Justo en el punto exacto donde estoy de pie, a casi medio metro bajo tierra, está el cuerpo de un desaparecido en el marco del conflicto armado. Es imposible no pensar lo que pudo haber pasado aquí hace 24 años, cuando, durante la guerra por el control de la Sierra Nevada, intentaron ocultar por siempre a esta persona. Saber que arrebataron su derecho a una sepultura honorable. Que enterrarlo fue apenas la costura final de una serie de crímenes previos. Que dejaron una familia con una duda que pudo ser perpetua. Y que este, aun con la violencia que evoca, es solo un expediente, de más de 130.000 registrados, que este país de sádica y cíclica barbarie está pendiente por resolver.
La zona es selvática. A un par de horas de camino hacia el sur está el pico de la Sierra. Los pájaros se responden unos a otros. Suenan riachuelos en varias direcciones. Grillos y mosquitos acompañan cada segundo del día. Los árboles permanecen en vívido verde, entrelazados unos a otros en este ambiente de bosque seco tropical, donde una gran raíz de un árbol mediano, la cual apenas se asoma al borde de la tierra, sostiene el hallazgo forense de caer a un pequeño acantilado.
Un poblador de la zona, quien acompaña física y moralmente a un equipo de la Unidad de Búsqueda de Personas Dadas por Desaparecidas (UBPD), usa la pala para exponer el interior de un perímetro previamente delimitado con cinta violeta y palos de madera, y así dar con el hallazgo. Estamos en una especie de escondite natural, en una finca particular de la zona rural de Gachaneque, Santa Marta. Clank, clank, clank. El poblador saca, una y otra vez, tierra. Ya desenterró 25 centímetros de suelo en esta fosa.
Un hallazgo que revela la historia
“¡Hay un lazo! Esto no tiene por qué estar aquí!”, dice Paula Katherine González, antropóloga forense y dirigente de la excavación. Bajo nosotros estaba una cuerda, de esas con las que los pobladores amarran chinchorros. Está toda embarrada de tierra húmeda. En experiencia forense, es pista determinante, pues entre las prácticas de desaparición más documentadas está el desmembramiento de cuerpos, que luego son arrastrados con este tipo de material a las fosas previamente cavadas. Este parece ser el caso. La pala se reemplaza por escobillas, cuya misión es raspar todo alrededor de esa soga. Lo que está por descubrirse es sorprendente, pero no se entenderá sin saber por qué estamos aquí.
El contexto de la guerra entre Castaño y Giraldo
“Estamos sacando los muertos de cuando hubo la guerra entre los Castaño y los Giraldo”, nos dice un poblador íntimo del dueño de la finca donde estamos. No lo puedo identificar, ni mucho menos sacarle fotos, porque este lugar, dos décadas después, sigue siendo zona de disputa. La guerra entre los Castaño y los Giraldo... dicho así, parece un contrasentido. Pero en los comienzos de los 2.000 ambas facciones paramilitares se masacraron unas a otra por el control de la Sierra Nevada, sus rutas de narcotráfico y las economías ilícitas asociadas.
Hernán Giraldo era “el señor de la Sierra”, como se lo conoció. Pero la expansión de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), lideradas por Carlos Castaño, generó tensiones porque este último buscaba centralizar el mando paramilitar, y absorber las estructuras regionales bajo un solo proyecto político y militar. Giraldo se negó. Y no tuvieron de otra que mandar a sus hombres a matarse, día y noche, y todo lo que ello significa. Reclutar. Amenazar. Enviar mensajes de horror, cercenando los cuerpos enemigos.
La guerra llegó a este corregimiento donde nos ubicamos, nutrido kilómetros de indígenas de varias etnias como la Awa, Wiwa o Kankuama, y campesinos que retornaron de un crudo desplazamiento que data de 2002. “Esa guerra fue brava. Eso fueron 45 días de asesinatos y candela. Eso había tiros de fusil, de pistola. Dañaron todos los alambres. Los muertos los enterraron aquí en la finca sin permiso de nadie”, agrega el poblador. Uno de esos muertos espera por ser rescatado.
La ruta al hallazgo
Nos acompaña Luz Janeth Forero, directora de la Unidad de Búsqueda. Junto a ella, una decena de investigadores forenses, con tareas particulares. Unos, como Paula Katherine González, hacen el preciso trabajo manual de excavar y distinguir, con las escobillas, cada centímetro del perímetro dispuesto en estas coordenadas. “Tenemos una fuente muy oficial que participó de las hostilidades, que aún está inclusive en prisión, y que a través del trabajo que viene haciendo desde hace varios meses con la Unidad, a través de rutas específicas de aporte, nos entregó la posible ubicación”, nos dijo Forero.
De la fuente no podemos revelar detalles adicionales, pues la Unidad de Búsqueda se creó con la garantía de, en palabras técnicas, ser una entidad de carácter extrajudicial. Dicho de otro modo, aquí a nadie van a investigar, ni mucho menos juzgar, por su ayuda. Ello garantiza que aportantes de verdad entreguen ubicaciones de cuerpos, en secreto, sin esperar nada a cambio y con la tranquilidad de que nada adicional les pasará. Al final, termina siendo un ejercicio de buena fe.
Pero de nada sirve tener las pistas en el bolsillo, si la zona es inaccesible. Por ello, la Unidad gestionó durante las últimas semanas un corredor humanitario para poder llegar a este punto desde la capital Santa Marta, que está a dos horas: una caminando, otra en carretera. Desde un principio sabíamos que los caminos que nos trajeron a aquí son los mismos que transitan los armados del Clan del Golfo, del Eln, de las disidencias de las Farc o de otras bandas, dependiendo de la variación del control territorial. La misión es riesgosa. Tanto que se nos recomienda usar prendas de colores neutros. No traer insignias de medios de comunicación. No hablar, en lo posible, con pobladores. Y entender que la guerra pasada que estamos escarbando está centímetros bajo tierra del conflicto presente.
El proceso de exhumación
“Encontramos un laso, a una profundidad aproximada de unos 25 cm. No tendría por qué estar ahí. Debajo hay una estructura ósea. Un hueso aparentemente largo, todavía no se podría definir cuál. Tampoco a este momento podemos decir es humano”, esas fueron las palabras de la forense González a eso de las 9 de la mañana. Pronto, se encierra en su perímetro y se hace dueña del trabajo de su equipo. Usa guantes de látex azules. Un overol blanco que le cubre todo el cuerpo. Se recoge el cabello en varias colas, para soportar el calor. No solo la temperatura ambiente, sino también el sofoco de estar cada vez más dentro de la tierra, ejecutando un trabajo físico de alta precisión. Suda, y mucho. Su posición, guardadas proporciones, recuerda a la de un niño sentado con las piernas enfrente, atrincherado, con sus juguetes.
La técnica de descubrimiento es, a todas luces, impactante para quien no sabe de estos procesos. González raspa en todas direcciones alrededor del hallazgo, hasta cuando la tierra la dice “no más”. Y se lo dice directamente a los ojos cuando esta, con sus colores característicos, se muestra uniforme. Los investigadores forenses están en capacidad de distinguir cuando la tierra ha sido alterada en algún punto de la historia. Y así, a la redonda, ella sabe hasta donde tiene que cavar. Al final de cuentas, se hace un cerco de aproximadamente metro y medio por metro y medio, teniendo certeza de que no habrá más nada después de ello.
A eso de las 10 de la mañana, la cuerda nos conduce a un pantalón verde. Medias. Dos botas de caucho. Prendas militares. El hallazgo toma, por primera vez, contorno humano, y esa imagen potente es, al tiempo, un primerísimo primer plano de los horrores que soporta esta sociedad. “Sobre las prendas militares, no podríamos afirmar que efectivamente expliquen que esta persona pertenecía a un grupo armado. Es una persona, definitivamente. Pero las prendas militares efectivamente sí coinciden con las que se utilizaban con los grupos armados acá”, concluye González.
Tenemos un cuerpo a la vista. O bueno, la parte inferior de este. En este punto empiezan a surgir diferentes hipótesis, entre ellas una, a todas luces, sórdida: este combatiente fue desaparecido y, momentos antes, descuartizado. Otro tipo de disposiciones muestran a víctimas tal como se lo encontraría en un sepulcro, de pies a cabeza. Algunos cuerpos corren con algo de suerte y están envueltos en hamacas. En este caso, todo lo que encontremos será en dirección profunda, con la agravante de que el suelo es tan húmedo que debilitó las estructuras óseas a un punto de extremo riesgo. La manipulación debe ser delicada o el hallazgo puede quebrarse.
Este trabajo le toma cinco horas a González. Y le toma tanto porque nada de esto tiene sentido, sino se ubica en el centro de las prioridades la dignidad de la persona a encontrar. Ya fue suficiente con los días de máxima tensión que vivió durante la guerra, las múltiples causas de muerte en medio de un contexto de máxima carnicería paramilitar y, al parecer, el intento por borrarlo del presente y futuro, ocultándolo junto a un árbol del que solo tienen memoria pocos, y cada vez menos.
La importancia de la identificación
A la final, siempre está la expectativa porque una madre, un hijo, un hermano o un amante, entre otros, reclame los hallazgos, estos hallazgos, como un conjunto. Como el ser que fue en el pasado, cuya posible vinculación a un grupo armado en nada le resta su derecho a ser encontrado y debidamente sepultado. En este punto, me cuesta no sentir compasión por la humanidad de este sujeto desaparecido, ante la cantidad de violencia que reúne su historia particular, incluida la que probablemente ejerció y ejercieron en su contra, y que yacía oculta justo en este punto del país. Hasta hoy.
“Disponer de nuestros muertos es lo que nos hace humanos. Somos los únicos seres capaces de hacerlo y eso, en verdad, es lo que nos diferencia. Este es un cuerpo más encontrado y, por ende, una posibilidad más de que la familia cierre este capítulo”, concluye González, destacando la filosofía de su cargo y de la función pública que cumple al país. Al cierre de la expedición humanitaria, los restos son embalados en una bolsa blanca protectora. Cada hueso, prenda y anexos físicos serán estudiados en el Centro Integral de Abordaje Forense e Identificación en Santander, donde se estudiará su historia genética, para luego ser comparada con la de buscadores. Si esta historia tiene un cierre adicional, en los próximos meses, o años, se celebrará una ceremonia de entrega a favor de una familia. Para entonces, aquello que no tenía nombre, tendrá nombre. Y habrá un desaparecido menos que soportar.



