La doble amenaza a la democracia colombiana: partidos sin ideología vs ideologías sin límites
Doble amenaza a la democracia: partidos sin ideología vs ideologías sin límites

La doble amenaza a la democracia colombiana: partidos sin ideología versus ideologías sin límites

Las listas electorales para elegir el próximo Congreso de la República revelan con claridad un fenómeno que ya se venía insinuando durante el período legislativo que está por concluir: la consolidación de dos formas profundamente degradadas de hacer política partidista en Colombia. Por un lado, encontramos partidos sobreideologizados; por el otro, partidos completamente desideologizados. Esta dicotomía representa un desafío fundamental para la salud democrática del país.

Los extremos ideológicos: Pacto Histórico y Centro Democrático

En el primer grupo pueden ubicarse claramente el Pacto Histórico y el Centro Democrático, formaciones políticas que han logrado construir identidades partidistas y marcos ideológicos sólidos y definidos. Sin embargo, con frecuencia estos marcos ideológicos se presentan en versiones extremistas y excluyentes, generando polarización en el debate público nacional.

Estos partidos sobreideologizados no solamente tienden a considerar su doctrina moral y política como la única legítima, sino que aspiran activamente a incorporarla en la Constitución Política. En este escenario preocupante, la frontera entre programa de gobierno y orden constitucional se diluye peligrosamente; cuando estas fuerzas logran conformar mayorías legislativas, buscan reformar la Carta Magna para constitucionalizar su proyecto ideológico particular.

El problema fundamental no es la ideología en sí misma, sino su absolutización dogmática. Cuando una fuerza política identifica su proyecto partidista con la verdad moral absoluta y pretende elevar su programa coyuntural a norma constitucional permanente, se tensionan gravemente los pilares fundamentales del constitucionalismo y del republicanismo, que descansan precisamente en la limitación del poder estatal, la alternancia pacífica en el gobierno y el respeto al pluralismo político.

Los partidos desideologizados: cacicazgo y clientelismo

En el extremo opuesto del espectro político encontramos los partidos desideologizados, donde predominan abiertamente el cacicazgo regional, el clientelismo electoral y el nepotismo familiar. Estas formaciones funcionan esencialmente como microempresas electorales con escasa o nula cohesión programática, mostrando un pragmatismo burdo orientado exclusivamente a intereses económicos particulares y conveniencias burocráticas inmediatas.

Esta lógica política deslegitima profundamente el debate público institucional y agudiza la crisis de representación democrática que afecta al país. Los partidos desideologizados probablemente continuarán desempeñando el pírrico papel que han jugado hasta ahora: actuar como fuerzas de bisagra legislativa, apoyando o bloqueando proyectos de ley no en función del bien común nacional, sino de sus conveniencias burocráticas y clientelistas particulares.

Paradójicamente, este tipo de partidos no suele representar, por sí mismo, una amenaza directa e inmediata para la estabilidad institucional del Estado. Sin embargo, su pragmatismo extremo los hace notablemente adaptables y funcionales a fenómenos políticos peligrosos como el populismo demagógico y el personalismo autoritario, que tienden a erosionar gradual pero sostenidamente las bases de las democracias representativas.

El desafío del nuevo Congreso

El próximo Congreso colombiano parece que estará atravesado inevitablemente por esta doble tensión estructural: entre un pragmatismo sin ideas programáticas y una ideología sin límites constitucionales. La salud futura de la democracia colombiana dependerá críticamente de que ninguna de estas dos tendencias extremas termine por imponerse de manera excluyente sobre la otra.

Porque una democracia sólida y resiliente no se construye ni sobre el vacío programático absoluto ni sobre la verdad única dogmática, sino sobre reglas institucionales claras, principios republicanos compartidos y valores democráticos fundamentales que obligan por igual a todos los actores políticos, incluso -y, especialmente- a las mayorías circunstanciales. Cualquiera de las dos opciones extremas no solamente empobrece la calidad de la política nacional: debilita, además, el pacto social fundamental que nos permite convivir civilizadamente en el desacuerdo democrático.

El reto para Colombia será navegar entre estos dos polos peligrosos, recuperando un espacio político intermedio donde las ideas programáticas convivan con el pragmatismo responsable, donde la convicción ideológica respete los límites constitucionales, y donde el debate democrático florezca lejos tanto del clientelismo oportunista como del fundamentalismo político.