Se acerca el fin de este gobierno, y ojalá el fin de su rasgo distintivo: la incoherencia. Este no es exclusivo de un sistema u otro. No depende del tipo de gobierno sino del gobernante. Hay líderes coherentes de derecha, como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y de izquierda, como François Mitterrand y Pepe Mujica. En Colombia, la incoherencia no es única del presidente, también lo es de la oposición.
Los temores sobre la perpetuación en el poder
Muchos temíamos, con razón, que Petro haría de todo para perpetuarse en el poder, y es probable que sin los contrapesos del Congreso, de las cortes, de la prensa y de la ciudadanía así hubiera sucedido. Pero muchas de esas mismas personas aplaudieron cuando eso lo hizo Álvaro Uribe, y hasta cuando lo intentó repetir por segunda vez. ¿Si lo hacen unos es bueno, pero si lo hacen otros es malo? Ahí está la incoherencia.
Un posible fin de la incoherencia
Aun así, es posible que este rasgo del cuatrienio esté llegando a su recta final. Porque uno podrá estar de acuerdo o no con las tesis de Abelardo de la Espriella, de Paloma Valencia o de Iván Cepeda, pero sospecho que el gobierno de cualquiera de ellos será, al menos, coherente con su filosofía y pensamiento político. En cambio, el gobierno de Gustavo Petro ha sido todo lo contrario.
Las contradicciones diarias del presidente
Porque una cosa es lo que el presidente dice, promete o proclama. Y otra muy diferente es lo que hace, gestiona o tolera. Sus contradicciones son diarias. Como líder de Colombia Humana, Petro prometió que la manera de hacer política en su gobierno iba a cambiar, pero lleva cuatro años sembrando odio y polarización. El presidente se presentó como un defensor de la mujer, pero la misoginia de su retórica es alarmante, y su apoyo incondicional a quienes han maltratado a mujeres es indignante, empezando con su ministro del Interior, Armando Benedetti.
Promesas incumplidas y fracasos
Petro anuncia que Colombia es la potencia de la vida, pero llevamos más de 44 masacres en solo este año, y el fracaso de su Paz Total se ha medido en la sangre de un pueblo indefenso. El presidente juró que iba a luchar contra la corrupción, pero esta ronda a su hijo, a su hermano, a su exesposa, y a tantos de sus funcionarios que es difícil contarlos. Petro se proclama un demócrata, pero ataca la independencia del Banco de la República, califica a opositores de asesinos, defiende la dictadura homicida e indefendible de Venezuela, interfiere en los asuntos de otros Estados, utiliza símbolos de violencia en sus manifestaciones, e insiste en fomentar divisiones en vez de buscar la reconciliación nacional, como lo haría un demócrata.
Explicaciones de las contradicciones
Estas contradicciones se explican en parte por la personalidad de Petro: errática, pendenciera e impulsiva. Pero también se explican por algo que se ha sentido desde el comienzo de su mandato: que Petro parece secuestrado, forzado a actuar de cierta manera por gente que puede hablar y divulgar secretos indeseables, que sabe cosas engorrosas de su vida privada, de sus finanzas personales, y de sus gastos y acuerdos en campaña. Petro parece rehén de su pasado, y el país ha pagado el precio del chantaje.
El triste legado
Los actos son más elocuentes que las palabras. Si alguien dice una cosa pero hace otra, no es confiable. Y eso siempre es grave. Pero cuando lo hace un presidente es peor, porque el país queda a la deriva, dando bandazos de incoherencia. Y ese es el triste legado de Gustavo Petro.



