Hay un síntoma silencioso en esta campaña presidencial que revela más sobre Colombia que cualquier encuesta. Me refiero a la coreografía con la que los candidatos evitan, condicionan o aceptan los espacios de debate. Uno se niega bajo el argumento de que el debate se ha contaminado con la “cultura del espectáculo”. Otro condiciona su participación a debatir solo con quienes considera su verdadera competencia. Un tercero anuncia que no asistirá si el primero no asiste. La ciudadanía asiste, mientras tanto, a una negociación previa al diálogo que nunca llega.
El equívoco entre polémica y deliberación
El síntoma revela un equívoco profundo: hemos confundido la polémica con la deliberación. Y son dos órdenes del lenguaje distintos, casi opuestos. Habermas sostuvo que la legitimidad democrática no proviene del voto, sino de los procesos comunicativos que lo preceden. La democracia no se mide por la cantidad de opiniones que circulan, sino por la disposición de cada hablante a someter sus pretensiones al examen de los otros, a dejarse persuadir, a transformar la propia posición en el acto de escuchar. A esa estructura la llamó acción comunicativa, y la distinguió de la acción estratégica, donde el otro no es interlocutor, sino obstáculo a vencer.
La política colombiana de esta hora opera casi exclusivamente en el segundo registro. El debate no se evita por desinterés; se evita porque el cálculo electoral juzga que exponerse tiene un costo que no compensa. La pregunta del candidato no es “¿cómo confronto mis ideas?”, sino “¿qué gano al aparecer?”. El cálculo desplaza al pensamiento.
Sociedad de la información versus diálogo
Byung-Chul Han diría que ya no habitamos una sociedad del diálogo, sino una sociedad de la información. El diálogo exige lentitud, demora, riesgo de cambiar de opinión. La información, en cambio, fluye sin fricción, no obliga a habitarla. El candidato no debate, simplemente emite. Y emite calculando el rebote, no la verdad.
Hay aquí algo más grave que una falla de campaña. Hay una pedagogía silenciosa hacia el país. Cada vez que una figura pública rehúye la confrontación argumentativa, le enseña a la ciudadanía que el otro distinto es prescindible. Esa pedagogía se filtra en conversaciones familiares evitadas, en grupos silenciados, en amistades que se enfrían.
La parresía como antídoto
Los griegos tenían una palabra para nombrar lo que falta: parresía. Decir la verdad sabiendo que cuesta. Foucault la rescató para mostrar que la democracia no se sostiene solo con instituciones, sino con sujetos —especialmente gobernantes— dispuestos a exponerse. Sin parresía queda la administración del riesgo. Y esa administración produce candidatos sin centro, que se mueven mejor en la sombra del cálculo que en la luz incómoda del examen.
Quedan dos semanas para la primera vuelta. El país no necesita más declaraciones; más bien, necesita escenas en las que las propuestas se rocen, se contradigan y se corrijan en público. La pregunta no es solo cuál candidato preferimos, sino qué tipo de palabra pública queremos volver a habitar como país.



