Madrugadas heladas y filas interminables: usuarios de Nueva EPS en Popayán sufren para acceder a salud
Usuarios de Nueva EPS en Popayán sufren madrugadas heladas en filas

Madrugadas heladas y filas interminables: el calvario de usuarios de Nueva EPS en Popayán

Cuando el reloj marca las dos de la madrugada y la mayoría de Popayán duerme profundamente, ya se forman serpentinas humanas frente a las sedes de la Nueva EPS. No hay comodidades ni refugios adecuados, solo cartones extendidos sobre el suelo frío, ruanas improvisadas y el aliento visible de quienes resisten las bajas temperaturas payanesas. Esta no es una elección voluntaria, sino una necesidad imperante: quien llega tarde pierde la oportunidad de obtener medicamentos vitales o las autorizaciones médicas necesarias para continuar tratamientos.

El riesgo de madrugar por salud

La inseguridad se convierte en un compañero indeseado durante estas madrugadas. Los usuarios denuncian constantes situaciones de riesgo, robos y amenazas mientras esperan pacientemente su turno. Sara Samboní, de 25 años, experimentó este peligro en carne propia cuando, pedaleando en su bicicleta desde el barrio María Occidente, estuvo a punto de ser atacada con arma blanca mientras se dirigía a una farmacia en el barrio Bolívar.

"Me quedé paralizada del susto. Pensé que no salía de esa", confiesa Sara, quien a pesar del trauma continúa con esta rutina por su madre de 77 años que depende completamente de los medicamentos para mantener su salud. "Si no llego temprano, no alcanzo turno y mi mamá se queda sin tratamiento", explica mientras se ajusta la bufanda contra el frío penetrante.

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Jornadas maratonianas desde la madrugada

Jorge Ruiz, habitante del barrio Los Sauces, representa otra cara de esta crisis. Llega aproximadamente a las dos de la mañana para asegurar su puesto, tanto en la sede administrativa como en las farmacias. Extiende cartones en el suelo y espera pacientemente hasta el amanecer, cuando llega su hermana para tramitar las órdenes mientras él corre a reclamar la insulina necesaria.

"Es que me vengo, hago la fila, extiendo cartones en el suelo para poder esperar, aguantar el frío mientras que sean las seis o siete", relata este trabajador informal del transporte, quien con determinación recorre las sedes con la esperanza de acceder a los insumos médicos esenciales.

Una crisis que no discrimina

La escena se repite con inquietante frecuencia: adultos mayores que viajan desde veredas distantes como Cajete o Julumito, mujeres envueltas en cobijas, hombres con termos de café, todos resistiendo la intemperie, el frío y el peligro constante de una ciudad que se vuelve especialmente insegura durante estas horas.

La madrugada se ha convertido en la antesala obligatoria para ejercer el derecho fundamental a la salud. "Pagué hasta 20 mil pesos de mototaxi", exclama un abuelo que tiembla visiblemente por el frío, evidenciando los costos adicionales que asumen los usuarios más vulnerables.

Episodios de violencia y desesperación

El miedo es un componente constante en estas madrugadas. Sara lo resume sin ambages: "Estamos asustados. A esa hora hay ladrones buscando a quién robar". Incluso recuerda un episodio reciente en el dispensario del barrio Bolívar donde un hombre armado reaccionó contra delincuentes para proteger a quienes hacían fila.

"Eso fue como una película, pero real, es lo que debemos enfrentar para tener la droga", explica al referirse a un incidente donde una persona que hacía fila sacó un arma de fuego para salvarlos a todos, mostrando los niveles extremos de desesperación y riesgo.

La raíz del problema: crisis sistémica en Nueva EPS

Detrás de estas escenas desgarradoras se encuentra la profunda crisis que atraviesa la Nueva EPS, una de las entidades con mayor número de afiliados en todo el territorio colombiano. En los últimos meses, usuarios en múltiples regiones han denunciado retrasos crónicos en la entrega de medicamentos, demoras excesivas en autorizaciones médicas y una congestión generalizada en todos los servicios.

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Estas fallas sistémicas obligan a miles de personas a adoptar estrategias extremas, como madrugar durante horas, para acceder a lo que debería ser un servicio oportuno y eficiente. La situación en Popayán refleja un patrón nacional donde se reportan constantemente largas filas, escasez de medicamentos esenciales y dificultades administrativas que complican aún más el acceso a la salud.

Cinco horas de espera bajo la lluvia

El martes 24 de marzo ilustró perfectamente esta realidad. Sara llegó al dispensario en el barrio Santa Clara a las cuatro de la madrugada y finalmente salió cerca de las nueve y media de la mañana, después de pasar más de cinco horas bajo una llovizna persistente. Todo este tiempo de espera solo le permitió obtener una parte de los medicamentos que su madre necesita urgentemente.

Cuando finalmente abandona el lugar, no hay celebración ni alegría, solo un alivio momentáneo y la certeza de que en pocos días deberá repetir exactamente la misma rutina agotadora. Volverá a enfrentar la madrugada, el frío, la inseguridad y las interminables filas para que los tratamientos médicos de su madre, al menos temporalmente, no se interrumpan completamente.

Un problema que trasciende lo individual

Esta crisis afecta desproporcionadamente a los sectores más vulnerables de la población: adultos mayores, personas con enfermedades crónicas, trabajadores informales y familias de escasos recursos. La combinación de factores climáticos, de seguridad y administrativos crea una tormenta perfecta que dificulta cada vez más el acceso a servicios de salud básicos.

La escena que se repite diariamente en Popayán sirve como un espejo de lo que ocurre en múltiples regiones de Colombia, donde el derecho a la salud se ve comprometido por fallas estructurales en el sistema. Los usuarios, atrapados entre la necesidad y la burocracia, continúan resistiendo mientras esperan soluciones concretas y duraderas.