Didi Gutman pertenece a esa clase de músicos que parecen escuchar antes de tocar. En su manera de hablar de la música hay paciencia, oficio y una obstinación casi artesanal por encontrar el matiz exacto, como si cada canción exigiera no solo oído, sino también tiempo, silencio y una cierta fe en la repetición. Nacido en Buenos Aires en 1968, criado entre los barrios de Villa Crespo y Almagro, y formado en una casa donde la música era parte de la cotidianidad, Gutman convirtió la curiosidad, que lo define y nunca lo abandona, en un camino de amalgamas musicales, pues ha pasado del rock argentino al pop experimental, del tango a la electrónica.
Su historia no es la de una trayectoria lineal, sino la de un músico que ha aprendido a moverse entre mundos sin perder su centro. Desde sus primeros años junto a figuras como Luis Alberto Spinetta y David Lebón, hasta su consolidación internacional con Brazilian Girls y su trabajo junto a artistas como Gustavo Cerati, John Legend, Lauryn Hill y, actualmente, Nathy Peluso, Gutman ha ido construyendo una identidad que él mismo define como “melting pop”: una mezcla en movimiento, una forma de entender la música como diálogo más que como género. En ese territorio, el detalle importa tanto como la intuición, y las “horas invisibles” de estudio valen tanto como el tiempo que se pasa sobre las tablas.
El oficio detrás de la música
Esa idea del trabajo minucioso atraviesa también su mirada sobre la industria: para Gutman, la música sigue siendo un oficio colectivo, una práctica donde la técnica no debería borrar la huella humana. Esa convicción explica tanto su forma de producir como su interés por los escenarios en vivo, donde la energía compartida, el error y la improvisación todavía conservan un lugar decisivo.
En entrevista para este medio, el compositor argentino habló de los silencios en la música, de este arte como acto social, del movimiento como punto de partida para crear y de la actualidad de la industria de la música, entre otras cosas.
Influencias tempranas y educación
Quiero empezar por su entorno. Creció en una casa muy musical, en Buenos Aires, y además con una educación judía. ¿Cómo marcó esto en su relación con la música?
En casa se escuchaba mucha música. Mi mamá era profesora de música y pianista, aunque después se dedicó a la psicología. No había piano en la casa, pero sí mucha escucha; mi papá tenía una colección muy variada y mi hermano mayor y yo absorbíamos todo lo que llegaba por primos mayores: Beatles, Led Zeppelin, Génesis. Incluso armábamos baterías con latas de galletitas.
Con respecto a la educación judía, no soy una persona creyente; para mí fue más una cuestión cultural. Lo que me conectaba era la música, las canciones y los bailes. En ese Buenos Aires de entonces, uno tenía que hacer su propia búsqueda porque no había internet y los discos eran los que se conseguían allá. Éramos una generación muy roquera y, en ese momento, detestábamos un poco el tango porque lo veíamos como “cosa de señores”.
Curiosidad y juego en la creación
En su trabajo aparece mucho la idea de la curiosidad y del juego. ¿Cómo se relacionan con ese momento cuando decide crear algo nuevo?
La curiosidad sigue siendo uno de mis motores principales. Me gusta sorprenderme y descubrir cosas nuevas. He pasado por etapas de fanatismo por el jazz, el punk o el blues. Esa curiosidad está muy ligada al juego: cuando toco, me gusta meterme en lugares donde nunca había estado y ver cómo salgo de ahí. Es un espíritu de aventura que valoro mucho, sobre todo en vivo. Como productor, mi trabajo es realizar la visión del artista, como pasa con Nathy Peluso. Pero en mi proyecto personal, Novel, busco un espacio más abierto para la exploración y la espontaneidad.
Migración y movimiento creativo
También ha vivido procesos de migración que lo llevaron a Estados Unidos y España. ¿Qué lugar ocupa ese desplazamiento en su búsqueda creativa? ¿Qué relación hay entre el movimiento y el crear?
Nunca me dio miedo meterme en terrenos desconocidos. Irme a Estados Unidos o a España no me costó tanto por mi personalidad, que es bastante desapegada. Nueva York fue fundamental para mí. Me encantaba ese ambiente cosmopolita: tocar con brasileños, africanos, hacer funk, góspel. Allí entendí algo importante: con tanta presión y competencia, no iba a sobresalir por ser un virtuoso técnico, sino por encontrar mi propia personalidad y una voz única.
Silencio y soledad en el proceso
En su proceso aparece también la necesidad del silencio y de la soledad. ¿Cómo se lleva eso con la música?
El silencio es parte de la música. En Nueva York viví en muchos apartamentos y nunca había silencio; por eso después me fui a Madrid, buscando un barrio más residencial. La soledad también es importante para experimentar. Necesito intimidad en el estudio para equivocarme con libertad, desafinar y explorar sin que nadie me oiga.
Música como acto social
En otras entrevistas ha hablado de la música como un acto social. ¿Sigue pensando lo mismo o ha cambiado algo?
Sí, totalmente. Siempre me gustó esa dimensión social de la música. Hoy es muy común el “bedroom rocker” que trabaja solo con su laptop, pero yo crecí con una pandilla de amigos músicos donde cada uno tenía su función. Me gusta esa interacción, ese ejercicio creativo colectivo que nace en un garaje o en el salón de una casa cuando los padres no están.
Producción musical en Latinoamérica
En ese sentido, ¿cómo ve el presente de la producción musical en Latinoamérica?
Es un momento súper prolífico. Hay gente joven que usó internet y los tutoriales durante la pandemia y ahora son bestias de la producción. Productores como Tatool o Evlay han elevado mucho la vara. Además, los shows en vivo, como los de Nathy Peluso, tienen una producción minimalista, pero de nivel internacional, hecha completamente por argentinos. Hoy la música en directo es tan masiva que se espera una técnica y una apuesta escénica de altísima calidad.
Diálogo con nuevas generaciones
¿Cómo dialoga su trabajo con esas nuevas generaciones?
La cultura joven actual es digital y ha roto con el rock. Yo tengo la suerte de conectar con artistas como Nathy, que tiene una cultura musical enorme y escucha desde salsa de los 90 hasta Charly García o Phil Collins. Me encanta poder trabajar con músicos más jóvenes.
Inmediatez y sobreexposición en la industria
En la industria actual, la inmediatez y la sobreexposición parecen dominarlo todo. ¿Cómo lo vive?
Es la realidad y hay que convivir con ella, aunque vaya en contra de una visión artística más orgánica. Hoy escuchas a un artista en Spotify y ves los cinco temas con más reproducciones, pero quizás esos temas son colaboraciones que no representan realmente su obra. También está el tema de los números y del hype, que para mí es una mala droga. Genera una presión muy delicada para la salud mental de los artistas jóvenes, que dependen de algoritmos y del éxito repentino.
Aprendizajes con Nathy Peluso
¿Qué le ha enseñado trabajar con Nathy Peluso?
Muchísimo. Es una mujer con una disciplina férrea y una ambición tremenda. Está en todos los detalles, desde el sonido hasta el telón del escenario. Esa exigencia es lo que marca la diferencia entre una superestrella y un artista. También he aprendido la importancia de bajarse del personaje. El hype es la peor droga. He visto artistas que son un quilombo arriba del escenario y personas muy tranquilas abajo. Si te quedas en el personaje las 24 horas, la persona termina sufriendo.
Detrás de las giras
Su trabajo también te lleva a pensar en la logística y el desgaste de las giras. ¿Qué no suele ver el público de ese mundo?
La gente no se imagina el desgaste de las giras. Lo más importante es la hora del show, y hay que enfocar la energía ahí. Si después de tocar te vas de fiesta y al día siguiente viajas mal, con mal humor, eso no es profesional. Es una jornada maratónica: vuelos, pruebas de sonido, hoteles, todo para cuidar ese momento en el escenario. Es un esfuerzo que no se detiene jamás si quieres jugar en las grandes ligas.
Bogotá y Estéreo Picnic
¿Qué lugar ocupan Bogotá y festivales como Estéreo Picnic en tu recorrido?
Estos festivales tienen un nivel técnico y de realización increíble, al nivel de cualquier festival top internacional. La producción es el arte de resolver problemas, y aquí lo hacen muy bien. Además, es estimulante ver cómo Argentina y Colombia tienen una usina de talento y unas infraestructuras que no existen en todos los países. Estar aquí también me permite empujar mi proyecto personal, Novel, que es una música menos comercial e independiente.



