Ha transcurrido un año desde que se anunció al mundo la elección del nuevo papa, León XIV, un hecho que evidenció la preferencia de la mayoría de los cardenales por continuar un movimiento interno hacia una Iglesia más amplia, centrada en el pluralismo más que en el dogmatismo. Es decir, la confirmación de una intención de actualizar el lenguaje eclesial.
La herencia de Francisco y la identidad propia de León XIV
Es posible que en esta decisión pesara la herencia de Francisco, quien adelantó un pontificado de gestos humildes, diálogo abierto y posiciones políticas con un peso histórico tan contundente que su sucesor podría seguir al pie de la letra sus actos e ideas. Sin embargo, León XIV ha reinterpretado a Francisco, adquiriendo una identidad propia y manteniendo la línea de esta nueva Iglesia con un pontificado menos emocional y más estructurado, menos apasionado y más medido en su vehemencia.
León XIV ha entendido que la Iglesia no puede sobrevivir en el aislamiento que caracterizó su actuación hasta Juan Pablo II, y que debía mantener abiertas las puertas que abrió Francisco. Comprendió que era necesario ampliar el compás de los preceptos y fortalecer la doble vía en el diálogo de la Iglesia con sus feligreses.
Pluralidad y tolerancia como ejes del pontificado
La pluralidad y la tolerancia, por ejemplo, han encontrado en León XIV un protagonista sorprendente, pues ha sido capaz de expresar con sus palabras y su ejemplo que el Espíritu Santo habita también en las conciencias discrepantes. Durante este primer año, el Papa ha evitado las condenas frontales a quienes piensan distinto dentro del rebaño y, en su lugar, ha privilegiado el diálogo paciente, la exhortación respetuosa y la invitación a caminar juntos aun sin pleno acuerdo.
León XIV ha mirado con ojos serenos los cambios en la familia, las reconfiguraciones sociales y las demandas de igualdad que emergen desde todas partes. Sin aspavientos y con firmeza, ha recordado que la misión de la Iglesia no es juzgar al mundo, sino ofrecerle un sentido dentro del marco de la libertad.
Un liderazgo mesurado frente a las presiones
El primer año de su pontificado nos muestra a un papa que sabe que pasar del dogmatismo monolítico a una pastoral de las mediaciones implica resistir las presiones tanto de los conservadores como de los progresistas impacientes. Quizás esta dualidad le ha dado un ritmo pausado, pero una dirección clara hacia una Iglesia que mira hacia todos los tiempos, pero que debe poner los pies en el siglo XXI.
Cuando León XIV señala una “paz desarmada y desarmante”, no solo desafía a los críticos de su papado, sino también a quienes creen que la fe debe dictar recetas únicas para problemas diversos. Con su estilo mesurado y prudente, está reconstruyendo la autoridad papal sobre bases menos piramidales y más sinodales. Y eso es, en el fondo, fortalecer el ecumenismo y democratizar la palabra.
Tradición y apertura: el equilibrio de León XIV
León XIV está reinterpretando la tradición como una nueva fortaleza para la Iglesia, al recuperar ciertos símbolos ceremoniales con los que quiere afirmar que la belleza del rito puede convivir con la apertura mental, que lo viejo y lo nuevo no se excluyen cuando la meta está clara en el horizonte. Por eso, su pontificado, aunque comienza a tomar una identidad propia, no niega ni repite banalmente a su antecesor, sino que toma de su fuente una idea audaz de dirección y la lleva a nuevas interpretaciones de la misión eclesial.
Al cumplirse este primer año, queda claro que la Iglesia de León XIV está en proceso de aprender un nuevo idioma: el de la pluralidad no forzada, de la tolerancia razonada, de la apertura sin ingenuidad. No todo está resuelto, ni mucho menos, pero el compás se ha ensanchado, y eso permite respirar a millones de católicos que se sentían ahogados entre castigos y silencios.



