Opinión. Siento, observo y escucho agotamiento. El eco de mis amigos es el cansancio. Y no hablo de cualquier tipo de personas. Me refiero a seres valientes y generosos que trabajan por este país desde distintas geografías. Son asesores activos de las campañas presidenciales de este año en Colombia. No coinciden entre ellos: trabajan en distintas campañas. Piensan distinto, defienden visiones opuestas, pero viven inmersos en la tensión de un país incapaz de reconciliarse consigo mismo. Sin embargo, coinciden en algo esencial: son buenos seres humanos y poseen nobleza de intención. Y todos, sin excepción, están hartos. ¡Hartos del odio!
Una sociedad mediática vulgar y agresiva
Vivimos en una sociedad mediática cada vez más vulgar, agresiva y mentirosa. Una sociedad vergonzosa en demasiados momentos. Y eso drena la energía, satura la paciencia, debilita la fuerza y —peor aún— desencanta el sueño. Celebrar, fortalecer y humanizar el significado de las personas serias que intervienen en política es un deber justo. Y si no somos sensibles a lo correcto —algo que cada vez parece más escaso—, por lo menos deberíamos tener la malicia suficiente para entender que ignorarlas y destruirlas también pone en riesgo los intereses del egoísta. Así como en la vida no todo lo legal es justo, en la sociedad no todo aquello que no me conmueve deja de afectarme.
El cansancio de quienes aún creen en el país
Nadie puede huir de las circunstancias. Diagnosticar este cansancio en mis amigos me preocupa profundamente. La resiliencia tiene límites y no siempre somos capaces de reconocer el impacto de los demás en uno y de uno en los demás. Entre campañas, entre redes sociales, entre medios, en la propia sociedad, se está haciendo daño. Heridas profundas. Y los hilos invisibles que nos unen y resisten son tan fuertes o tan débiles como nuestra capacidad de seguir siendo humanos. No somos conscientes de nuestra fragilidad social y democrática.
Colombia carga una información genética compleja: una mezcla de heridas históricas, desconfianzas, violencias heredadas y desigualdades persistentes. Pero si quienes todavía están dispuestos a asumir estos roles visibles terminan agotados y claudican, lo que empieza a escucharse en la balanza es: “¡Basta. Que se joda Colombia!”, entonces el desenlace es simple. Nos igualemos por debajo: Colombia se jode.
La necesidad de encontrar sentido
Quiero recordarles a mis amigos que vivir sin sentido es vivir en vacío. Quiero entregar oxígeno a sus sueños y resistencia a sus músculos. No acepto ese destino. Y este ‘Conversatio’ quiere ser también una reacción colectiva frente al desencanto.
Arthur C. Brooks, el reconocido científico y profesor de Harvard, autor de From Strength to Strength, acaba de lanzar una nueva obra: The Meaning of Your Life. Necesito compartir la esperanza que aparece en sus estudios. Brooks explica que la felicidad es la suma de tres elementos: disfrutar, satisfacción y sentido. Los dos primeros pueden adquirirse. El tercero no. Y justamente allí sitúa una de las grandes crisis contemporáneas. El sentido —dice— nace de la coherencia, del propósito y del significado. “En otras palabras, entender el porqué de la vida requiere preguntarse por qué las cosas suceden de la manera en que suceden alrededor de uno, por qué uno hace lo que hace y por qué la vida propia resulta relevante”.
Un llamado a la resistencia y la esperanza
Menciono los conceptos de Brooks porque quiero recordarles a mis amigos que vivir sin sentido es vivir en vacío. Quiero entregar oxígeno a sus sueños y resistencia a sus músculos. Quiero que quienes viven cómodos los vean, los valoren y los abracen antes de que el cansancio termine expulsando a los mejores.
Termino con una frase de Nazareth Castellanos, neurocientífica, en El puente donde habitan las mariposas: “No sé si todo el mundo tiene la capacidad de ser valiente para mirarse hacia dentro. Hay quien se muere con los deberes sin hacer. El tiempo no coloca todo en su sitio. Lo colocan las intenciones y las decisiones que hayamos tomado”.
Que “¡Colombia se joda!” termina jodiendo también a quien todavía siente ese llamado de país. Aunque duele, es mejor vivir con sentido. ¿El resto?...



