En su obra El Periódico de la Democracia, Javier Cercas relata cómo El País se enfrentó a los golpistas del 23 de febrero de 1981. Fue el diario de Vargas Llosa, García Márquez, Savater, Umbral y Cebrián. Nació de la lucha contra el franquismo y sobrevivió gracias a su apuesta por la democracia. Fue construido más por los periodistas que por sus dueños, y su redacción siguió un camino sinuoso, orquestado por escritores extraviados que hicieron del periódico un intelectual colectivo. Poco después de su creación, El País ya era el órgano de prensa más influyente, mejor hecho y más vendido de España, y no faltaba quien lo calificara de poder fáctico. Umbral llegó a llamarlo superstición nacional: Consagra políticos, hombres públicos, pintores. El País podría probar a promocionar un tonto, y lo consagraría.
Historias paralelas
Los grandes periódicos tienen historias similares. El Espectador nació el 22 de marzo de 1887 de la mano de Fidel Cano Gutiérrez, como un periódico político, literario, noticioso e industrial. De alguna manera, El País fue al franquismo lo que El Espectador fue a la conservadora Constitución de 1886 —una Carta Política confesional que había restablecido la pena de muerte y restringido derechos—. El artículo 42 de esa Constitución dictaba que la prensa era libre en tiempo de paz, pero responsable cuando atentara contra la honra, el orden social o la tranquilidad pública. Tres meses después de su lanzamiento, el gobierno de Rafael Núñez clausuró El Espectador por considerarlo subversivo. En otra ocasión, un artículo criticó la fastuosidad de la Iglesia, y el obispo de Medellín declaró pecado mortal leer El Espectador, lo que alejó a muchos lectores por miedo. En total, el periódico fue suspendido seis veces por el gobierno, y Fidel Cano fue a prisión en varias ocasiones.
El legado de los Cano
A la muerte de Fidel Cano, su hijo Luis Cano fundó y dirigió la edición de Bogotá desde 1915. El periódico se trasladó a la capital y, con los años, llegó su reconocimiento internacional. En los años noventa, el diario francés Le Monde lo incluyó entre los diez periódicos más influyentes del mundo, junto a gigantes como The New York Times. En Colombia también tuvimos un intelectual colectivo. El País se convirtió en leyenda cronista a cronista, periodista a periodista, ladrillo a ladrillo. El Espectador, en cambio, siguió un camino más cruento: el 17 de diciembre de 1986, dos sicarios de Pablo Escobar asesinaron a Guillermo Cano Isaza cuando salía de las instalaciones del periódico. La arremetida continuó: en marzo de 1989 asesinaron al abogado de la familia, Héctor Giraldo Gálvez; el 2 de septiembre de 1989, un camión cargado de dinamita estalló frente a la sede del periódico en Bogotá, causando pérdidas millonarias; un mes después mataron a dos de sus gerentes en Medellín, ciudad donde Escobar había prohibido la circulación del diario. El Espectador siguió saliendo. Esa terquedad —seguir imprimiendo bajo las bombas— es quizás el momento más alto de su historia.
El precio de la libertad
El Espectador es el sobreviviente de la censura del siglo XIX, la cárcel de su fundador, la condena de un obispo, el exilio de sus periodistas, el asesinato de su director y las bombas de un capo. Si El Espectador llegó a ser un poder fáctico, como su homólogo español, fue a costa de sacrificios manchados de lágrimas y sangre. ¿Podría El Espectador consagrar a un tonto? Quizás hace unos años habría podido hacer el experimento. Sin embargo, hoy en día, tanto El País como El Espectador, o cualquier otro periódico, han perdido aquel poder que los hacía guardianes de la democracia. Richard Rorty escribió que el éxito de un libro es a menudo el resultado de la conjunción azarosa entre las obsesiones privadas de un escritor y las necesidades públicas de una sociedad. Eso le ocurrió a El País, eso mismo pasó con El Espectador durante el siglo XX. Pero los periódicos viven de la reflexión. Cuando ha acabado la batalla, los periódicos cuentan las bajas, investigan por qué una estrategia perdió y la otra se alzó con la victoria, sacuden el polvo del campo y rezan una oración por los muertos. En un mundo hiperconectado, eso parece no tener sentido. Cuando se termina una batalla, a las pocas horas ya ha comenzado otra. Las redes sociales están inundadas de un flujo incesante de titulares, capturas y videos de segundos. Los hechos están continuamente desnudos, sin nadie que les quite el polvo y rece por ellos antes de su muerte inminente.
El nuevo rol del periodismo
Desde hace unas semanas, Colombia ha estado rodeada de jaguares, palomas y tigres, en medio de unas elecciones cuyo contenido es efímero y siempre urgente. Un día, la noticia es una entrevista que salió mal; al otro, una petición inaudible y un saludo ignorado; se transmiten chismes como si fueran verdades y rumores como si fueran editoriales. Las propuestas son un teléfono roto en forma de cadena de WhatsApp, y las emociones cambian día a día, cambiando asimismo nuestras preferencias. Nunca antes habíamos estado tan saturados y desorientados informativamente. Entonces, la función de los periódicos de la democracia ya no es dar la noticia primero, sino darle un sentido a lo que ocurre, separar lo importante de lo ruidoso y entregarle al lector las herramientas para entender el mundo, en lugar de asustarse de él. Es quedarse en el campo de batalla para rendirle homenaje a los muertos y, sobre todo, vivir en constante tensión, entre escudos caídos y espadas clavadas al suelo, pues, como bien dijo Javier Cercas, los periódicos solo son periódicos de veras si viven en tensión permanente, reinventándose de continuo, creando un nuevo diario a diario. Los jaguares, las palomas y los tigres seguirán apareciendo y desapareciendo de nuestras pantallas a la velocidad del scroll. Esa es la naturaleza del ruido. La del periodismo es la contraria: quedarse cuando todos se han ido, recoger lo que quedó en el suelo y tomarse el tiempo impopular, lento, necesario de contarlo bien.



