Dice Abelardo de la Espriella que “la ética no tiene nada que ver con el derecho”. Lo dijo antes y lo sostuvo hace pocos días en una entrevista para televisión. Su argumento –además de “hay que ser abogado, como yo, para entenderlo”– repite una y otra vez que mientras el derecho es un conjunto de normas que rigen la vida civil, la ética es un grupo de creencias particulares.
Y sí, pero no. De la Espriella se refiere a lo que en filosofía se llama positivismo jurídico: la ley debe cumplirse porque es ley y no porque sea buena o mala. Un pensamiento bastante obsoleto –la fuerza bruta como regente– y controvertido por muchas otras posiciones, incluida la del sentido común. Pero para mantener la discusión en términos filosóficos, voy a referirme al iusnaturalismo, que plantea, en esencia, lo opuesto: el derecho necesita de la ética porque defiende la justicia y la verdad; es decir, las leyes parten de la razón.
Entre los defensores del iusnaturalismo están Kant, Aquino y Locke. Entre los positivistas, Hans Kelsen y otros señores que tuve que googlear para esta columna: Norberto Bobbio, Joseph Raz y H. L. A. Hart. La discusión podría zanjarse de forma salomónica: son corrientes contrarias y válidas desde sus perspectivas, pero, de nuevo, no. Un pensamiento positivista permite aberraciones como el Tercer Reich en Alemania, donde la ley misma segregaba y perseguía judíos; o el Apartheid en Sudáfrica, en el que deshumanizaban a los negros violando cualquier lógica de justicia universal.
Cuando los nazis fueron citados a los tribunales de Núremberg por sus crímenes, el positivismo resultó tan peligroso que fue imposible condenarlos: ellos, simplemente siguieron la ley al pie de la letra. Para poder encontrarlos culpables, fue necesario acudir a la Fórmula de Radbruch –creada por Gustav Radbruch en 1946–: si la norma es insoportablemente injusta, va en detrimento de la verdad y de la vida, no debe obedecerse.
En resumen, decir algo cierto no es lo mismo que acertar. Hablar de derecho sin ética, es no entender que la justicia es un pilar estructural de cualquier sociedad. Defender a David Murcia o a Jorge Pretelt, a Rocío Arias o a los Nule, escudándose en que las leyes no tienen que ver con valores universales, es un fracaso del pensamiento.



