Gustavo Gallón, fundador y director de la Comisión Colombiana de Juristas (CCJ) durante 34 años, falleció recientemente. Su partida deja una profunda deuda personal, profesional y colectiva con quien entendió el derecho como una forma concreta de ponerse al servicio del sufrimiento humano, según relata Juan Ospina, quien fue su alumno desde 2009 y luego su amigo.
Un maestro de la escucha y la palabra precisa
Gallón enseñaba incluso cuando parecía conversar. Lo hacía con frases cortas, preguntas precisas, correcciones amables, pausas y silencios. Eran silencios de escucha, prudencia y respeto por el caso analizado o el dolor ajeno. En un país acostumbrado al ruido y la opinión rápida, él sabía que primero había que oír, entender y acompañar, para hablar después con responsabilidad.
Su ejemplo enseñó que la frustración no puede agotar la esperanza. A pesar de la evidencia repetida de que el derecho llega tarde, responde mal o no responde, no podemos abandonarlo. Cuando todo parece cerrado, hay que volver a mirar el expediente, buscar la norma, escribir el argumento, interponer el recurso, presentar la acción y dejar constancia. Cada recurso jurídico, más que un trámite, es una forma concreta de memoria, dignidad y resistencia.
La Comisión Colombiana de Juristas: escuela de dignidad
El análisis de la situación de derechos humanos y la administración de justicia dio origen en 1988 a la CCJ, ONG que Gallón dirigió por 34 años. La CCJ ha sido mucho más que una organización de derechos humanos: ha sido una escuela de dignidad para muchos nuevos juristas. Allí se enseñaba que el rigor jurídico puede caminar junto a la sensibilidad humana, que el litigio puede ser una forma de acompañamiento y que la defensa de los derechos humanos exige método, paciencia, archivo, estudio, memoria y una profunda disciplina ética.
Gallón resistió las peores épocas de violencia contra la Rama Judicial, abogados, defensores de derechos humanos y quienes creían que el derecho podía ser una barrera frente a la barbarie. En un país donde ejercer el derecho también ha significado exponerse y correr riesgos, él sostuvo una forma de valentía sobria, hecha de constancia, permanencia y disciplina. Nunca aceptó un escolta, un chaleco antibalas o un esquema de seguridad; su protección era la solidez y seriedad de su trabajo.
Un jurista que encarnó la ética y el servicio
Gustavo Gallón encarnó la palabra jurista en su sentido más alto, exigente y escaso. Conoció el derecho, lo estudió, lo practicó y lo enseñó, siempre unido a una responsabilidad ética. Ejerció la profesión jurídica desde las causas difíciles, desde el servicio público de la conciencia democrática, desde la defensa de todas las víctimas y desde la convicción de que el derecho merece respeto cuando protege la dignidad humana.
Fue maestro siempre: en la CCJ, en debates públicos, en espacios internacionales, en columnas de El Espectador, en la conversación personal, en la explicación paciente y en la defensa persistente de aquello que otros preferían dejar pasar. Quienes aprendieron de él saben que su virtud consistía en transmitir una manera de estar en el mundo, serena, rigurosa y firme, capaz de resistir la tentación de acostumbrarse a la injusticia.
El cierre en Ginebra: armonía con su recorrido
Sus últimos años los pasó en Ginebra, un lugar que siempre quiso. Gallón llegó allí como embajador y representante de Colombia ante la Organización de las Naciones Unidas, con la alta dignidad de hablar en nombre del país en un escenario que conocía, respetaba y al que había contribuido durante décadas desde la sociedad civil. Fue un cierre digno para una vida ilustre.
El mejor homenaje a su inmensa contribución a la defensa de los derechos humanos es que sus colegas, estudiantes, amigos y amigas vuelvan sobre sus enseñanzas. Que el país recuerde cuánto le debe a su insistencia, a su rigor y a su capacidad de luchar por los derechos humanos sin perder la humanidad en el camino.
El legado: seguir haciendo lo que él enseñó
El mejor homenaje será seguir haciendo aquello que él enseñó: escuchar más, estudiar mejor, resistir el cansancio, acompañar a quienes sufren e interponer los recursos y acciones jurídicas que existan, incluso cuando la respuesta favorable parezca lejana. También será sostener la palabra cuando el poder prefiera la comodidad del silencio y mantener la dignidad cuando la injusticia apueste por el agotamiento.
Hoy se fue un maestro, un amigo y un jurista de los que quedan pocos. De Gustavo se aprendió que ante el dolor humano el derecho debe ser una forma de presencia; ante la frustración, una forma de perseverancia; y ante la injusticia, una obligación insistir en el derecho.



