A un perro no lo capan dos veces. Eso debió pensar el rey Khalid bin Abdulaziz cuando en 1981 ordenó construir el oleoducto Petroline, que conecta el Golfo Pérsico con el mar Rojo atravesando la península de oeste a este, sin pasar por Ormuz.
Lo mismo debió pensar Nixon cuando en 1973, tras el embargo árabe que dejó a los americanos haciendo cola para comprar gasolina, lanzó el Project Independence con un objetivo simple: nunca más depender del petróleo de Oriente Medio. Y lo mismo pensó el Sheikh Khalifa bin Zayed, de los Emiratos, cuando construyó el oleoducto Habshan-Fujairah, que lleva el crudo emiratí directamente al océano Índico, también sin pasar por Ormuz.
Tres líderes, tres décadas distintas, una misma lección
El que controla Ormuz tiene poder. Pero ese poder solo funciona una vez. Después, el mundo construye una salida. Por sus 33 kilómetros de ancho pasa el 20% del petróleo mundial. Durante décadas fue la gran carta de Irán, la amenaza implícita que daba peso a cada provocación y cada negociación: cerramos Ormuz y el mundo se paraliza. Pero, como toda amenaza que se usa demasiado, el mundo decidió neutralizarla.
Arabia Saudita exporta por el mar Rojo, los Emiratos tienen Fujairah, Iraq tiene opciones por Turquía, y Estados Unidos produce hoy más petróleo que cualquier país del mundo. Cada año que Irán agitó la amenaza, alguien construía una salida.
La ironía más grande
Al cerrar Ormuz, Irán le generó billones adicionales a saudíes y emiratíes, y consolidó a Estados Unidos -el Gran Satán, según ellos- como el mayor exportador de productos petroleros del mundo. Estados Unidos está exportando hoy más de 10 millones de barriles diarios de petróleo y derivados: esos son billones de dólares al día que le entran al país, en parte, por la “gran idea” iraní de cerrar Ormuz. Lo que debería haber quebrado a los americanos los terminó fortaleciendo.
Y, sin embargo, los líderes del régimen siguen pensando que estamos en los años setenta, pretendiendo usar Ormuz como algún botín de guerra medieval. El problema adicional es que el cierre afecta directamente a China, su principal cliente, y, si le sumamos el bloqueo marítimo que le impuso Trump, hace que la estrategia iraní sea insostenible en el tiempo.
Lo más frustrante
Es escuchar a los “académicos” de televisión hablar de lo brillantes y estrategas que son los líderes iraníes. Uno no sabe si llorar o reír, pero yo ya me cansé de gritarle a la pantalla cada vez que los escucho. El otro día, en CNN, uno de esos “brillantes” profesores argumentó que, como los iraníes son descendientes del Imperio persa, no se les puede humillar en ninguna negociación. Es como decir que no se puede perseguir a los carteles mexicanos porque son descendientes de Moctezuma II. ¡Qué vaina tan ridícula!
Lo peor para Irán está por venir
El cierre de Ormuz acelerará la construcción de más oleoductos, más terminales, más rutas alternativas. El mundo no va a esperar a que Teherán decida ser razonable; va a seguir construyendo salidas hasta que Ormuz sea lo que ya está camino de ser: una reliquia geográfica de lo que alguna vez fue una ventaja estratégica real.
A un perro no lo capan dos veces, y mucho menos tres. Lo que pasa es que en Teherán nadie leyó el memo.



