Trump y Xi Jinping se reúnen en Pekín en medio de tensiones globales
La reunión entre Donald Trump y Xi Jinping esta semana en Pekín es considerada uno de los encuentros diplomáticos más importantes y delicados del año. No solo porque sentará cara a cara a los líderes de las dos mayores potencias del planeta, sino también porque ocurrirá en un escenario internacional explosivo, marcado por la guerra con Irán, las tensiones en torno a Taiwán y el futuro incierto de la tregua comercial entre Estados Unidos y China.
Trump llegará el miércoles a China y el jueves se reunirá con Xi, a quien no ve desde octubre pasado, cuando se encontraron en Corea del Sur y acordaron pausar una guerra comercial que amenazaba con salirse de control. En ese entonces, Trump había elevado los aranceles sobre productos chinos por encima del 100 %, y Pekín respondió amenazando con restringir la oferta global de tierras raras, minerales estratégicos para baterías, semiconductores y tecnología militar. Sin embargo, el panorama ha cambiado drásticamente desde entonces.
Irán: ¿la guerra que ha debilitado a Trump?
El conflicto que Estados Unidos desató contra Irán, principal aliado de Xi en Oriente Medio y socio clave para Pekín en energía y geopolítica, es el elemento central de la visita. La guerra ha disparado los precios internacionales de la energía y obligado a Washington a redirigir recursos militares hacia la región, sin resolverse aún. Trump rechazó este fin de semana una propuesta de paz iraní, lo que amenaza con escalar de nuevo el conflicto. China observa con atención el desgaste militar de Washington, y algunos analistas chinos consideran que el conflicto ha debilitado la capacidad de EE. UU. para responder a una eventual crisis en Taiwán.
Aranceles y la puja comercial
A comienzos de año, la Corte Suprema de EE. UU. limitó la capacidad de Trump para imponer aranceles globales mediante la ley IEEPA. La Casa Blanca recurrió entonces a la Sección 122 de la Ley de Comercio de 1974 para mantener el arancel global del 10 %, pero el Tribunal de Comercio Internacional declaró ilegal esa maniobra la semana pasada. Aunque la administración apeló, el fallo redujo el arsenal coercitivo de Trump para presionar a sus socios comerciales.
¿Quién tiene más para perder?
Analistas citados por The Wall Street Journal sostienen que Trump llega a Pekín con menos margen de maniobra que hace un año, debido al desgaste por la guerra con Irán y los reveses judiciales. Xi, en cambio, busca presentarse como un actor de estabilidad global, pero enfrenta grandes retos internos: desaceleración económica, altos costos energéticos y riesgo de recesión global que afectaría a un país dependiente de las exportaciones.
La reunión también abordará comercio, inversiones, tecnología y seguridad. Estados Unidos impulsa las “cinco F”: mayores compras chinas de productos estadounidenses, creación de mecanismos para aislar áreas de cooperación económica de disputas geopolíticas, compra de aviones Boeing, carne de res y soya, y un consejo bilateral de inversiones. China, por su parte, insiste en las “tres T”: tarifas, tecnología y Taiwán. Pekín buscará extender la tregua comercial, reducir restricciones a semiconductores y exigir que Washington reduzca su respaldo a Taiwán.
El tema iraní también será central. Trump quiere que China presione a Teherán para reabrir el estrecho de Ormuz, por donde pasa una quinta parte del petróleo mundial. Ambas delegaciones discutirán inteligencia artificial, tráfico de fentanilo, expansión nuclear china y seguridad en el mar del Sur de China. Trump también planteará el caso del activista pro democracia de Hong Kong Jimmy Lai, condenado a 20 años de prisión.
¿Qué pronostican los expertos?
Pese a la expectativa global, pocos creen que el encuentro produzca grandes acuerdos. Lo más probable es que ambas partes intenten estabilizar la relación y ganar tiempo mientras reducen su dependencia mutua. Trump probablemente anunciará nuevos compromisos de inversión china en EE. UU. y presentará la reunión como señal de distensión. Pero las diferencias estructurales siguen siendo enormes. El escenario más optimista apunta a acuerdos modestos, inversiones, extensión temporal de la tregua comercial y nuevos canales de diálogo para evitar una escalada mayor. “La cumbre es un intento de evitar que las tensiones entren en una espiral más peligrosa”, afirma Bonny Lin, del CSIS, quien advierte que en Pekín persiste una “profunda desconfianza” hacia Washington.
Funcionarios estadounidenses anticiparon que Trump y Xi podrían reunirse hasta cuatro veces este año, reflejando la necesidad de mantener canales de comunicación abiertos entre dos países profundamente interconectados pese a su rivalidad.
¿Qué podría salir mal?
China ha criticado duramente la ofensiva estadounidense en Irán y, aunque ha presionado discretamente a Teherán para negociar, considera el conflicto consecuencia de las acciones de Washington. La tensión aumentó cuando el canciller chino Wang Yi se reunió con su homólogo iraní y defendió el “derecho legítimo” de Irán al uso pacífico de la energía nuclear. Las fricciones económicas también podrían agravarse: cuando el Tesoro de EE. UU. sancionó en abril a una refinería china por comprar petróleo iraní, Pekín ordenó a sus empresas ignorar las medidas y aprobó regulaciones para castigar a compañías extranjeras que acaten sanciones consideradas ilegales.
Todo convierte la cumbre en un delicado ejercicio de equilibrio. Una reunión diseñada para evitar que la rivalidad entre las dos mayores potencias entre en una nueva fase de confrontación abierta, pero que podría descarrilarse si la crisis en Oriente Medio se descontrola o si alguno de los líderes endurece su postura por presiones internas.



