La cooperación internacional no siempre cruza fronteras, pero a veces mejora la vida de las comunidades sin necesidad de atravesar una jurisdicción. Desde hace 10 años, la Agencia Presidencial de Cooperación Internacional de Colombia (APC Colombia) ha implementado un modelo que utiliza el conocimiento y las buenas prácticas como motor principal para cambiar la realidad de las comunidades en el país. Sin embargo, ha sido en este último cuatrienio donde se están recogiendo los frutos cosechados en el pasado. Se trata de Colombia enseña a Colombia: una estrategia impulsada por la Agencia, articulada al Sistema Nacional de Cooperación Internacional de Colombia (SNCIC). Esta modalidad de cooperación reconoce los conocimientos que una población en un extremo del país puede ofrecer a otra para abordar algunos de los problemas más graves que enfrentan, como la pobreza, la gobernanza, la búsqueda de justicia o la construcción de paz. El modelo lleva recorriendo trochas y municipios del país por una década y ha demostrado que el conocimiento, la resiliencia y el know-how de algunas poblaciones puede ser utilizado en otros lugares para resolver problemas.
Intercambios que transforman territorios
En esta fórmula hay toda una baraja de soluciones: entre 2024 y 2025, se realizaron 11 intercambios de conocimientos Colombia enseña a Colombia, que contaron con la participación de 422 personas provenientes de 102 municipios del país. En el mediano plazo, la estrategia busca inocular la idea de que el cambio en sus territorios es posible. Así ha sucedido, por ejemplo, con la formación de líderes ambientales, la sustitución de cultivos de uso ilícito, las iniciativas de memoria o la historia de cómo Bogotá, pionero en el Sistema Distrital de Cuidado, enseñó a otros tres departamentos cómo lograr una política pública que dignifique esta labor no remunerada por parte de las mujeres.
En 2024, APC Colombia, en articulación con la cooperación de la GIZ, coordinó a las instituciones del Estado para que 40 líderes juveniles de Meta, Caquetá y Norte de Santander conocieran de primera mano cómo otros jóvenes del país han enfrentado las secuelas del conflicto. El encuentro, además de concluir con la formación de toda una cohorte de nuevos liderazgos, les permitió a estas personas volver a sus territorios y replicar las buenas prácticas para construir paz y proteger el medio ambiente.
Testimonios de cambio: de la coca al cacao
Ruth se prometió nunca más volver a cultivar una planta de coca. Durante media década sobrevivió labrándola en su vereda de La Victoria, zona rural de Sardinata, Norte de Santander. Pero luego de un encuentro organizado por APC Colombia decidió que había otras alternativas que no condujeran a alimentar el conflicto armado ni a poner en riesgo su integridad. Antes lo había intentado todo: cerdos, gallinas... pero los precios eran tan bajos que tenía que escoger entre alimentar a su familia o a las aves.
Después de un encuentro en San Vicente de Chucurí (Santander), organizado por la APC Colombia, la Dirección de Sustitución de Cultivos de Uso Ilícito y la Oficina de la ONU contra las Drogas y el Delito, su perspectiva cambió. Al evento asistieron antiguos cultivadores de coca de toda Colombia que le enseñaron que este cultivo no era la única opción. Campesinos de Valdivia (Antioquia), Tumaco (Nariño) y Santa Rosa (Bolívar), además de jornaleros de Catatumbo, compartieron cómo pasaron de ser campesinos en municipios donde abundaba la producción de coca a convertir el territorio en un laboratorio de sustitución de cultivos, transformando las ganancias de 1.500 familias en réditos obtenidos con aguacate y maíz.
Ruth volvió a su territorio, conversó con la plataforma campesina del corregimiento y, junto a su esposo, se propusieron hacer todo lo posible para nunca volver a depender de esta economía ni a ver a los grupos armados que llegaban a su hogar buscando comprarla. Hoy su finca es un territorio 100 % libre de coca y esa decisión, motivada en aquel encuentro, ha generado un efecto dominó: las demás parcelas a la redonda también han sustituido ese cultivo por café, cacao, aguacate o plátano. La fórmula quedó así: sin coca, no hay grupos armados que merodeen por el corregimiento buscando materias primas y sin ellos, se vive una paz que "no habíamos experimentado en años", comenta Ruth.
Cooperando por la memoria y la reconstrucción social
La cooperación ha llegado a otros espacios que, si bien no atienden necesidades fundamentales como el hambre o la pobreza, también ayuda a reconstruir un tejido social desgarrado por la violencia a través de procesos de memoria de la mano con las comunidades. Ese es el caso de Juan Frío, el corregimiento a orillas del río Táchira, en la frontera con Venezuela, donde las autodefensas de Salvatore Mancuso sembraron el terror y utilizaron un viejo trapiche de caña como horno crematorio para incinerar los cuerpos de cerca de 100 personas desaparecidas.
Ruth Cótamo, una de las lideresas de Juan Frío, hace hincapié en que la memoria y la reconstrucción del tejido social es clave para una comunidad que vivió tantos hechos dolorosos. Sin ese apoyo de APC Colombia, la memoria quedaría congelada en el tiempo y sus habitantes, anclados a ese pasado. "Es bello saber que después de tantos años estamos dándole la memoria que el miedo le arrebató a Juan Frío. Nos permite pensar en futuros distintos alejados de lo que pasó", comenta Ruth, quien también ha aprendido a liderar la comunidad gracias a Colombia enseña a Colombia.
Las iniciativas de APC Colombia que respaldan la memoria han llegado también a otros parajes del país que tuvieron un pasado turbulento, como Siloé, un suburbio de Cali que estuvo inmerso por décadas en la delincuencia y que gracias a estos procesos de memoria, hoy es un epicentro de turismo y narrativas donde los jóvenes, en lugar de nutrir las filas de las pandillas, se convierten en líderes comunales que le apuestan al desarrollo de la comuna.
Memoria y futuro en el Caquetá
Las apuestas de memoria como parte de la transformación social no se quedan únicamente en las ciudades. APC Colombia lideró un encuentro en Florencia, Caquetá, en el que les mostró a familias que hay un futuro después del desplazamiento, a través de otras experiencias y en articulación con el Centro Nacional de Memoria Histórica. Allí participaron personas provenientes de los municipios de El Zulia, Tibú y Villa del Rosario, Norte de Santander y San Martín, del departamento del Meta.
La articulación, más que suministrar mínimos básicos como servicios públicos o un medio de sustento, ha permitido que sus mismos integrantes, que representan cerca de nueve familias, hayan construido una cartografía donde se muestra el territorio, las especies nativas y la historia del inmenso predio. Diana Marcela Arias, una de las mujeres restituidas que asistió al encuentro organizado por APC Colombia en Florencia, comenta que es gracias a esta cooperación que tiene nuevamente un proyecto de vida. Tras décadas de reclamos judiciales y luchas para reconstruir la memoria, ahora tiene un propósito claro para fortalecer el arraigo a su tierra y lograr que las otras familias de El Zulia trabajen por el desarrollo comunitario.
Luego del evento, la mujer, que duró casi media vida esperando volver a su tierra, regresó a El Zulia lista para implementar un proyecto que lideresas de otros departamentos le contaron: un negocio de turismo rural. En menos de un año, comenta Diana, el proyecto estará listo para funcionar y, además de resignificar un predio que tuvo un pasado de desplazamiento, se generará empleo y reconstruirá el tejido social que causó el exilio hace 26 años. "Los encuentros de saberes nos mostraron que esta tierra y su gente tienen mucho más para dar. La voluntad y los conocimientos serán claves ahora para dejar esa historia atrás", subraya Diana.
El corazón de la estrategia: intercambio de saberes
El corazón de la estrategia está en cómo se comparten los saberes y en las brechas que busca cerrar. En Colombia, muchas demandas de cooperación desde los territorios pueden ser resueltas con experiencia y capacidad local. En ese contexto, el intercambio de conocimientos aparece como una vía más ágil para responder a necesidades locales sin depender exclusivamente de recursos externos.
El proceso parte de la articulación de la Agencia Presidencial con un cooperante, una entidad nacional y la identificación de buenas prácticas en los territorios. A partir de ahí, se identifican actores interesados en replicar esta buena práctica en sus contextos, desde la identificación de sus problemáticas y en búsqueda de transformarlas con lo aprendido. Luego se organiza el intercambio —con actores, tiempos y metodologías definidas— y se desarrolla en tres momentos: apertura, seguimiento y cierre. Más que recibir información, los participantes comparten aprendizajes, construyen soluciones colectivas y tejen redes que superan barreras territoriales.
Lo aprendido se sistematiza para replicarlo en otros lugares y cada comunidad lo ajusta antes de implementarlo. Así, experiencias exitosas pueden trasladarse entre regiones con realidades distintas. El seguimiento permite medir resultados y hacer ajustes, en un ciclo que promueve el aprendizaje mutuo, fortalece la integración territorial y aporta al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, acercando al país a un desarrollo más equitativo y sostenible.
Para Alexandra Palencia Garnica, directora de APC Colombia, Colombia enseña a Colombia es una estrategia que, a la par que atiende necesidades, puede generar cambios significativos en la vida de las personas que participan en los encuentros. "Detrás de cada proyecto hay personas que resisten, crean y sueñan. La cooperación avanza y hoy nos exige, más que nunca, conectar con los territorios", comenta Palencia. En cuestión de años, las mismas comunidades que se beneficiaron serán motores de desarrollo en sus municipios, pero también los principales maestros para que el conocimiento se siga traduciendo en crecimiento, bienestar y paz.



