Donald Trump acaba de declarar, con toda seriedad, su intención de convertir a Venezuela en el estado 51 de la Unión Americana. Aunque pueda parecer una broma, es importante recordar cómo se llegó a esta situación. A principios de año, los estadounidenses "extrajeron" a Nicolás Maduro, entonces presidente de Venezuela. Sin embargo, en lugar de entregar el poder a la oposición, llegaron a un acuerdo con Delcy Rodríguez, una figura destacada del chavismo, para coadministrar el país, el petróleo y otros recursos.
El fracaso de la oposición
Muchos creían que esta operación significaría un "retorno a la democracia", una fabulosa apertura obtenida mediante el secuestro. Pero se quedaron con las manos vacías. María Corina Machado, entonces líder de la oposición y partidaria del ataque, después de una humillante visita a la Casa Blanca, solo obtuvo bisutería del movimiento MAGA. Quedó en evidencia que el chavismo no era un gran régimen transformador. Lo que se presenció fue un rápido acomodo entre colonialistas y bolivarianos del siglo XXI, basado en la necesidad de mantener estabilidad y orden. Todo lo demás resultó manejable.
La apuesta por la estabilidad con Trump
Apostar por la estabilidad cuando Trump está de por medio es complicado. A pesar de que el plagio de Maduro es la operación internacional que mejor le ha salido, el magnate sigue agitando las aguas venezolanas. Su propuesta de anexión lo sitúa en el centro del escenario como candidato presidencial de ese país. "La gente que está a cargo lo está haciendo muy bien", dice Trump, pero los votantes lo aman a él.
¿Será cierto? Trump es un personaje de opereta, aunque siniestro, pero su aserción no debe desestimarse. Después de la caída del comunismo en Polonia en 1990, el empresario canadiense Stanisław Tymiński se presentó a las presidenciales. Parecía un candidato desastroso y apenas hablaba polaco, pero le dio un buen susto a Lech Wałęsa. Más cerca, Perú eligió a dos presidentes con español imperfecto (Fujimori y Kuczynski), que alardeaban de tener algo que los nativos carecían. Ambos fueron exitosos en las urnas, aunque terminaron arrestados. En momentos de crisis, votar por alguien "ajeno" puede verse como una solución.
Así que la anexión y precandidatura no son bromas, sino globos de prueba verosímiles. No creo que Trump logre sacarlas adelante, pero eso no significa que sus sueños venezolanos sean descabellados. Son odiosos, pues estas fracturas nacionales producen efectos malsanos de larga duración. Apostar por la subordinación plena, como hacen muchos en el debate público, esperando una intervención que "salve al país", es algo que nadie debería permitirse, como lo sugiere la saga de María Corina.



