La memoria económica: el voto silencioso que define el futuro de Colombia
Memoria económica: el voto silencioso que define a Colombia

La memoria económica: el voto silencioso que define el futuro de Colombia

Estamos inmersos en un año electoral en Colombia, donde el ruido político domina los debates públicos. Sin embargo, surge una pregunta fundamental que casi no aparece en las discusiones: ¿cuántos colombianos estamos votando con memoria económica? Nuestra nación no comenzó ayer; su trayectoria económica es una cadena de decisiones estratégicas que explican profundamente lo que somos hoy.

Decisiones históricas que moldearon el país

La creación del Banco de la República en 1923 no fue simplemente un trámite técnico burocrático. Fue una respuesta contundente a crisis monetarias recurrentes que exigían estabilidad financiera urgente. Posteriormente, la industrialización de mediados del siglo XX respondió a una visión concreta y ambiciosa de desarrollo nacional. Y la apertura económica de los años noventa transformó radicalmente nuestra estructura productiva, obligándonos a competir en un mercado global cada vez más exigente.

Entre 1970 y 1998, Colombia mantuvo un crecimiento económico promedio superior al 4% anual, una cifra notable. Sin embargo, después llegaron períodos de desaceleración preocupante, choques externos imprevistos y crisis fiscales recurrentes. En 2020, el Producto Interno Bruto (PIB) colombiano cayó aproximadamente un 7%, registrando la contracción más profunda en décadas. La recuperación posterior no fue automática ni mágica: exigió disciplina fiscal rigurosa, coordinación monetaria precisa y decisiones difíciles que evitaron un daño económico aún mayor.

La cruda realidad de cifras que exigen responsabilidad

Actualmente, Colombia sigue siendo una de las economías más desiguales de toda América Latina. El coeficiente de Gini, que mide la desigualdad de ingresos, ronda preocupantemente el 0,54. La pobreza monetaria supera el 30% de la población. La informalidad laboral está por encima del 55% en muchas ciudades principales del país. Estas no son simples estadísticas; son cifras que claman por responsabilidad política y económica.

Preocupa profundamente que el desconocimiento generalizado de nuestra historia económica nos lleve a celebrar decisiones populistas sin analizar sus consecuencias reales. Aplaudir incrementos elevados del salario mínimo puede parecer un acto de justicia social -y la dignidad del trabajo ciertamente lo es-, pero sin productividad que lo respalde y sin fortalecimiento empresarial genuino, el efecto puede ser completamente contrario: más informalidad laboral, menos empleo formal y mayor presión sobre pequeñas empresas que ya operan al límite de su capacidad.

La economía responde a incentivos, no a aplausos

En los últimos años, el déficit fiscal colombiano ha superado consistentemente el 6% del PIB, mientras la inversión privada ha caído frente a promedios históricos cercanos al 20%. Cuando la inversión se debilita, el empleo formal inmediatamente se resiente. Cuando el gasto público crece sin sostenibilidad fiscal, las generaciones jóvenes terminan pagando la cuenta con su futuro económico. Aproximadamente el 25% de la población colombiana es joven; ellos definirán el rumbo del país durante las próximas décadas.

Sin embargo, el entusiasmo electoral momentáneo no puede reemplazar la comprensión económica básica:

  • Qué es realmente la inflación y cómo nos afecta
  • Cómo funciona el déficit fiscal y por qué importa
  • Por qué la seguridad jurídica es fundamental para la inversión
  • Qué relación existe entre productividad y salarios reales

La brújula técnica y moral de la historia económica

La historia económica no es nostalgia académica inútil; es una brújula técnica y también moral. En un año electoral, no solo elegimos personas o partidos políticos. Elegimos la manera en que queremos crecer como nación, distribuir la riqueza de manera justa y sostener el desarrollo a largo plazo. Elegimos si valoramos genuinamente la preparación técnica, el rigor analítico y la capacidad de gobernar con conocimiento profundo.

He observado en los territorios -en aulas universitarias, en regiones que luchan por oportunidades reales y en espacios donde una segunda oportunidad cambia destinos completos- que el desarrollo económico no es un simple discurso político. Es una decisión colectiva que se sostiene en el tiempo mediante políticas coherentes. Y esas decisiones comienzan por entender honestamente de dónde venimos como sociedad.

Colombia no necesita más entusiasmo sin fundamento económico. Necesita memoria histórica, carácter institucional y liderazgo preparado técnicamente. Porque el futuro económico no se improvisa en discursos; se construye pacientemente con conocimiento, planificación y responsabilidad intergeneracional.