Wellness washing: cuando el bienestar corporativo es solo fachada
Wellness washing: bienestar corporativo como fachada

Durante años, observamos cómo las empresas se pintaban de verde para aparentar responsabilidad mientras operaban igual que siempre. Luego llegó el tech washing: compañías que pregonaban innovación, transformación digital e inteligencia artificial, pero internamente mantenían culturas obsoletas y liderazgos incapaces de sostener el cambio que vendían. Hoy emerge otra tendencia que revela un patrón de conducta: el wellness washing.

No sé si alguien más ha escrito sobre este fenómeno, pero ahora que me dedico a acompañar empresas en el entorno emocional del liderazgo, he notado que el ámbito corporativo invierte tiempo y recursos en bienestar, aunque en algunos casos solo lo hace para no quedar fuera de la moda, sin el convencimiento de que apoyar la transformación de los trabajadores logra sincronizar propósitos personales y empresariales.

Es común ver rutinas de bienestar: meditación los martes, charlas de liderazgo consciente los jueves, y aun así se evidencia un estancamiento emocional. Quiero llamar la atención sobre la necesidad de que el bienestar no sea una estrategia de mercadeo; los entornos deben auspiciar el proceso interno de cada ser y no solo hablar de bienestar.

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¿Qué es el bienestar?

Aunque suene obvio, bienestar es estar bien. Los beneficios de salario emocional, como jornadas reducidas, trabajo en casa y otros beneficios periféricos, son valorados, pero la realidad es que en muchos lugares la cultura se come la estrategia: en el papel hay beneficios que en la práctica no se cumplen. Por eso no solo es importante parecer, sino ser. Eso último se logra siendo sincero y actuando con coherencia, sin importar el costo. Una organización coherente atrae personas con talento, no busca retenerlas.

Si quiere saber si es cultura o solo discurso, lo invito a buscar si la política de su empresa, o la que usted lidera, usa el miedo como herramienta de gestión, el castigo en vez del incentivo y más garrote que zanahoria. Todos debemos aprender a asumir costos, por dolorosos que sean. Pero quiero que ponga atención en que, si no hay coherencia entre el discurso y la cultura, al menos no se ha encontrado el camino para que los humanos que integran esa organización puedan estar bien.

El agotamiento de los líderes

Hoy vemos un entorno corporativo lleno de líderes agotados intentando enseñar bienestar sin haberse trabajado a sí mismos. Personas que hablan de salud mental mientras operan desde la ansiedad, el ego, el miedo a perder relevancia o la necesidad permanente de validación. Líderes que aprendieron el lenguaje emocional correcto, pero nunca hicieron el trabajo interno que ese lenguaje exige. Y todos tenemos mucho por trabajar, y el trabajo no para.

El problema no está en hablar de bienestar. El problema es usarlo como estrategia reputacional mientras se mantienen dinámicas que drenan física y emocionalmente a las personas. Ningún curso de mindfulness compensa una cultura basada en el miedo. Ninguna conferencia inspiracional corrige un liderazgo incapaz de poner límites, sostener conversaciones difíciles o regular su propio desborde emocional.

Como dije en la columna pasada, del dicho al hecho hay mucho trecho. Las organizaciones no se transforman solas; somos humanos interactuando con humanos y los cambios, en la mayoría de los casos, son forzados. Pensemos en algo: ¿por qué empezamos en los entornos corporativos a hablar de bienestar con tanta intensidad? Porque hay generaciones para las que estar bien es más relevante que para otras que fuimos educadas con la ley del aguante. Para estas personas, un lugar donde puedan ser es clave para pertenecer, permanecer o pensar en irse de una corporación. Así que esto no fue de generación espontánea, pero sí veo muchos entornos lavándose la cara mientras por dentro son más de lo mismo.

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