Sudán cumple tres años de guerra con más de 14 millones de desplazados y un número, literalmente, incontable de muertos. Las estimaciones han variado entre 50.000 y 400.000, pero nadie tiene certeza de cuántos son y, lo más preocupante, a nadie parece importarle.
Trabajé durante tres meses como responsable de comunicaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF) en Darfur, al occidente del país, una de las regiones más golpeadas por el conflicto entre las Fuerzas Armadas Sudanesas (SAF) y las Fuerzas de Apoyo Rápido (RSF) —un grupo de origen paramilitar que ahora les disputa el poder a las fuerzas estatales—. Lo que vi fue una sociedad arrasada, tratando de sobrevivir en medio de la violencia y el abandono internacional. Aquí les cuento tres momentos que me impactaron.
1. La extraña cotidianidad en Sudán
Tuve que volar a Chad porque, por la guerra, el espacio aéreo de Darfur está cerrado y es demasiado peligroso cruzar por tierra desde el oriente del país, en donde está Jartum, la capital. Así como las personas, todos los suministros que antes llegaban en avión ahora entran por esa frontera: una sabana semidesértica atiborrada de carretas haladas por burros que transportan comida importada y gasolina.
Entre ese movimiento, y a lo largo de las ciudades, se ven hombres armados con uniforme ocre que uno podría confundir con el Ejército, pero son miembros de las RSF, que tienen el control allí. En ese momento, a las RSF solo les faltaba tomar El Fasher (Darfur Norte) para controlar toda la región.
El Geneina, capital de Darfur Occidental, sería mi casa durante los siguientes 90 días. En el camino, Mohamed Alí, un compañero sudanés, iba señalando: “esto era el banco, pero lo saquearon”, “esta era la sede de un ministerio, pero la saquearon”, “esta era la casa de… pero la atacaron”.
La mayoría de las casas no tenían luz, salvo unas pocas con plantas de gasolina. El happy shooting (tiros al aire de distinto calibre según el nivel de celebración) era parte del paisaje sonoro, y los ataques con dron en ciudades cercanas eran noticia diaria. En medio de todo esto, la gente se las apañaba para vivir: ir al mercado, trabajar en oficios varios, llevar a los niños al colegio.
2. El desbordamiento de los servicios de salud
No todas las muertes en una guerra son por balas o bombas. Lo entendí cuando Zulaith, médica colombiana que trabajaba en el Hospital de Zalengei, me dijo agotada que la peor parte era ver morir a niños por enfermedades comunes: sus cuerpos no tenían cómo resistir. Y es que en Sudán la gente se muere de enfermedades completamente prevenibles y tratables. Incluso antes del conflicto, los programas de vacunación eran débiles, pero con la escalada de violencia se detuvieron casi por completo. Hoy, salvo en las poblaciones cubiertas por programas cada vez más escasos de organizaciones internacionales, la gente no tiene acceso a vacunas.
Tampoco hay comida suficiente. A los saqueos se suma el cambio climático, que ha acortado las temporadas de lluvia y reducido la productividad de las cosechas. Además, el suministro de medicamentos se ha interrumpido por falta de financiación, trabas burocráticas y dificultades de transporte, y el personal sanitario es escaso. Sin vacunas, alimento, medicamentos ni atención suficiente, los cuerpos quedan expuestos a enfermedades como sarampión, dengue, hepatitis o cólera, que además se propagan con rapidez. Y la gente se muere.
Solo en 2025, los equipos de MSF trataron a más de 12.000 pacientes con sarampión, a más de 42.000 con cólera, y admitieron a más de 15.000 niños menores de cinco años por desnutrición aguda.
3. La caída de El Fasher y la atención efímera
A los 20 días de mi llegada a Sudán, las RSF se tomaron El Fasher (Darfur Norte). Lo supimos en medio de una reunión: el sonido del happy shooting lejano pasó de unos pocos disparos al aire a ráfagas de fusil y luego a explosiones más profundas. Aunque entre El Geneina y El Fasher hay más de 400 km, el grupo hizo sentir su celebración en todas las zonas bajo su control. Luego aparecieron las imágenes, transmitidas en redes sociales por los mismos soldados, en las que se les veía cometer actos atroces: detenciones, ejecuciones, asesinatos y masacres.
Miles de personas huyeron hacia Tawila, un pueblo que antes del conflicto tenía unos 90.000 habitantes, pero en tres años de combates había recibido más de 700.000 desplazados, en su mayoría provenientes de El Fasher. Allí, MSF llevaba un hospital de 220 camas e instaló un puesto de salud de emergencia para atender a los recién llegados. Yo llegué unos días después para recoger algunas de sus historias y tratar de visibilizar lo que estaba ocurriendo.
Estaban devastados. Habían pasado más de un año sin alimentos suficientes porque las RSF bloquearon los puntos de suministro; algunos llegaron a comer forraje —pastos y otras plantas secas que se usan para alimentar a animales—. Huyeron bajo bombardeos. Vieron morir a familiares y amigos. Caminaron durante días con lo puesto para llegar a un lugar que prometía ser más seguro, pero sin comida, con menos de dos litros de agua al día y con refugios hechos de telas sostenidas por palos.
Al hospital llegaban personas heridas, amputadas, violadas, desnutridas o deshidratadas. Todo el dolor humano concentrado en un solo lugar. Las imágenes de la caída de El Fasher y de las familias desplazadas tuvieron impacto internacional. En menos de diez días recibimos más de un centenar de peticiones de entrevistas. Sin embargo, la atención duró un par de semanas y luego volvió el silencio y la indiferencia.
Hoy volvemos a hablar de Sudán porque se cumplen tres años de esta catástrofe humanitaria, ahora, con el foco en la región de Kordofán y donde las noticias de drones y ataques siguen siendo el pan de cada día. Pero, ojalá pueda seguir siendo tema de conversación mañana y pasado mañana. Porque mientras miramos hacia otro lado, millones de sudaneses siguen intentando vivir —y muriendo— en una guerra que el mundo decidió ignorar.
(*) La autora es reportera y gestora de comunicaciones de Médicos Sin Fronteras (MSF).



