A principios de los años 90, Cuba enfrentó una devastadora crisis de salud pública. Un brote de neuropatía epidémica afectó a más de 50.000 personas, quienes experimentaron ceguera parcial y otros padecimientos, reduciendo sustancialmente su calidad de vida. Para comprender este desastre, fue necesario ir más allá de las consideraciones médicas. El contraste entre las explicaciones oficiales y el diagnóstico científico fue abismal, marcando un quiebre en las relaciones entre el régimen, el sistema sanitario y la población cubana.
Contexto de la crisis
Tras la caída de la URSS, principal benefactor de la isla, la abrupta contracción económica y la escasez de suministros básicos llevaron a que la vida cotidiana se volviera una lucha constante por la supervivencia. En salud pública, el impacto devastador se empezó a sentir en hospitales y clínicas de todo el país. Miles de personas acudieron reportando síntomas neurológicos inusuales, como visión borrosa e incluso pérdida parcial de la vista, debilidad muscular y dolor en las extremidades que dificultaba la movilidad.
Los primeros casos y las teorías oficiales
Los primeros casos de neuritis óptica aparecieron en Pinar del Río en 1991. Desde el principio, Fidel Castro se obsesionó con la idea de agentes tóxicos externos resultantes de una guerra biológica de los Estados Unidos. Sin embargo, esta hipótesis fue rechazada gracias a una investigación realizada por médicos e investigadores cubanos. En este grupo se encontraba Pedro Coutin-Churchman, quien se inclinó por la hipótesis nutricional y enfrentó una fuerte resistencia política. Años más tarde, desde su exilio académico en UCLA, Los Ángeles, Coutin-Churchman escribiría: Para un establecimiento arraigado en el concepto de fortaleza sitiada que justifica su propia existencia, cualquier situación extraña, algo tan insólito como un repentino brote de neuritis óptica, genera de inmediato la sospecha (o la esperanza) de una acción del Enemigo. El Líder Máximo de la Revolución lo vio con total claridad, como siempre, gracias a su singular perspicacia y sabiduría.
La hipótesis nutricional
Coutin-Churchman siempre sostuvo que el brote no fue una enfermedad infecciosa misteriosa ni un fenómeno multifactorial ambiguo, sino una consecuencia de la desnutrición causada por la crisis económica del Período Especial, agravada por el control estatal a la producción y distribución de alimentos. Los investigadores encontraron datos incompatibles con una epidemia infecciosa: no había agente causal identificable, los estudios apuntaban a daño neuronal y muchos pacientes mostraban déficits de vitamina B. Además, la distribución epidemiológica afectaba sobre todo a fumadores adultos, mientras que niños pequeños y embarazadas estaban relativamente a salvo.
Hallazgos decisivos
Un hallazgo decisivo fue la asociación entre dieta deficitaria, tabaquismo y exposición a compuestos que pueden liberar cianuro, como la yuca. Se vinculó la enfermedad con síndromes nutricionales descritos previamente en campos de prisioneros de guerra y entre trabajadores pobres del Caribe, especialmente el síndrome de Strachan. No había ningún virus. No había ningún agente tóxico en el aire. La explicación era una neuropatía tóxico-nutricional. La eliminación de mercados campesinos y el sistema de racionamiento dejaron a la población con dietas extremadamente bajas en proteínas y vitaminas: raciones mensuales mínimas de arroz, frijoles, aceite y huevos, complementadas a veces por mezclas basadas en soja, yuca y col. Esta alimentación, junto con el tabaquismo, habría abonado el terreno para la epidemia. El efecto del tabaco se debía a la pésima calidad del que se consumía en Cuba, ya que el mejor se destinaba prioritariamente a la exportación de habanos premium.
Reacción oficial
La reacción oficial fue insólita. Coutin-Churchman afirma que cuando su grupo presentó la hipótesis nutricional, Castro la rechazó tajantemente. Insistía en una infección o ataque externo. ¡Encuéntrenme ese virus!, ordenó. Algunos funcionarios que apoyaron la interpretación nutricional fueron apartados, mientras se promovían teorías virales que luego se abandonaron. De todas maneras, el gobierno instó a los cubanos a tragar diariamente una píldora vitamínica gratuita. Posteriormente, expertos internacionales contribuyeron al diagnóstico. Aunque persistieron explicaciones ambiguas, el manejo práctico acabó confirmando la causa nutricional: una de las cohortes mostraba mejoría con intervenciones sencillas como dieta con carne, queso y otras fuentes proteicas, sin tratamientos sofisticados. También resultó relevante la mejoría observada tras la reapertura de mercados agrícolas y cierta flexibilización económica en 1994: poco después, la epidemia prácticamente fue erradicada. Para Coutin-Churchman, esta observación reforzó el vínculo causal entre hambre estructural y la neuropatía que unos meses después… había desaparecido para siempre. La epidemia no puede entenderse, según él, sin el modelo político y económico cubano: el control absoluto del gobierno y las restricciones que impidieron a la población garantizar su propia subsistencia.
El chiste popular
Cuando el Comandante Castro ordenó a los Comités de Defensa de la Revolución distribuir raciones de una pastilla multivitamínica diaria, surgió un cruel chiste popular: ¿En qué se parecen un estómago cubano y una maraca? Ambos están llenos de aire y pequeñas semillas.



