Negar la crisis de seguridad en Colombia: un error que cuesta vidas
Negar la crisis de seguridad en Colombia: un error fatal

Negar es hoy la forma más peligrosa de gobernar. El peor atentado en décadas contra la población en Cauca, con 21 muertos, confirma cómo el país retrocedió en seguridad de forma alarmante. En apenas un fin de semana, más de veinte ataques coordinados demuestran que no se trata de hechos aislados, sino de una ofensiva sistemática, sin una respuesta seria y contundente. En otrora, el presidente estaría dirigiendo esfuerzos desde esa región, visitando, coordinando, actuando y transmitiendo confianza. Por el contrario, lo que sorprende no es solo la violencia, sino la persistente negación como política y como refugio ante la incapacidad.

La negación como política de gobierno

Negar la crisis de seguridad o relativizarla no la contiene: la expande. Mientras las disidencias y grupos criminales arrebatan el control territorial, condición fundamental para la gobernabilidad y el ejercicio institucional, el país asiste a una narrativa oficial que oscila entre explicaciones ideológicas y culpables externos. La realidad es que el orden público está seriamente deteriorado y que el miedo regresó a regiones enteras.

Es una desconexión con la realidad del país que no es menor. Cuando un gobierno no reconoce la dimensión del problema, automáticamente se incapacita para resolverlo. Mientras tanto, el problema crece y escala a una crisis. Frente a los problemas se requiere coraje y resolución rápida. La negación paraliza la toma de decisiones, diluye responsabilidades y posterga acciones urgentes. Es, en términos de gestión pública, una omisión de las funciones.

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El mismo patrón en otros frentes

Lo mismo ocurre en otros frentes críticos. En salud, la crisis del sistema no desaparece interviniendo las EPS, pues no solucionan de fondo el desfinanciamiento estructural del sector, sumado al desabastecimiento de medicamentos. En economía, los signos de desaceleración no se corrigen negando los indicadores. Y en finanzas públicas, el déficit no se reduce con narrativa o atacando al Banco de la República. Porque mientras el gobierno niega, la violencia avanza, la economía se resiente y las instituciones se debilitan.

En todos estos sectores, el patrón es el mismo: negar el problema para evitar el costo político de reconocerlo, porque nunca asumen el costo económico e ignoran el costo humanitario por las vidas que se pierden ante esa omisión. Infortunadamente, ese costo siempre llega y suele ser muy grave. Académicos, reconocidos empresarios y analistas con experticia técnica en lo público coinciden y han advertido, con matices distintos pero con claras coincidencias, que Colombia atraviesa un grave momento de deterioro institucional y de pérdida de control territorial, que incluso amenaza la vigencia del sistema democrático.

Consecuencias de la negación

Duele pero hay que reconocerlo: la respuesta es insuficiente y la seguridad está deteriorada por la ventaja estratégica que ganaron los grupos ilegales, ante el maltrato, debilitamiento y politización a la que han llevado a la Fuerza Pública, así como la narrativa del gobierno que evade responsabilidades en lugar de asumirlas. El caso puntual de Valle y Cauca es aún más contundente: la población describe un escenario de caos y abandono. La conclusión es demoledora: cuando el Estado duda, vacila y culpa, el crimen avanza, gana terreno y se empodera.

La negación además tiene un efecto corrosivo sobre la democracia. Engaña a la opinión pública, distorsiona el debate y debilita aún más la confianza en las instituciones. Un gobierno que no reconoce los hechos pierde credibilidad y, sin credibilidad, pierde capacidad de gobernar. Peor aún: la negación erosiona el principio básico de la responsabilidad política. Gobernar implica responder por lo bueno y por lo malo.

Urgencia de liderazgos reales

Este complejo balance confirma que, en este momento histórico, el país definitivamente urge y necesita de sus mejores liderazgos, quienes detenten el conocimiento técnico, el mérito y el esfuerzo, no a quienes culpan a los demás de su propia mediocridad. Los líderes que requiere Colombia deben estar orientados hacia la decisión y la acción, a resolver con firmeza, a estar presentes, con un profundo sentido del bien común, con fe y reciedumbre de carácter. Es la única opción contra tanta indolencia y omisión.

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