¿Dónde pisan los expresidentes?
La pregunta sobre dónde se ubican los expresidentes en las elecciones actuales resuena con frecuencia. Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe son los que más interrogantes generan, pues por caminos distintos definen el cierre de sus carreras políticas.
El dilema de Juan Manuel Santos
Santos enfrenta un escenario complejo. ¿A cuál de los tres candidatos más viables podría apoyar? ¿A Iván Cepeda, Abelardo de la Espriella o Paloma Valencia? Lo más obvio sería pensar que respalda a Cepeda, dado que este trabajó activamente en las negociaciones de paz con las Farc. Sin embargo, la realidad es distinta.
Al expresidente se le ha atribuido una fama oscura: su proceso de paz habría sido el germen del cuatrienio de Gustavo Petro. Además, se habla de un petrosantismo, una supuesta alianza entre santistas y el gobierno actual, que Santos niega. Este relato complica su legado y lo aleja de Cepeda, a quien culpa de abandonar la implementación de los acuerdos y de respaldar la fallida paz total.
Santos tampoco puede apoyar a Abelardo, quien lo ha atacado con epítetos como ‘tartufo’ y lo ha amenazado con revelar documentos sobre Odebrecht que lo involucrarían como el ‘Colombian Officer Number 3’. Así, la opción más viable es Paloma Valencia, hermana de su antiguo aliado Enrique Santos, aunque irónicamente Santos y Uribe son rivales.
La encrucijada de Álvaro Uribe
Uribe, por su parte, organizó hábilmente su movimiento. Inicialmente, descartó a Abelardo y a otros precandidatos, y eligió a Paloma Valencia. Pero Abelardo tomó ventaja y dividió al partido. La rivalidad entre ambos se ha tornado agria, y las heridas se han profundizado con la intervención de los hijos de Uribe.
Hoy, Uribe respalda firmemente a Paloma, pero Abelardo libra una batalla que, de ganarle a ella, también significaría una derrota para el expresidente. Esto era impensable viniendo de un pupilo suyo. La pregunta es: ¿cómo quedó Uribe atrapado entre sus propios candidatos?
¿El fin de un ciclo?
La respuesta a dónde pisan los expresidentes lleva a un epílogo: podríamos estar asistiendo al final de un ciclo político de 25 años en Colombia. La partida de Germán Vargas Lleras, a quien la autora despide conmovida, refuerza esta sensación de cierre.



