En un aeropuerto, una larga fila de viajeros avanzaba lentamente hacia las cabinas de inmigración. Al final, un joven con atuendo deportivo y el dibujo de un guardameta en su suéter esperaba su turno. Su mirada, llena de asombro, parecía la de un niño de doce años.
El encuentro con el funcionario
Cuando llegó su turno, el burócrata de inmigración, con gesto incrédulo y burlón, le preguntó su nacionalidad. El joven respondió: "Soy futbolausiano". Ante la consulta sobre el nombre de su país, dijo: "Futbolaus". El funcionario gritó que ese país no existía y activó una alarma. Unos guardias rodearon al joven.
El joven, con calma, pidió al funcionario que consultara la información en su computador. El funcionario, con escepticismo, accedió. Al teclear, su rostro cambió de color y la sorpresa se reflejó en sus ojos.
La realidad de Futbolaus
En la pantalla apareció la descripción de Futbolaus: un país verde de forma rectangular, con 120 metros de largo por 90 de ancho. Su censo oficial registra 23 habitantes: 22 oriundos y un árbitro extranjero. Cuenta con una población flotante de jugadores sustitutos, jueces de línea, técnicos, médicos e hinchas. Su sistema es democrático, su gobierno es de equipo, su moneda es el balón, y fue descubierto el 23 de octubre de 1863.
El funcionario, tembloroso, selló el pasaporte del joven y le dio la bienvenida. El joven avanzó por un corredor, abrió unas puertas pesadas y salió al aire libre.
Este relato, escrito por Jairo Aníbal Niño, propone una reflexión sobre la identidad, el sentido de pertenencia y cómo un país puede contarse desde la literatura, utilizando el fútbol como metáfora.



