David Toscana y su novela 'El ejército ciego': humor y tragedia bizantina
David Toscana: humor y tragedia en 'El ejército ciego'

Los premios literarios no siempre son una guía infalible para decidir qué leer, ni siquiera el Nobel. El verdadero valor de una novela lo otorga el tiempo, pero a veces no es necesario esperar décadas para reconocer que un libro tiene el potencial de trascender más allá del ruido del galardón. Ese podría ser el caso de El ejército ciego, la obra del mexicano David Toscana, que obtuvo el premio Alfaguara este año, pero que no requiere esa validación para apreciar su calidad.

Es una novela divertida, profunda, reflexiva y cargada de humor negro. Se lee con atención al detalle, sin caer en la pesadez de la literatura para especialistas. Además, ofrece una breve lección de historia al rescatar un episodio relativamente desconocido para los latinoamericanos y para Occidente en general: la batalla de Klyuch, en 1014, donde el emperador bizantino Basilio II, tras vencer a las tropas búlgaras, ordenó sacar los ojos a 15.000 prisioneros, dejando tuerto a uno de cada cien para que sirviera de guía.

Con esos elementos, Toscana recrea, en un ejercicio de imaginación, el regreso de estos hombres a sus hogares y cómo retoman sus vidas, ahora sin la capacidad de ver y con el peso de la derrota sobre sus hombros.

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El origen de la historia

Pregunta: El ejército ciego se ocupa de un hecho histórico poco conocido en América Latina, donde predomina la historia de Occidente. ¿Cómo conoció esa historia?

David Toscana: Es relativamente desconocida, a pesar de ser un evento impactante. En el año 1014, el Imperio de Bulgaria se enfrentó al Imperio Bizantino. Tras perder una batalla, los bizantinos tomaron 15.000 prisioneros. El emperador ordenó sacarles los ojos, dejando uno de cada cien tuerto para que condujera a los demás de vuelta a casa. Cuando el zar Samuel los vio llegar, se impresionó tanto que murió de un infarto. Eso es lo que cuenta la historia. Lo demás es novela.

El tuerto no es rey

Pregunta: Después de leer la novela, queda la sensación de que el dicho «en el país de los ciegos, el tuerto es rey» no aplica aquí.

David Toscana: Aquí se desmienten dos dichos comunes. Uno es ese: en tierra de ciegos, el tuerto es rey. Pero en la novela, quienes mandan, quienes tienen dignidad y fuerza por encima de los tuertos son los ciegos. El otro dicho que habría que desechar es «ojos que no ven, corazón que no siente». ¿Dónde dejaríamos a todos los ciegos con ese dicho? Sabemos que lo usamos alegóricamente, pero en esta novela queda completamente rechazada la posibilidad de que los ojos que no ven hagan que el corazón no sienta.

La construcción de los personajes

Pregunta: ¿Cómo fue tejer esas historias? Los capítulos son breves, pero van personaje por personaje, construyendo características según el oficio y la personalidad de cada uno.

David Toscana: La historia nos cuenta que regresan 15.000 ciegos a casa, pero yo no me iba a ocupar de 15.000. Tenía que tomar ciertos personajes que de algún modo representaran a los otros. Tengo alrededor de quince, uno de cada mil. Van llegando, los reciben de manera distinta, tienen distintos oficios: el herrero, el carpintero, el panadero, el criador de cerdos, el que prepara pergaminos, el escriba o copista. Cada uno va a vivir de manera distinta la ceguera, va a representar distintos modos de asumir su nueva vida. Hay mujeres que dicen «qué bueno que volviste» y otras que le dicen a su marido ya sin ojos que no lo quieren. Vamos viendo todas las posibilidades. Al final, hay la individualidad que necesita una novela, pero también muchas veces está ese nosotros: «nosotros, los ciegos, nosotros que nos sacaron los ojos, nosotros que marchamos de Constantinopla de vuelta a casa».

Belleza en la tragedia

Pregunta: Pese a la dureza con la que arranca la anécdota, la novela tiene mucha belleza y cuidado artesanal en la construcción de los personajes.

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David Toscana: Pasé algún tiempo sin escribir esta historia porque ya la Historia con mayúsculas nos había dado una tragedia. Pensé: si yo escribo una tragedia basada en esta tragedia, no le voy a dar la dignidad, la fuerza, la belleza ni la ternura que los personajes necesitan. Por eso empiezo a utilizar el humor a la hora de relatar, y la propia dignidad de los ciegos. Que de pronto dicen: «Me sacaste los ojos, pero no me derrotaste». Esto no solo lo aprendo imaginando, sino que podemos verlo por todos lados. Paso mucho por una asociación de ciegos y lo que tienen de mi parte es la admiración: mira cómo se mueven por la ciudad, cuando yo con los ojos cerrados no soy capaz de dar diez pasos. Si la historia nos dijo que esto es una tragedia, los ciegos me enseñaron que antes que ser derrotada, es gente con un espíritu de lucha que muchos de nosotros no tenemos.

El lector como participante

Pregunta: Usted se planteó la necesidad de que el lector de esta novela fuera un lector atento. No es una novela que se lee rápido; hay que disfrutar cada palabra, cada imagen. ¿Es usted de los escritores que disfruta plantear ese reto?

David Toscana: Me gusta pensar que el lector no es un espectador, sino un participante. Pienso en Pedro Páramo: Rulfo es uno de mis referentes, uno de mis maestros. Cuando leemos ese tipo de novelas, cada lector tiene distintas lecturas, y cuando la releemos con los años, encontramos otras. Me interesa mucho el lenguaje, me interesan los giros del lenguaje. Nunca le llamaría poética a la novela, porque me gusta pensar que la prosa también puede alcanzar una dimensión elevada sin necesidad de ese término —y con un poco de envidia, porque ya sabemos que el adjetivo que viene de prosa es «prosaico», que suele usarse para demeritar. Me gustaría pensar que la prosa también puede tener cierta altura, significado, intensidad. La novela es breve porque, si el narrador es ciego, no va a acudir a la vista para contarnos cosas, no va a hacer descripciones extensas; la prosa se va a lo esencial, la palabra tiene mucho más peso que la supuesta imagen.

El humor negro

Pregunta: El humor está presente en muchos capítulos. ¿Cómo mantener la dosis ideal, dado que el humor negro tiene el riesgo de caer en el insulto?

David Toscana: Hay dos cosas difíciles de manejar en la literatura, donde el escritor camina en una cuerda floja: el humor y el erotismo. Yo no suelo escribir erotismo, pero sí humor. Hay que evitar el chiste fácil, el pastelazo, la obviedad. El humor finalmente se convierte en un estímulo dirigido más a la inteligencia: va en forma de ironía, de sorpresa, de que podamos sonreírnos de lo que por sí no tiene gracia. Eso es el humor negro: estamos leyendo cosas que no son graciosas, pero nos hacen levantar una sonrisa. Y si me preguntas por qué, no lo sé. El humor es todavía un misterio. Hay una mezcla de palabras que transforma un evento trágico en algo con humor. Si saliendo de aquí tropieza y rueda por las escaleras, no hay humor. Pero cuando lo cuente a sus amigos tomando una cerveza, algo de humor va a haber en ese relato. Ahí vemos que no es lo mismo el evento que el relato del evento.

De ingeniero a escritor

Pregunta: Leyendo su biografía, encuentro que es ingeniero industrial y de sistemas. ¿En qué momento pasa a la literatura? ¿Es además un escritor tardío?

David Toscana: Hace mucho, los escritores solían ser otra cosa también. Chéjov era médico, Cervantes fue militar, fue prisionero mucho tiempo. Lo que nos acerca a la literatura no es necesariamente la profesión que elegimos, sino la cercanía que tenemos con los libros, con la imaginación, y descubrir un día que algo tenemos que contar. Comencé a escribir cuando ya tenía muchos años como lector, sin pensar que un día iba a ser escritor. Un día separé las dos ideas: la profesión —la ingeniería— y lo que se fue convirtiendo en vocación —la literatura. Mis primeros libros los publiqué cuando todavía trabajaba como ingeniero y después tuve que renunciar porque se volvían incompatibles. Siempre hago la broma, un poco en serio, de que era mejor ingeniero que escritor, o al menos me pagaban mucho más.

Pregunta: ¿Eso implica un sacrificio personal?

David Toscana: Sí, porque uno renuncia a un ingreso fijo por uno menor e incierto. Pero así son las vocaciones. Uno no se arrepiente en ningún momento. El mundo de las letras es mucho más apasionante que el que tenía como ingeniero. Los amigos que uno hace, las lecturas, las conversaciones, poder estar ahora en Colombia conversando contigo. Eso no me lo da la ingeniería. Yo creo que no vendría a Colombia a hablar sobre resistencia de materiales o eficiencia en una línea de producción.

Conexión con El ejército iluminado

Pregunta: Tiene una novela anterior que se llama El ejército iluminado. ¿Qué vasos comunicantes hay entre las dos, aparte del título?

David Toscana: No hay mucho, porque aquella es una historia de chicos con síndrome de Down que quieren invadir Estados Unidos para recuperarlo para México. Es un sueño completamente infantil, quijotesco, inocente, donde no existe el peso de esta tragedia. Y sin embargo, hay un personaje que se parece mucho entre una y otra: allá se llama El Gordo Comodoro y aquí El Gordo Gorón. Son dos soldados bastante robustos, bien alimentados y con mucha vocación para el heroísmo.

Investigación histórica

Pregunta: ¿Cómo fue investigar para El ejército ciego en términos históricos y de lenguaje? Hay muchas palabras de la época, herramientas, tradiciones.

David Toscana: Hice bastante lectura de crónicas bizantinas, de muchos historiadores medievalistas, de varios que estudiaron específicamente el año 1000, que era importante porque se suponía que cambiaba el milenio y había historias de que el mundo se iba a acabar. Eso me fue muy útil porque mi historia es del año 1014. En museos, en manuales históricos, pude saber cuáles eran las herramientas de la época, las estrategias militares, las armas, la forma en que se suministraban los ejércitos. Hay demasiada información que saqué y que al final, como no estoy escribiendo una novela histórica, no metí dentro de la novela. Lo que sí hago es cuidar mucho los anacronismos. Si hablamos de Bizancio, mis personajes no mencionan esa palabra porque no existía en aquella época. A sus enemigos de Constantinopla les llamaban «romanos», y tampoco uso esa palabra porque pondría mucha confusión. No mencionan los minutos ni los kilos, no beben aguardiente porque todavía no había destilación de alcoholes. Si algún medievalista me pilla un error, trataré de corregirlo en la segunda edición. Casi toda la información histórica era para recrear una época, no para recetarle al lector todo lo que averigüé, porque esa es una tentación del novelista: cuando te esfuerzas mucho por encontrar información, después quieres ponerla toda en el libro. Pero eso es material para historiadores, no para novelistas.

Recepción en Bulgaria

Pregunta: Para cerrar, una curiosidad: ¿algún búlgaro le ha hecho comentarios sobre la novela?

David Toscana: Tenía mucho miedo de los lectores búlgaros, pero ya van varios que me han tratado excelentemente bien, al punto de que la novela ya se está traduciendo y se va a publicar a mediados de mayo. Han encontrado significados que yo mismo no había puesto ahí y no me han maltratado por ser un mexicano que escribe sobre ellos. En otros países sí tuve ese cuestionamiento: escribí una novela sobre Polonia y sí me preguntaban por qué un mexicano tiene que escribir sobre nosotros. Aclaro que viví años en Polonia, pero aun así me sentían un intruso. En cambio, los búlgaros me han recibido muy bien, por lo pronto. Ya veremos cuando se publique el libro y haya muchos más lectores.