El recuerdo de los maestros médicos: más que nostalgia, un imperativo ético
Recordar a nuestros maestros de medicina no constituye simplemente un acto de nostalgia, sino que representa un deber histórico y moral de profunda relevancia. Existió una época verdaderamente gloriosa en la enseñanza de la medicina, fundamentada en la evidencia científica y el humanismo heredado directamente de la escuela francesa, bajo el principio rector de: 'El paciente como centro absoluto del acto médico'. Este enfoque se aplicaba sin importar raza, situación socioeconómica, filiación política, o si la persona era letrada o analfabeta.
La ronda médica: un ritual de respeto y esperanza
Durante las tradicionales rondas hospitalarias, brillaba con intensidad el respeto hacia el paciente. Los médicos verificaban meticulosamente síntomas y signos, investigando los orígenes de la enfermedad, revisando exhaustivamente los paraclínicos y, finalmente, definiendo la terapéutica adecuada. Este proceso devolvía la esperanza tanto a los pacientes como a sus familias, quienes observaban ansiosos a la pequeña tropa de batas blancas y manos sanadoras.
Estos profesionales estaban impregnados de una calidad y calidez humana excepcionales, convencidos de que las palabras del médico pueden fabricar auténticos milagros. Un lema resonaba: "Llámalo por su nombre, trátalo como a tus padres". Eran maestros cultos, sensibles, recursivos y profundamente humanitarios, que vivían bajo la máxima: "El que solo medicina sabe, ni medicina sabe". Para ellos, la ciencia, la ética y la cultura conformaban la pócima sanadora definitiva.
Antonio Soto Yances: un maestro inolvidable de la ginecobstetricia
Entre estos maestros inolvidables destaca la figura del doctor Antonio Soto Yances, nacido en Ciénaga de Oro, Córdoba, el 2 de julio de 1940. Nadie mejor que su discípulo, el doctor Álvaro José Monterrosa Castro, brillante docente universitario, historiador e investigador de renombre, para sintetizar su vida y obra.
El doctor Soto Yances estudió Medicina, tanto en pregrado como en posgrado de Ginecobstetricia, en la Universidad de Cartagena. Posteriormente, viajó a Montevideo para afianzar sus conocimientos sobre reproducción humana. Al retornar a Colombia, dedicó su vida y talentos como jefe del Departamento de Ginecobstetricia, ejerciendo como un docente recursivo y apasionado.
Amante de la música de banda cordobesa, acudía frecuentemente a historias y anécdotas para captar la atención de sus discípulos en la Clínica de Maternidad Rafael Calvo, un ícono de la atención materno-infantil y una verdadera incubadora de especialistas en ginecobstetricia que hoy se encuentran esparcidos por todo el mundo.
Lecciones de humanidad en la sala de partos
Hoy, el maestro Soto goza de sosiego en el vientre de su hogar, pero sus enseñanzas perduran. Se recuerda una mañana, durante una ronda docente asistencial, cuando preguntó a sus discípulos: "¿Por qué a la embarazada se le dice que está 'en cinta'?". Inmediatamente, desgajó un relato histórico con raíces bíblicas, explicando que, inmaculadamente vestido, aseguraba que aquella cinta brindaba soporte al vientre bendito, exigiendo el máximo respeto.
Acto seguido, Soto Yances evaluaba, sin premura alguna, la totalidad de las pacientes maternas, dando instrucciones precisas y resolviendo enigmas terapéuticos. Estaba convencido de que toda mujer 'en cinta' trae un regalo celestial, resguardando en su vientre sagrado a seres repletos de posibilidades que atravesaron el infinito para anidar en este mundo.
"Cada niño que nace es una buena noticia porque está impregnado de las manos de Dios", afirmaba. "Respeten y hagan respetar la vida, sin ahorrar argumentos, convenciendo a la madre en cinta de que goza del más grande privilegio: sembrar luces despejando tinieblas".
Una reflexión urgente sobre la vida y la fragilidad
En el vientre de la madre también se llora, y las cifras son dolorosamente contundentes: cada 10 minutos, una mujer interrumpe la vida del hijo que se refugia en su vientre. Mientras la vida florece, la muerte acecha silenciosamente. Ante esta realidad, el maestro Soto proponía una medida simbólica pero poderosa: "¿Por qué no colocarles nuevamente a las gestantes, en una cinta grabada con letras de molde: 'FRÁGIL Y SAGRADO' desde el vientre hasta el bastón del abuelo?".
Este legado de los maestros de medicina, encarnado por figuras como Antonio Soto Yances, trasciende lo académico para convertirse en un faro de humanismo, ética y compromiso con la vida en su estado más vulnerable y sagrado.



