A media hora del casco urbano de Barrancabermeja, Santander, se encuentra El Llanito, un corregimiento pequeño pero abrazado por una ciénaga de 1.375 hectáreas de humedal. Allí habitan decenas de peces, garzas, patos, babillas y varios ejemplares del manatí antillano o del Caribe, un mamífero que puede medir tres metros y medio, como un cocodrilo, y pesar 500 kilogramos, como un oso pardo.
El antillano actúa como un "jardinero natural". Gracias a su consumo masivo de plantas acuáticas, regula el crecimiento de la vegetación, mantiene los cuerpos de agua despejados y, a través de sus heces, les devuelve nutrientes vitales a las ciénagas, los caños y los ríos, funcionando como un indicador de salud del ecosistema.
A nivel mundial existen tres especies principales y dos de ellas habitan en Colombia: el manatí antillano y el manatí amazónico. El primero es el ejemplar más grande del país y suele asentarse en los ríos Sinú, Atrato y Magdalena, en humedales asociados como la ciénaga de Betancí, en Córdoba; la de Zapatosa, en Cesar; y la de El Llanito, en Barrancabermeja.
"Tienen una cría cada tres a cinco años y suelen ser animales solitarios que solo se agrupan para la crianza o el apareamiento", explica Dalila Caicedo, bióloga marina y directora de la fundación ambiental Omacha. Aunque en 2012 se calculó la presencia de 400 ejemplares en el país, Caicedo afirma que ese número es impreciso porque se han hecho mediciones de todo tipo, pero ninguna es exacta gracias a la turbidez de su ecosistema.
El origen de los Guardianes del Manatí
En 2019, la ciénaga de El Llanito vio morir al primero de los antillanos. La variación en el nivel del agua hizo que el animal se "encallara" y la tragedia generó tanta indignación que la misma comunidad se volcó a protegerlos. "El colectivo Guardianes del Manatí nace con la muerte del primer manatí encallado por la variación en la dinámica hídrica. Luego de la construcción de la represa Hidrosogamoso, la ciénaga está muy sedimentada", afirma Yelisa Potes, fundadora de la organización.
"La represa también recibe agua del río Sogamoso. Al generarse esa producción, los niveles de la ciénaga se vienen a pique porque no sueltan agua, sino que la retienen para su proceso industrial, pese a que el manatí necesita tener profundidad", añadió Potes.
Bajo este panorama, la comunidad se reunió de inmediato en el salón comunal del corregimiento. Allí conversaron alrededor de soluciones viables y, por iniciativa propia, un grupo de pescadores decidió que haría seguimiento y monitoreo de la especie.
La labor diaria de los guardianes
Desde ese momento se convirtieron en Guardianes y recorren la ciénaga los lunes, miércoles y viernes, con mayor frecuencia en épocas de verano o cuando el nivel de agua disminuye. A través de un grupo de WhatsApp acuerdan quiénes saldrán a pescar para que en un mismo recorrido se aseguren de que los manatíes tienen alimento suficiente y que no están bajo peligro.
"Cuando el nivel de la ciénaga es muy crítico, establecemos un cronograma para llevarles alimento. Sabemos que debemos tener la cantidad suficiente de rollos de pasto buchón, pasto alemán o canutillo para distribuirlos en las zonas", explica Yelisa.
El colectivo se encarga de dejar alimento apto para la especie en 24 puntos del complejo cenagoso de Barrancabermeja: 18 en el caño San Silvestre, cuatro en la ciénaga El Llanito y dos en el caño El Deseo.
Esto les ha servido para monitorear empíricamente por dónde transita el antillano y así identificar patrones en su comportamiento: "Cuando baja el nivel, algunos alcanzan a salir y se van al caño, que es la parte más profunda". "Hemos estado aprendiendo con el paso del tiempo. Él mismo (el manatí) nos va dando ese conocimiento para entender la dinámica", narra la fundadora.
Frente al trabajo de la organización, la bióloga marina asegura que, a pesar del empirismo y las condiciones complejas, el impacto para la especie es alto y positivo porque "realizan un proceso preventivo fundamental al verificar si los animales están en peligro antes de que mueran". Así, consiguen aminorar las amenazas a las que está expuesto el antillano con el estado actual de la ciénaga.
Amenazas constantes para la especie
La especie fue declarada en peligro de extinción desde 1973 en Estados Unidos. Aunque en Colombia su presencia no se considera masiva, las últimas dos décadas han sido críticas para su conservación, especialmente en el Magdalena Medio. Según la Corporación Autónoma Regional del Centro de Antioquia (Corantioquia), desde el 2010 se han registrado más de 40 incidentes, resultando en la muerte de 31 ejemplares, y en los últimos siete años, 16 de ellos han fallecido en Barrancabermeja.
"La muerte de un solo manatí antillano ya es grave debido a que su proceso reproductivo es muy lento -al menos cinco años para tener una cría-, cualquier cifra de muertes es un golpe duro para la especie en Colombia, especialmente porque desconocemos el tamaño real de la población", explica Dalila al referirse a la situación del Magdalena Medio.
En El Llanito, el peligro para la especie es latente: niveles de agua irregulares, contaminación por actividades industriales, temporadas de calor intenso, cacería y, aunque en menor medida, la pesca irregular y el tránsito imprudente de embarcaciones.
Estos factores atentan a diario contra el antillano y los Guardianes los encaran desde su voluntariado, sin financiación externa. "Hacemos actividades de turismo, recorridos por la ciénaga, recibimos al visitante, lo orientamos y eso nos sirve para recoger recursos (…) así funciona el autosostenimiento del programa", sostiene la fundadora.
El colectivo arrancó con seis miembros en 2019 y hoy son 11 los integrantes activos: Yoimar Agamez, David Montero, Cristóbal Mendoza, Hernando Rodríguez, Libardo Pedrozo, Edwin Arango, Humberto Arango, Cristhofer Sarmiento, Diógenes Potes, Daniela Arango y Yelisa Potes. Cada uno le apuesta a la protección de la especie, pero entienden que su labor debe hacerse replicable.
Semillero de guardianes
Con el tiempo, la organización fue acogida por Asoberanía: una asociación conformada inicialmente por profesionales en temas medioambientales y líderes comunitarios. Los Guardianes también se convirtieron en asociados y, hoy por hoy, educan a los más pequeños en la protección de los manatíes y su ecosistema.
"Tenemos el semillero: son 15 niños entre 6 y 13 años que se están formando en temas ambientales y también son guardianes (...) desde nuestra experiencia, preparamos a las siguientes generaciones", afirma Yelisa.
Aunque la iniciativa es alentadora, aún no cuentan con recursos dignos: "Esperamos tener pronto una embarcación o un motor porque dependemos de algún amigo que nos lo facilite, que nos dé para la gasolina, o cuando estamos trabajando, hacemos un aporte desde nuestros salarios", añade.
Las condiciones económicas dificultan el cuidado de la especie. El colectivo hace parte de la Red de Varamientos de Manatíes del Magdalena Medio, un equipo integrado por expertos con el fin de apoyar el manejo de emergencias para estos mamíferos. Desde allí, la Corporación Autónoma Regional de Santander (CAS) respalda los procesos de respuesta y son los Guardianes quienes integran el primer eslabón de la red en Barrancabermeja, desde un voluntariado neto.
"Nosotros estamos siempre a disposición, haya o no proyecto; haya o no recursos, seguimos haciendo nuestra labor. Ya llevamos más de cuatro años en esto", afirma Yelisa Potes, fundadora de Guardianes del Manatí.
Aun bajo la sombra de las inconsistencias, se mantienen alerta por el nivel inconsistente del agua en la ciénaga y los altos índices de contaminación: dos riesgos latentes para los manatíes desde hace años, que en los últimos meses se han intensificado.
Dique de verano: una solución pendiente
Los habitantes de El Llanito, incluso los que no pertenecen a los mismos Guardianes, reclaman soluciones estructurales. Calixto Rivera es uno de ellos. El presidente de la Asociación de Pescadores, Acuicultores y Afrodescendientes de El Llanito (APPAL) lidera desde hace meses la solicitud de un dique de verano para la ciénaga.
Según Rivera, la construcción de este paredón de embalse permitiría acumular agua especialmente durante las temporadas cálidas: "el dique garantiza que todas las orillas de la ciénaga siempre tengan entre 80 centímetros y un metro de profundidad, por más largo que sea el verano". Con esta construcción, los manatíes no correrían el riesgo de "encallarse" y el aumento de la temperatura no los golpearía a niveles críticos.
El 22 de enero de este año, la Alcaldía de Barrancabermeja publicó el proceso de consolidación del ‘Acuerdo empresarial para proteger al manatí y recuperar cuerpos hídricos’. En el comunicado, la entidad reconoce "la crítica situación de la fauna silvestre, específicamente del manatí antillano". Representantes del sector energético y del gremio pescador plantearon la ejecución de tres intervenciones de alto impacto: una de ellas es el dique de verano.
Aunque se acordó una segunda reunión en febrero para firmar y poner en marcha la alianza, Calixto afirma que, hasta el momento, no han notado avances en la construcción. "Hemos insistido en que esos trabajos se hagan rápido porque el problema es grave (...) a cada rato tenemos que llamar a la hidroeléctrica para que suelte agua porque la ciénaga ya está quedando demasiado seca".
En respuesta, Leonardo Granados, secretario de medio ambiente del municipio, manifestó que la construcción del dique no tiene "financiación fija", por lo que su realización aún no está confirmada. Añadió que, aunque la Secretaría está de acuerdo con la obra, primero deben realizarse estudios técnicos sobre el corredor biológico del manatí para garantizar que su ejecución no sea perjudicial a largo plazo para la especie.
Granados sostuvo que a mediados de este mes se llevará a cabo una reunión con el procurador ambiental de Santander, Alberto Rivera, para "hacer el análisis de los proyectos (incluidos en el acuerdo empresarial) e invitar a la industria a que asuma una posición", enfatizando en que no se han ejecutado las obras porque este sector "está dilatando el tiempo".
Un futuro incierto
En canoas y desde el voluntariado, los Guardianes del Manatí responden a lo que las instituciones no han podido: un peligro constante para la especie, del que El Llanito está siendo testigo. Los riesgos ya no son posibilidades, son hechos, y se materializan con la muerte de cada antillano dentro del complejo cenagoso.
"Hay que darle la profundidad que se merece (...) ¿Qué está pasando realmente en las fuentes hídricas y qué responsabilidad deben asumir las empresas grandes, la institucionalidad? Porque nosotros como comunidad ya estamos dando el primer paso", expresa Yelisa.
En la ciénaga son aproximadamente 20 los manatíes que el colectivo ha podido rastrear desde sus labores empíricas de monitoreo, un número importante para la conservación del ecosistema, que no es atendido con el cuidado necesario.
Pese a las condiciones precarias, los Guardianes no se rinden. Recorren la ciénaga, alimentan a los manatíes, interpretan su comportamiento y educan a la comunidad para protegerlos. Aunque el avistamiento de los antillanos es escaso, los 11 miembros entienden que de estos mamíferos depende el equilibrio del ecosistema y la prolongación de la pesca. Los Guardianes sostienen la supervivencia de una especie que les duplica el tamaño, mientras su destino sigue condicionado por la intervención humana.



