Hormigas culonas: tradición, envidia y escasez en Santander
Hormigas culonas: tradición, envidia y escasez en Santander

El olor de las hormigas culonas tostándose en la paila es inconfundible en Santander, especialmente en las provincias Guanentá y Comunera. Este aroma despierta un instinto casi animal: la nariz se afina, las miradas se clavan y el deseo de probarlas se apodera de quien lo percibe. Según el diccionario de la Real Academia Española, la envidia es "tristeza por el bien ajeno o deseo de algo que no se posee", y ese sentimiento se activa al imaginar el puñado caliente, la sal justa y el crujido entre los dientes.

Para satisfacer el antojo, hay dos opciones: comprarlas o cazarlas. Quienes optan por cazarlas deben estar dispuestos a ser picados por las hormigas o por sus compañeras de nido. La temporada de salida suele ser entre abril y mayo, en cuartos de luna menguante o creciente, después de lluvias y con sol fuerte; además, tiene que tronar. "Si no truena, no salen", explica Marco Fidel Flórez, comerciante con cuatro décadas de experiencia. Los saberes se transmiten de generación en generación: "Los abuelos decían que cuando las quebradas crecen, las hormigas salen", cuenta Ciro Alfonso Velásquez, experto en preparación.

El Instituto Humboldt explica que las "princesas", reconocibles por su abdomen, emergen al inicio de las lluvias para el vuelo nupcial. Tras ser fecundadas, caen, se desprenden de sus alas y se entierran para formar un nuevo nido. Los cazadores las recogen antes de ese vuelo, interrumpiendo el ciclo. Esto, sumado a la desaparición de hormigueros en el campo, ha reducido las salidas de cuatro a dos o máximo tres veces al año. "Es apenas un momentico el que uno tiene para cogerlas", dice María del Carmen Moreno, experta en la recolección.

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La caza exige preparación: protegerse del sol y las picaduras, llevar agua y madrugar para marcar los hormigueros. "El sol perfecto es entre las nueve y las once de la mañana", explica Moreno. Si se opta por comprarlas, el dilema es entre vivas o muertas, crudas o preparadas. En la primera salida de 2026, una libra sin procesar ronda los 90.000 pesos colombianos.

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