La democracia se debilita cuando el periodismo es atacado
Democracia se debilita al atacar periodismo

La democracia comienza a deteriorarse cuando preguntar se vuelve peligroso, cuando informar genera miedo y cuando quienes ejercen el poder, ya sea político, económico o armado, consideran al periodismo un enemigo en lugar de una garantía democrática.

En las últimas semanas, Colombia ha sido testigo de señales preocupantes desde diversos frentes: amenazas de grupos armados ilegales contra medios y organizaciones sociales, el asesinato del joven periodista Mateo Pérez Rueda, ataques machistas contra mujeres periodistas por parte de un candidato presidencial, controversias entre medios de comunicación con señalamientos cruzados y lenguaje estigmatizante, cuestionamientos sobre el equilibrio informativo y tensiones en torno al derecho de réplica y rectificación. Además, los medios públicos han sido utilizados para difundir un discurso hostil que afecta a contradictores políticos, y en las redes sociales se amplifica el hostigamiento cada vez más agresivo contra quienes investigan, cuestionan o contradicen narrativas de poder. Las mujeres periodistas continúan enfrentando formas específicas de violencia que buscan desacreditarlas o expulsarlas de la conversación pública, lo que profundiza desigualdades históricas.

Esta estigmatización y violencia contra el periodismo fueron recogidas por la Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos en su último informe anual.

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Si bien el origen de estos ataques es diferente, el resultado puede llegar a ser el mismo: se deterioran las condiciones para el ejercicio libre del periodismo y se debilita la posibilidad de sostener un debate público democrático y plural. Estos hechos también pueden derivar en autocensura cuando los periodistas se preguntan si vale la pena investigar, denunciar o exponer aquello que incomoda. Cuando el miedo condiciona lo que puede decirse o investigarse, pierde toda la sociedad.

La libertad de prensa no es un privilegio de periodistas o medios de comunicación, sino un derecho de toda la sociedad, porque las democracias se debilitan sin información libre, sin preguntas incómodas y sin garantías para disentir.

Tres reflexiones para proteger la libertad de expresión

Primero, debemos recordar que las palabras tienen consecuencias, particularmente cuando provienen de personas con liderazgo político o amplia capacidad de influencia pública. Quienes conducen el Estado o aspiran a hacerlo tienen la obligación de contribuir a un ambiente democrático basado en el respeto y en la protección de las libertades fundamentales. La crítica hace parte de la democracia; la descalificación violenta y la misoginia no.

Segundo, aunque armas y libertad son antónimos, los grupos armados, que tanto repiten que tienen voluntad de paz, deben cumplir el derecho humanitario y no afectar el ejercicio de la prensa libre, si quieren que sus reclamos de paz sean creíbles.

Tercero, inclusive los mismos medios de comunicación, públicos y privados, tienen un deber de autorregulación, para evitar que las diferencias sobre líneas editoriales se conviertan en punto de partida para acusaciones o difamación, así como abrirse a la rectificación o al matiz de afirmaciones cuando estas puedan resultar controversiales.

El país necesita un compromiso ético y democrático más amplio alrededor del respeto a la prensa y a la libertad de expresión. Ese compromiso involucra a quienes participan en política, a las instituciones, a los liderazgos, a las plataformas digitales y también a la ciudadanía.

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