaza volvió a convertir el sur en un frente activo. Los intercambios entre Israel y Hezbolá causaron cientos de muertos y el asesinato de Hassan Nasrallah, considerado el hombre más poderoso del país. Además, la caída del régimen de al-Asad (2024) debilitó el corredor que conectaba a Hezbolá con Irán, alterando de nuevo el equilibrio regional. En este contexto, el Gobierno parece dividirse en torno a la cuestión de confiar a Israel el debilitamiento de la milicia chií.
Líbano en el tablero regional
La guerra entre Estados Unidos e Irán ha vuelto a convertir a Líbano en la pieza débil del tablero regional. Israel ha vuelto a atacar el sur, desplazando a un quinto de la población libanesa; y, aunque se firmó un acuerdo respaldado por Estados Unidos que restauraba la soberanía libanesa, la frágil tregua pende de un hilo en el terreno. Hoy, Líbano vive atrapado entre dos fuerzas. Por un lado, el Estado busca recuperar el monopolio de la fuerza, reducir la influencia de Hezbolá y contener la intervención externa. Por otro, Hezbolá mantiene su alianza con Irán y el denominado Eje de la Resistencia, defendiendo la confrontación armada con Israel.
Pocos países reflejan con tanta claridad la superposición de los conflictos que han definido Oriente Próximo: rivalidades regionales, enfrentamientos religiosos, intervenciones extranjeras, crisis de refugiados y la constante tensión entre el Estado y los actores armados desafiantes. Su sociedad continúa dividida por un complejo mosaico confesional que vertebra la política: una mayoría de musulmanes, divididos entre sunitas y chiitas, un tercio de cristianos y una gran comunidad de drusos. Una cuarta parte de su población son refugiados, la mayor concentración del mundo, y económicamente atraviesa una crisis de magnitud histórica. La historia del Líbano dibuja una nación atravesada por dos ejes: uno interno, anclado en profundas divisiones sectarias; uno externo, producto de la exposición a las fuerzas geopolíticas regionales. Su futuro depende de retos que otrora fueron básicos: reconstruir la fuerza del Estado, promover la prosperidad, imponerse a las divisiones internas y escapar de una geopolítica que ha decidido su destino desde fuera.



