Exguerrillera Tanja Nijmeijer enseña inglés a firmantes de paz en finca cafetera
Tanja Nijmeijer enseña inglés a firmantes de paz en Yotoco

En Yotoco, Valle del Cauca, en lo que fue una hacienda del cartel del Norte del Valle, un salón de clases único en el mundo funciona de lunes a sábado. Allí, Tanja Nijmeijer, la exguerrillera holandesa de las FARC, enseña inglés a otros firmantes de paz, sus hijos, hijos de militares y víctimas del conflicto. La finca 'Trópicos, frutos de la esperanza' es el escenario donde, durante ocho horas diarias, los estudiantes se preparan para atender clientes extranjeros y exportar café colombiano.

Un curso intensivo para la comercialización internacional

La iniciativa es impulsada por la Federación Mesa Nacional del Café (Femncafé), una organización creada por firmantes de paz y comunidades que reúne a 1.600 hombres y mujeres de 37 organizaciones de Valle del Cauca, Cauca, Tolima, Huila, Cundinamarca, Meta, Caquetá, Antioquia y Cesar. Además, hace parte de #PuentesParaLaReconciliación, el ecosistema de recursos para la paz de la Fundación Compaz, liderada por el expresidente Juan Manuel Santos.

Antonio Pardo, firmante de paz y representante legal de Femncafé desde hace ocho años, explica que los 27 participantes del curso ya tienen experiencia en la cadena del café y varios se han formado como baristas. “La idea es que ahora tengan las herramientas para sostener una conversación en inglés en el área comercial”, señala.

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La rutina diaria en la finca

La jornada comienza a las 5:30 de la mañana. El grupo se levanta, se alista, hace aseo y sube a desayunar. Tanja encuentra pequeños privilegios cotidianos: “A veces algún barista me prepara un tintico rico”. A las ocho en punto arranca la clase en una sala pequeña que apenas cabe los estudiantes. Sobre el muro blanco, proyecta letras y vocabulario. Afuera, el paisaje son los cafetales. “Ellos mantienen activos todo el tiempo. Es rara la vez que veo a alguien aburrido o sin prestar atención. Es un curso exigente porque están practicando constantemente”, cuenta la firmante de paz.

El origen del curso de inglés

La idea nació hace dos meses, mientras Tanja se capacitaba en barismo para una de las tiendas Trópicos que abrirán próximamente en Cali. “Estuve en ese curso y había varios hijos e hijas de firmantes, y también firmantes. Muchos me preguntaban por qué no dictaba un curso de inglés, que sentían esa necesidad. Hablé con Antonio y le dije que me parecía una buena oportunidad para los pelados, pero también para Femncafé. A las cafeterías Trópicos llega mucho extranjero y muchas veces nadie sabe atenderlos. Cuando hay comercialización hay que hablar con gringos, se exporta café y la gente no es capaz de hablar inglés. Antonio me dijo: ‘Vamos a hacer eso, pero rápido’”, recuerda Nijmeijer.

Los costos de esta primera versión del curso –que dura un mes y termina el 10 de julio– los asumió la Federación. Según Pardo, ellos garantizan el transporte, la alimentación, todo. “Sembramos el café, lo cosechamos, lo trillamos, lo tostamos, lo vendemos. Nos quedó una plata y con eso vamos a formación en inglés. No queremos que diez años después sigan diciendo que los firmantes siguen chillando y siguen contando lo mismo, la misma mierda. Lo importante es que hoy la mesa de café tiene, por ejemplo, chinos que ya se han formado en baristas, formándose en inglés. Y los exguerrilleros están enseñando”, cuenta.

Autogestión y mensaje de independencia

Para Nijmeijer, esa decisión tiene un significado que va más allá del aprendizaje de un idioma; es también una forma de demostrar que los firmantes pueden sacar adelante sus proyectos sin depender de nadie. “Con esto mostramos que, si no hay apoyo, nosotros mismos lo hacemos. Estamos acostumbrados a eso. Yo noto muchas veces que la sociedad, cuando uno sale del monte, lo ve como población vulnerable. Pero eso no significa que los firmantes necesiten asistencialismo ni que sean incapaces. Nosotros podemos autocapacitarnos, sacar estos proyectos adelante. Ese es el mensaje que me gustaría dar”, dice.

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Antonio Pardo destaca que la mayoría de los recursos provienen de la propia organización. “En la Universidad de Antioquia, en Medellín, nos dieron la mano para poner la primera tienda de café de la paz. Ahí no nos ayudó el Gobierno, fue la universidad. La que vamos a abrir en Cali sí va a tener apoyo del Gobierno Nacional por medio de la Agencia de Reincorporación. La de Neiva la pusimos con nuestros recursos, con lo que hemos vendido en café. Y la que vamos a poner en Versalles (en Cali), y la de Bogotá también son con recursos propios. Hemos recibido apoyos importantes, pero mayoritariamente son recursos propios”, afirma.

El café como herramienta de reconciliación

Antonio Pardo durmió en los cafetales durante los ocho o nueve años que estuvo en la guerra, pero de café no sabía nada. Su reincorporación la hizo en el ETCR de La Elvira, en Buenos Aires, Cauca, el departamento con más familias caficultoras del país: más de 97.000. Allí empezó a trabajar con otros firmantes en proyectos alrededor del café, según la Fundación Compaz.

Con los años se formó como barista, aprendió sobre cata y conoció una industria que, asegura, históricamente ha estado lejos del alcance de los campesinos. “Es muy chistoso porque la gente no lo entiende, o mejor, no lo sabe. El café es un mundo de élites. Ser barista en Colombia es una formación costosa. Nosotros hemos ido aprendiendo, practicando, pero la fuerza de la Federación es lograr que ese conocimiento se democratice, que se comparta. Que la gente en el campo tenga la posibilidad de sembrar su café, tostarlo, catarlo y hacer una buena taza de café mediante un show de barismo”, señala.

Un mensaje para las nuevas generaciones

Según Compaz, uno de los ejemplos más visibles de lo que ha logrado Femncafé está en Argelia, Cauca, donde muchas familias han reemplazado o combinado los cultivos de coca con café gracias al acompañamiento de esta iniciativa. Antonio Pardo reflexiona: “Después de 60 años de tradición cafetera, a los campesinos no les han enseñado a tostar el café, a trillarlo, a hacer barismo. Ya van como cuatro generaciones y a ninguna le han enseñado a salir de la materia prima. Es tan loco que hoy, después de 60 años, el campesino llega con su carga de café y es otro el que le dice cuánto vale. Los que producen el mejor café del mundo muchas veces no saben cuánto vale su café. Estamos en la colonia todavía con el café”.

Antonio habla de los campesinos y de la Mesa como de su familia. “Lo importante de esto que hacemos es despertarles a los muchachos y a las muchachas del campo el sueño de que el café es una posibilidad de vida. Tengo 37 años. Sí, nosotros ya salimos de la guerra, yo no me voy a devolver. Entonces el mensaje no es para nosotros, no es para vernos el ombligo. El mensaje tiene que ser para ellos. Que sepan que pueden formarse como baristas, como catadores, que el café es un negocio para el mundo y que no tienen que abandonar su finca ni pensar en la ilegalidad como una opción”, afirma.

En Yotoco, esta semana, algunos de esos muchachos que Antonio llama su familia tendrán con Tanja una clase entera de vocabulario de café en inglés. Solo de café.