La certeza de un médico sobre lo que viene después de la muerte
Como muchos colombianos, crecí bajo los preceptos de la Iglesia católica y siempre me ha parecido un misterio profundo: hablamos constantemente de una vida maravillosa después de la muerte, pero cuando alguien que amamos se va, el dolor nos desgarra por completo. Esa paradoja nos acompaña como una sombra persistente: la promesa de eternidad frente al desconsuelo de la ausencia. Y, como tantos creyentes, también he experimentado momentos de duda que algunos llamarían falta de fe.
La pregunta que nos persigue
Entonces, la interrogante se abre como un abismo insondable: ¿existe realmente algo después de la muerte? Hoy, más que nunca en mi vida, después de acompañar profesionalmente a cientos de pacientes en su tránsito final, lo afirmo desde un convencimiento más personal que religioso: estoy completamente seguro de que sí.
Me gusta comparar la muerte con otro episodio fundamental de la existencia humana: el nacimiento. Pensemos detenidamente en la vida del feto antes del parto. Hay un desconocimiento absoluto de lo que vendrá después, y aunque el parto representa un proceso traumático y doloroso, le permite al bebé pasar de un estado cómodo pero tremendamente limitado a un universo infinito de nuevas posibilidades y experiencias. A veces, observo cómo los médicos y las familias de un paciente moribundo actúan como si intentaran desesperadamente detener un parto que ya ha comenzado inevitablemente.
Experiencias que transforman convicciones
¿Qué me lleva a esta afirmación categórica sobre la vida después de la muerte? En primer lugar, como anestesiólogo con años de experiencia, recuerdo numerosos casos en los que un paciente estuvo físicamente muerto y, tras complejas maniobras de resucitación, logró volver a este mundo. Siempre me ha fascinado conversar con estas personas y escuchar atentamente sus relatos, que suelen coincidir de manera extraordinaria en lo esencial:
- Describen una sensación nítida de flotabilidad en la habitación
- Recuerdan detalles imposibles de percibir desde la mesa de cirugía
- Se observan a sí mismos y a su entorno desde una perspectiva elevada
- Ven pasar su vida completa como una película acelerada
- Finalmente, contemplan una luz brillante que no genera terror, sino profunda calma y amor incondicional
Señales más allá de lo físico
También ha sido relativamente frecuente, especialmente con pacientes con quienes establecí una conexión emocional especial, recibir alguna señal particular de su partida definitiva. Por ejemplo, soñar con ellos justo el día de su muerte, con una claridad y realismo que trascienden lo ordinario. No me alcanza este espacio para narrar las múltiples anécdotas relacionadas con este tema fascinante —quizás algún día se conviertan en parte de un libro completo—, pero todo este cúmulo de experiencias ha reforzado en mí la convicción absoluta de que la muerte no representa el fin, sino el inicio glorioso de algo verdaderamente maravilloso.
La serenidad de quienes creen
Finalmente, hay una constante que observo sistemáticamente en mis pacientes al final de sus vidas: quienes mantienen esta férrea convicción espiritual transitan con notable mayor serenidad y paz sus últimos días. Sé perfectamente que es un tema profundamente polémico y personal, pero también sé, por experiencia directa, que para quienes no creen en nada después de la muerte, el final suele ser mucho más duro, angustiante y solitario.
La medicina me ha enseñado los límites del cuerpo, pero estas experiencias me han mostrado que hay dimensiones de la existencia que trascienden nuestra comprensión actual. Cada paciente que he acompañado en ese tránsito final ha dejado en mí una enseñanza invaluable sobre la naturaleza de la vida y lo que posiblemente nos espera más allá.